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viernes, 23 de enero de 2015

En la arena del tiempo


La poetisa e autora de libros de textos de divulgación cultural e histórica Vivien Acosta Julien (Villa Clara, 1938 - La Habana, 2006), publicó: Hombres, dioses y soles, Editorial Gente Nueva, La Habana, primera edición 1979; Tricolor, 
El patio de mi casa, ambos en coautoría con Olga Marta Pérez, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1986 y 2011, respectivamente.

En la arena del tiempo -Editorial Unión, 1988, profusamente ilustrado por Zaida del Río- recoge poemas impregnados de una criollísima plasticidad. Sus recuerdos de infancia son abuelo y abuela decimeros y mambises; una casa con muebles de mimbre y patio con flores y árboles. Pero en este libro, también están los poemas de la mujer de hoy, consciente de su momento y su lugar.”

TRES POEMAS AL POETA


I

Entre estas líneas
están tus ojos, relumbrando desde el foso del recuerdo,
la brizna verde de tu sonrisa
apresurada,
y aquellas palabras que nunca nos dijimos.
  

II

No se engañe,
usted es el cambista de ilusiones,
el poeta de las viejas historias
y yo el aprendiz de brujo
que ahora no sabe qué hacer con tanta magia.
Porque están todas esas palabras
que ni usted ni yo sacamos del bolsillo
pero que luego trocamos
por signos que sólo advierten
los calcinados en este oficio sacrílego
de amordazar la vida.
Viva tranquilo, escribiendo sus poemas,
amando a sus mujeres,
o paseando su sonrisa inarrugable.

También puede ser su profesión la cobardía.

III

Si contra toda posibilidad vinieses ahora
creería en la suerte,
esa vieja causante de tantos mitos.

-

HAY FECHAS

Hay fechas que nos cuelgan del recuerdo
y grandes marcos sin imágenes
que esperan una respuesta.
Hay esos días
en que se puede perder todo sin querer
y rodar las paredes con el aliento.
Hay noches de luciérnagas que vagan
y pueden deslumbrarnos
con su ojo fosforescente,
y hay que escapar,
hay que subir puertas y bajar ventanas
y tapiar nichos
que despiden olor a cirios
y pañuelos agitados
que atar a la pata de la cama. 

-

Y, A LO MEJOR

Quizás algún día vuelva allí,
al pueblecito donde me estrenaron
y me siente sobre el barandal del puente
a mirar los techos rojos de las casitas
y los molinos,
y al sol acostarse en las praderas
cuando se escucha el silbato del tren.


Y, a lo mejor, no desee otra cosa.


domingo, 9 de agosto de 2009

Ocultas claves para la memoria


El poeta, narrador y periodista Waldo Leyva (Remedios, Villa Clara, 1943) ha publicado una docena de libros de poesía. entre ellos, De la ciudad y sus héroes (1974), Con mucha piel de gente (1983), Diálogo de uno (1990), El rasguño en la piedra (1995), Memoria del porvenir (1999), El dardo y la manzana (México, 2000), La distancia y el tiempo (2002), Otro día del mundo (2004), Ocultas claves para la memoria (México, 2005)...

Letras Cubanas puso en venta este último título en 2006. En ambas ediciones el autor introduce los textos con estas palabras:
“He querido reunir en este libro una selección de la poesía que, con el tema del amor, fui escribiendo a lo largo de muchos años. Creo haber sido riguroso a la hora de escoger, pero no tanto como para dejar fuera algunos poemas de la temprana juventud que siguen conservando la impureza y el ímpetu de los primeros sobresaltos. Hubo un tiempo en que los poetas ocultaban sus versos de amor; yo confieso que jamás renuncié a la posibilidad de atrapar en ellos ese sentimiento sin el cual me parece imposible vivir...”

Estos cuatro breves poemas son de Ocultas claves para la memoria. Espero que ilustren no sólo el tratamiento que del tema en cuestión hace el autor, sino además el abanico de recursos de que dispone. Y lo que es mejor, el uso preciso que hace de los mismos.
-

Antes del prólogo

Aquí podría decir:
yo amo un poco más tus ojos
que tus manos.

O tal vez:
no supe que existías
hasta que tu cuerpo
se hizo pequeño contra el mío.

Es veintiséis de diciembre
y es de noche,
tú tejes callada en el sillón
y los muchachos juegan
sin pensar que mañana
tal vez
no sea otro día.

Aquí podría decirse:
yo amo a esta mujer
contra todas las trampas de la vida.

-

Inaugurando el agua
Este es el árbol que sembramos juntos,
este es el patio de los dos,
todavía están las piedras del arroyo
y tú sigues desnuda
inaugurando el agua
mientras yo me escondo de mí mismo
y el sol sigue partiendo en dos los algarrobos
para llenarte el cuerpo
de heridas diminutas.
Cómo ha crecido el flamboyán de entonces,
qué incendio el de sus ramas contra el cielo,
qué hondas las raíces que una semilla fueron tus manos.
Y ese es el árbol que sembramos juntos
y este es el patio de los dos,
y aquí la casa de donde salgo siempre
y a la que no es posible regresar.

-

No existe el amanecer
si los pájaros no cantan
no hay viento si no levantan
su vuelo al atardecer.
La lluvia no puede ser
lluvia sin que su plumaje
se empape como el ramaje
del árbol que sólo existe,
mujer, porque tu pusiste
los ojos en el paisaje.

-

Como un roce inocente entre los dedos

Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma que no viene del aire, un amarillo tenue y un dorado que tus uñas deshacen mientras parten el fruto. Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce inocente entre los dedos. Un roce que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.
3/12/93
-

sábado, 14 de febrero de 2009

La que se fue

Félix Luis Viera (Santa Clara, 1945) es autor, entre otros libros, de los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1977), Prefiero los que cantan (1988), Cada día muero 24 horas (1989), Y me han dolido los cuchillos (1991), Poemas de amor y de olvido (1994), y La que se fue (2008).
De este último título, (Red de los Poetas Salvajes, México) brevísima antología de la poesía amatoria publicada por el autor, dijo Víctor Ibarra en el prólogo:
“La poesía de Félix Luis Viera se convierte en el baño frío caliente que nos seduce en la penumbra, hasta alumbrar, con el rosicler del aliento, la soltura de una flor en el abismo. Una lluvia sensible floreciendo en un bosque que huele a manzanas, a hierbas y tierra mojada, mientras el horizonte es el contorno, a lo menos la sombra, de una mujer; la feminidad poseída, comprendida desde siempre.”
Manuel de Jesús Jiménez se hacía eco de la edición, en Fusión Cultural, en estos términos:
“Los versos de Félix Luis Viera suenan sinceros, en su lectura se nota el esfuerzo vivencial de las palabras. Las imágenes no suelen ser caprichosas ni puestas al arbitrio de la extravagancia, parecen ser playas líricas que muestran un paisaje con un mar más cercano y lejano a la vez.”
Por su parte, Ricardo Riverón Rojas, poeta y coterráneo de Viera, en un artículo a propósito del poemario, señalaba:
“La lectura de los veinticinco textos que integran La que se fue me sirvió para captar, en un breve brochazo panorámico, importantes coordenadas de una trayectoria que, si bien conocía fragmentada, no suponía portadora de la coherencia que el opúsculo confirma. Una vez adentrado en el análisis de los poemas que lo configuran, volví a sentir el desconcierto, y hasta la vergüenza ajena, al recordar con qué tranquilidad algunas valoraciones sobre la poesía cubana —divulgadas tanto dentro como fuera de Cuba— por lo general eluden, con olvido grosero o elegante, a autores y libros que debían ser referencias naturales.”
Los poemas que dejo por acá son, sin lugar a dudas, una excelente muestra.
Dama de la noche
Habita afuera la dama de la noche,
lleva cortinas portátiles prontas
a incendiarse
Tiene rajaduras de estrellas,
va con andar de danzarina, miel
en cada poro,
violines y guitarras en su voz.
Habita afuera la dama de la noche.
Hay que buscarla.
No hay viento ni paredes ni árbol ni adoquines
que no perfume con su aire.
Para los que ahora piensan en ella,
solos y cerrados en la noche,
aviso que está ahí
que habita afuera la dama de la noche,
todos pueden verla fácilmente
pero no vayan a tocarla
porque entonces se rompe
y hay que empezar de nuevo.
(Noviembre de 1979)
-
Casa
Esta es la casa donde no habitamos
Esta es la casa con su jardín elemental,
aquí el librero, la lámpara
a la medida de inmensas jornadas de lectura,
aquí los muebles; en el centro –o ya
no sé si en una esquina, no recuerdo–
un haz de flores (naturales, claro)
Esta es la casa donde no habitamos,
discreta y honda hacia la sangre como un verso,
la casa
donde dos –o tres, ya no recuerdo– niños
ensayan sus colores
Esta es la casa donde no hay un gesto
que no haya partido del amor
Aquí su dormitorio, sus sábanas azules –o
blancas, no recuerdo–
donde no nos acostamos
Esta es la casa que dibujamos de memoria,
la que hoy apenas podríamos (tú o yo) describir,
la que ha quedado
como una semilla rota al borde del camino.
Suerte
que la vida
se hace también de las cosas que no fueron.
(Mayo de 1977 )
-
Distancia
Esta mujer que no sabe nada de Poesía,
que tomaría símil por un nombre clínico,
que daría serventesio por una anguila prehistórica.
Esta mujer que duerme mientras yo me fumo
el último cigarro
convencido de que no he encontrado la palabra
virgen,
mientras yo me pierdo en connotaciones, en
matices,
en la telilla de sangre que cubre cada una de las
infinitas posibilidades de un vocablo,
mientras yo bebo lentamente un litro de sangre
con azúcar y
sigo desafiando a la madrugada, llenándola
de amenazas, estropeándole el sueño a la
madrugada
con el fuego en mis papeles,
esta mujer que encima de eso no se preocupa
por leer los
poemas de mis amigos, ni los míos, y
y desconoce por tanto la llamada o mal llamada
moribundez endecasílaba, la perruna
vida de perro de un verso libre cojo, la
amenazante casicrisis coloquial; pues
no vayan a creer, por eso, que no va con ella
la Poesía, no:
pregúntenle a sus ojos cuando le regalo una
mariposa,
pregúntenle a sus entumecimientos cuando se
asoma un arco iris,
pregúntenle a mi porción de la cama cuando
falto, a sus manos
cuando le envío un papelito desde lejos;
aunque ella piense que eso –eso que siente–
no tiene nada que ver
con un poema, con una imagen que demore tres
años en acostarse con nosotros; más bien
lo que ocurre, amigos, es que así de distante
están a veces el poema y la Poesía.
(Noviembre de 1980)
Ricardo Riverón Rojas - Lo que no se fue - Otros textos

lunes, 13 de octubre de 2008

Hacia la luz


El poeta Ricardo Riverón Rojas nació en Zulueta, en 1949. Dos de sus libros publicados, Y dulce era la luz como un venado (1989) y Pasando sobre mis huellas (2001) fueron premiados en sendos concursos literarios en Cuba. Ha publicado, además, entre otros, Oficio de cantar (1978), Azarosamente azul (2000), Memoria de lo posible (2004), y Bajo una luz que no existe, aparecido en 2005.
Este último poemario, como se indica certeramente en la contraportada, “...es un conjunto armónico que se nutre de temas populares y cotidianos. Riverón se renueva en la forma y en su esencia. Cambia el metro, la rima, las estrofas y diversifica los asuntos. El resultado es un atado de cuidada factura que se materializa en sugerentes y fluidos poemas donde conviven y dialogan intenciones antagónicas y, por momentos, paradójicamente unitarias. Valiéndose de la paráfrasis y la alusión el poeta retoma, como en sus libros precedentes, elementos sustanciales en el discurso de autores de distintas filiaciones estéticas para aportar su marca de identidad —muy cubana e inquietante— en el rico concierto de la tradición decimística iberoamericana.”

Dejo aquí una muestra; mínima, es cierto, pero fehaciente.

Penélope


Tanto tiempo los ojos del ausente
fueron los mismos de la madrugada
que un día confundiste su mirada
con la errática luna del poniente.
Cruzaste sigilosa entre la gente
(destejidas, atrás, todas las telas).
Entre insomnes y tontos centinelas
escapaste, Penélope, cantando
y el cielo estuvo de tu parte cuando,
cansada de esperar, izaste velas.
Todo y nada

a mis hijos

Es imposible que les diga todo,
pues todo, para mí, es bastante nada.
Tal vez todo no es más que una mirada
para entendernos de distinto modo.
Nada es la carne —que se vuelve lodo.
Todo es la muerte —que nos desintegra.
El Todo de La Nada es esa negra
memoria de la paz en que nacimos.
Con sólo algo de la luz vivimos
y con bien poco el corazón se alegra.

Encrucijadas

Alguna diferencia sé que existe
si la noche se mancha con el día.
Ignoro si al decir melancolía
digo feliz y entienden que estoy triste.
A naufragar mi alma se resiste
aunque, al final, deba cargar la cruz.
No puedo ser el que, espantado, sus
ojos sepulta ante el primer reproche,
y al tragarme los huesos de la noche
camino, sin pensarlo, hacia la luz.

sábado, 26 de agosto de 2006

Sigfredo Ariel


SIGFREDO ARIEL, (Santa Clara, 1962), ha publicado, entre otros, Algunos pocos conocidos (1987), El enorme verano (1995), El cielo imaginario (1996), Las primeras itálicas (1997) y Hotel Central (premiado en La Habana en 1998). En su voluminosa producción, desde el propio inicio merecidamente elogiada, traducida, y publicada en gran número de antologías y revistas del medio, no hay concesiones de ninguna índole: ni temáticas, ni formales... El poder de evocación de su obra, en repetidas ocasiones resaltado por la crítica, tal vez no le deba tanto a los asuntos en sí como a la fuerza de su vocabulario.
Este poema pertenece a Los peces & la vida tropical (Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2000)

LOS ACRÓBATAS

Conocen al menos la esperanza
de una muerte simple, esa ceguera
los acerca a Dios.

En torno están fumando
los padres de familia sus cigarros rubios.
Las niñas cogen grandes bocanadas del vacío
se aferran nerviosas del hilo del balcón.
Por suerte nos conmueve todavía
la muerte elemental
los boleros morunos
las interminables loterías.

Esa gente que sube perseguida
por un chorro de plata
han llegado a los colmos de nuestra aspiración

están en el lugar que nos tocaba

traídos y llevados por la música
no por mecanismo de reloj ni miedo
al hombre ni miedo de uno mismo
conocen la alegría del final del salto.

Esa esperanza los acerca a Dios.

sábado, 29 de julio de 2006

Secreto y misericordia



Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, 1936), es poeta de palabra precisa, certera. Se han señalado ironía y humor en sus versos. Y sí que los hay. Pero si algo predomina en su copiosa obra no son precisamente los juegos de palabra. Su mayor preocupación es el hombre, los malabarismos de ese adorable circo que llamamos vida.

MISERICORDIA

El odio a todos nos castiga.

Misericordia,
pues, para todos los que odian
y para los que son odiados,
para alos padres furibundos
y sus pálidos hijos,
para el bilioso y quien lo sufre.
Misericordia
para el hombre convertido "en tierra,
en humo, en polvo, en sombra, en nada"
y para los que alguna vez hemos contado,
con dedos temblorosos,
siglos y siglos de barbarie.

SECRETO

No quiero ser de carne y hueso y lágrima.
No quiero ser este ruidoso cuerpo
que cruje y me detiene ante el dolor
plantándome en el pecho sus rígidas
pezuñas.

No quiero ser ceniza mojada
ni polvo soplado
ni piedra sin camino.

Quiero ser de algún barro que permita
tenerte, vida, de tal modo,
que nunca quede espacio entre tú y yo
para el hastío y la renuncia.

(De El carro de los mortales, Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1988)

miércoles, 19 de julio de 2006

EL CORREO DE LA NOCHE


Frank Abel Dopico nació en Santa Clara, en 1964. Ha sido profesor de teatro. Dicho de otra manera, ha enseñado a usar máscaras. Él mismo, sin embargo, da la cara. Este poema, que traigo conmigo hace más de quince años, lo podría demostrar. Este limpio poema me "recuerda que donde crecen las alas antes hay precipios."

El correo de la noche

Mis piernas van tras el correo de la noche.
Un enemigo tiende su mano miserable, ayuda mi
carrera, luego me hace polvo con su mano
apagada.
Las casas huyen grises y una estrella abandona su
casa de la noche
y anda con sus bártulos a cuestas. Una estrella
vuelve
a su casa de la noche
y anda por el jardín, mediodormida.
El ciudadano que soy va tras su noticia. Apedreando
al que fui.
Quiero saber cómo está Mayra, qué le hablan sus
ojos al recuerdo.

El correo de la noche atraviesa edificios, irrumpe en
plazas moribundas.
Sus remos son caballos silvestres como los ojos de
Mayra.
Alguien cruza mordisqueando sus dedos. Alguien
(y una carta) entró a la oscuridad.
Pasan los novios, humeantes cuerpos, y el reloj se
clava sus agujas.
A dos cuadras de mí el anciano espera que esté
completo su rebaño.
Un hombre esconde el espejo donde se va a mirar
mañana.

Mis piernas siguen los ecos de la noche.
Soy un bufón, esquivo ese color dulce de la
primavera
porque dentro llevo los charcos de su lluvia y puedo
florecer,
y es indiscreto florecer, uno tan noble,
tan bueno que es uno así de solo,
con mi tierno diablo y mi dios tan solo y pobrecito.
Quiero poner la vida como trampa,
criar conmigo al rey que nunca seré, a los reyes
sonámbulos, los que con cielo y pan hacen el
amor sin manifiestos.
Busco una noticia, busco el puente que hicieron los
héroes para mí,
y siempre está más lejos, está en el mismo sitio de
los héroes,
debo hacer algo más que comerme estas naranjas,
debo inventar un flamboyán o algo amenazante,
el puente me espera, nos espera,
tantas flores mediocres aplastan los caballos
que el correo va lento, los caballos sangran pero yo
los aplaudo.
Los caballos resbalan, rehenes de la luna,
dejan su lamido triste en mi pupila.
El correo de la noche puede ser asaltado
pero va con cicatrices que recuerdan al sol.

En un lugar de mi vida hay un revólver.

(Tomado de El correo de la noche, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 1989)
 
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