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jueves, 21 de enero de 2010

Caza no precisamente perdida


La obra poética de Aramís Quintero (Matanzas, 1948), que ha merecido en dos ocasiones el Premio de la Crítica, incluye, entre otros títulos, Diálogos (Letras Cubanas, 1991), Una forma de hablar (Ediciones Unión, 1986), Cálida forma (Letras Cubanas, 1987), La sal estricta (Ediciones Unión, 1996)...
Estos textos pertenecen a Caza perdida (Ediciones Unión, 2006), “poesía que manifiesta la madurez in crescendo de su creador, por el dominio de la palabra y el tratamiento de las imágenes, tomadas fundamentalmente de la literatura clásica griega, que sirven de vehículo tropológico a las profundas reflexiones del poeta sobre la historia y el entorno contemporáneo...”

Los argonautas


Las cataratas braman
en la noche. A lo lejos.
O cerca (No sabemos.)
A ellas vamos, y vienen
a nosotros. Si caemos
y este mundo es redondo,
acaso nos alcemos
hacia un agua más clara.
Todos temen —temamos—
y esperan —esperemos.
A la trémula nave
los cordajes le avisan
que hay peligro en el viento.
(A nosotros los huesos.)
Ni astrolabio ni brújula:
amarrada en el mástil,
la Polar. Si caemos,
será siempre en la ruta
de El Dorado —oro viejo.
Si este mar se acabara,
con el mar nos iremos,
la Polar amarrada
en el mástil. Veremos
si Argos flota o naufraga.
Lleva ya el vellocino
de plomo. Lo sabemos.
Lo demás lo ignoramos.
Todos temen —temamos—
y esperan. Esperemos .

-

Ahab


Aguafuerte del mar, un horizonte
más allá de la mole inevitable de la bestia
(estampa que un niño podría dibujar
con un creyón en su cuaderno),
tan firme, tan real como un delirio.
Un delirio recurrente y antiguo, como Ahab.

El agua era sustancia de horizonte, y la nave
esperaba por él desde el principio, y la tripulación,
ese fantasma múltiple, vería reducidas
todas sus miserias y virtudes a una sola: ser llevada
hacia allá.
La bestia, en el camino,
alzaba del mar su cola nítida,
lanzaba un chorro nítido a las nubes.
Su nítido fantasma
era la puerta misma de la Gloria, en figura de monstruo.
Bestia y Horizonte fulguraban
como Cástor y Pólux.

Pero es la incierta índole del agua
lo que hace reales e irreales las naves
y a las tripulaciones de las naves.
El agua que se abría límpida y dócil
y reflejó la faz gloriosa del mascarón de proa, y los ojos
soñadores de Ahab, se volvió turbia y dura.
No barre la cubierta, no se alza
contra el raído velamen: es sólo turbia, dura,
como miles de cuerpos tendidos por delante.

Tablas medio podridas,
maniobras de rutina torpes e inútiles,
borracheras abajo, en la bodega.
No estalla una tormenta
que hunda la nave o la arroje quién sabe dónde.
Y no salta en astillas a un coletazo de la bestia,
que descansa en el fondo, paciente y complacida
con el olor a podredumbre.

Ofendido y amargo, Ahab clava sus ojos allá delante,
en el vacío.

-

El desierto


Si los años le alcanza, el desierto
hace su propia criatura.
Confundida en la arena, no se mueve
sino para arrancar algún yerbajo
de entre las piedras, y ovillarse
junto a una duna, mínimo refugio
del sol, del frío nocturno, del látigo del viento
que levanta torbellinos de arena.
Las estrellas son mudas, la criatura del páramo
no escucha más que el viento en las dunas,
alguna alimaña entre las piedras.
No padece espejismos.
Ni siquiera imagina el espejismo
de ir en alguna dirección. No la aterran
sus propias huellas siempre en círculos.

¿Y si ese vasto páramo
fuese un vasto espejismo?
¿Si tuviera una falla, una fisura,
si se quebrara en mil pedazos irreales
y dejara a la vista otro espejismo?
La criatura del páramo comenzaría
a caminar en una dirección, y no en círculos.
Tendría quizás este espejismo.
-

domingo, 27 de septiembre de 2009

La frente bajo el sol le dio a Emilio de Armas, (Camagüey, 1946), una Mención en el Concurso Rubén Darío de Nicaragua, en 1983. El poemario apareció en La Habana en 1988. Anteriormente, el poeta, que además es crítico e investigador literario, había publicado, entre otros, Un deslinde necesario (1978), La extraña fiesta (1981), Reclamos y presencias (1983)...
Se lee en la solapa de la edición que nos ocupa:
“...este libro adquiere una nueva dimensión en el tratamiento de los temas y en la coherencia formal. Aquí el poeta torna la mirada hacia su ciudad natal y se recrea en recuerdos y añoranzas; la niñez es el pensamiento suave y tibio, la conciencia memoriosa que vaga unida a un paisaje o a una escena familiar. El tema del amor nos llega con un reproche tierno o con todo el regocijo y la inquietud de su descubrimiento. Creemos que esta obra confirma, una vez más, a un poeta en pleno dominio de su creación.”
Otros libros del autor son: Junto al álamo de los sinsontes (Premio Casa de las Américas de Literatura Infantil en 1988), Con la abrupta esperanza del amor (1991), José Lezama Lima. Poesía (1992), Blanco sobre blanco (1993) y Sólo ardiendo (1995). En el 2002 ganó el I Premio de Poesía Eugenio Florit, convocado en Miami, con el poemario Sobre la brevedad de la ceniza...
A propósito de este galardón, el también poeta Germán Guerra, en la edición de verano del 2003 de La Habana Elegante comentaba:
“Desde una extremada claridad en el uso del lenguaje, usando, sin que sobren ni falten, las palabras más simples, las más sencillas, las del hacer cotidiano, y sin ningún rebuscamiento ni experimento formal a la hora de trazar un verso y armar el poema, este hacedor de vuelos ha puesto todas las respiraciones del hombre en sus palabras. Hay, en cada poema de este corpus un golpe, una pregunta y un dolor, una respuesta que nos deja suspendidos en el aire y un respirar profundo, de poeta que ha aprehendido sus caminos y ya está de regreso, y ha logrado que un dios habite en cada uno de sus textos.”
Estos poemas pertenecen a La frente bajo el sol.

VIII

Juan Cristóbal, el poeta
que se adentró en la sombría
tarde sin fin, conocía
la luz de esa llama quieta
que deslumbra a quien la reta
con su tenaz soledad.
¿A qué buscarlo en la edad
de la muchacha o la flor?
Él vuelve fiel al temblor
de su voz en libertad.

-

CRÓNICA

Cuentan que nueve días
rondó el poeta los altos muros,
y que al cabo del décimo
se decidió al asalto.

Hostiles eran en verdad los muros
y remotas las fuerzas del ansioso,
como de ajenos cuerpos convocadas:
cuerpo del vencedor en lides
y del tenaz herrero,
cuerpo del sacerdote y cuerpo
del sacrificio...
Mas él iba semejante a la noche:
la mirada de ofrenda
y el brazo de blasfemia.

Cuentan los defensores
que una turba ofendió los altos muros:
que todos los piratas de la costa
y los hijos bastardos de los príncipes,
los medrosos ladrones
y los frecuentadores de tabernas
y mujeres,
marcharon tras la fuerza del ansioso.

Y éste, en verdad,
es el testimonio del cronista,
del hijo de los constructores de murallas.

Los piratas de la costa,
los hijos bastardos de los príncipes,
los medrosos ladrones
y los frecuentadores de tabernas
y mujeres
cuentan, por su parte,
que nueve días
rondó el poeta los altos muros,
y que al cabo del décimo
se decidió al asalto.

Y que fue muerto.

-

AUNQUE

Aunque te yergas, solo
y tonto, en la colina,
y el amor rompa tu corteza
con abruptos tatuajes;
aunque te hienda el rayo
y te desnude el viento,
o decidan cortarte
uno a uno los frutos;
aunque tus raíces, tenaces,
desmoronen la tierra,
nunca aceptes
que un hombre es como un árbol.

-

EN LA HIERBA

Te prometí un poema
en que estarías
—para siempre—
«desnuda en la pureza de la página,
inerme y preservada».
Pero de aquel momento
sólo quedó la risa
con que fuiste dejando
caer, fragantes como versos,
tus ropas en la hierba.

-

EL HUÉSPED DE LA CASA ENCANTADA

Trocadero, 162

Vivir en lo habitado permanente
y ser el furtivo, el que ciega
las luces de la casa
que empieza a sumergirse en su luz verde,
junto a sedentes animales
oyendo el repentino adiós
entre la amistad
y la muerte,
con los ojos nublados por la espalda
del rey que aparta una cortina
y se interna en la noche.

-

sábado, 16 de mayo de 2009

He aquí Damaris Calderón


Damaris Calderón nació en La Habana, en 1967. Entre sus libros de poesía se encuentran Con el terror del equilibrista (1987), Duras aguas del trópico (1992), Guijarros (1994) y Duro de roer (1999).

Sílabas. Ecce homo obtuvo el Premio de la Revista de Libros del diario chileno El Mercurio en 1999.

Gonzalo Rojas, que presidió el jurado, señaló en las Palabras de presentación:

“Mi juicio se atuvo a la calidad de una obra distinta y singular, en la que visión y lenguaje se ofrecen en una urdimbre de auténtica poesía. En efecto, el dominio del oficio discurre sostenido y estricto a lo largo de las diversas piezas construidas con eficacia, sin concesiones de ninguna especie, ni a la estridencia ni al fárrago [...] Algo que llama la atención es el desvelo por la palabra en toda su vivacidad, pese a la aparente dispersión de la trama enigmática. Así la máquina verbal funciona y la puntada es limpia y certera: cada poema nace bien, crece bien y cierra preciso, urdiendo el tejido estricto del texto. En la operación no se ve la mano y todo parece recién creado ahí como de repente, recién mostrado en su frescor sin imágenes excesivas ni nada superfluo, merced al tratamiento sigiloso de la categoría de la sorpresa, tan cara a Apollinaire.”

Elogio de la locura (III)

a Vincent

El estupor de los girasoles
y el pan de un trigo
que no puede
llevarse a la boca
hacen que
el buen samaritano
(yo)
me domestique a mí mismo
como a un caballo proletario.
He reinventado el ocre,
el siena,
el amarillo
de estas colinas
y sus hombres.
Con una sola oreja
(como un indio)
inclinado en tierra
he escuchado.

No alcanzarán a atraparme
por el boquete de luz.

-

Césped inglés

Los segadores
tienen una rara vocación por la simetría
y recortan las palabras sicomoro,
serbal, abeto, roble.
Guardan las proporciones
como guardan sus partes pudendas.
Y ejercen sin condescendencia
el orden universal
porque el hombre
—como el pasto—
también debe ser cortado.

-

Astillas

(a mi madre)

Mueres de día.
Sobrevives de noche.
Paisaje de guerra
de postguerra
paisaje después de la batalla.
Piedra sobre piedra
donde sólo se escuchan, en la noche, a los tatos,
a las parejas de amantes que no tienen dónde meterse,
chillando.
Basuras, hierbas ralas, trapos, condones,
aristas de latas con sangre.

Cuando salgo a la calle
como otro artista anónimo del hambre
más de algún cuerpo ha roto
la fingida simetría con un salto mortal.

Yo me sentaba en tus rodillas
no me daba vergüenza, Sulamita,
tu cabello de oro de ceniza.
Extranjeros ridículos colgando
sobre árboles inexistentes.

Hace frío.
Las cortezas sangrantes del otoño
aprietan como una mortaja.

Si me siento a la mesa
el vacío es demasiado inmenso
para poder rasparlo con una uña.

-

Sílabas. Ecce homo


Hablar del pájaro parlante
parlanchín posado en una rama
cantando (como diría Juan Luis Martínez)
en pajarístico.
Y el hombre es una lápida
un cuarto oscuro, una silla vacía
y una lámpara.
El que se aproxima a la lámpara
puede encontrar una salida
(o la ilusión de una salida).
¿Hay salida posible hacia afuera
o toda salida es hacia dentro,
hacia el reino de la raíz?
Hundirse como Virginia Wolf
con los bolsillos llenos de piedras en el río.
Ha ahí la verdadera ganancia.
Lo que no alcanzan los nadadores de superficie.

El optimismo es una bandera a media asta
pero ostentada con júbilo.
Un consuelo o un autoconsuelo:
«Yo me levanté de mi cadáver y fui en busca de quien soy.»

Como un cirujano corta,
las sílabas se parten.
Carne de la escisión,
escisión de la carne.

Un pájaro vino con la cabeza vendada
una esquirla de la tercera guerra mundial
Apollinaire cantando en una jaula
los tetradragmas de oro de Ezra Pound.

Como la liebre en el soto,
la palabra en el lenguaje.
La angustia salta el perímetro
y echa a correr por las azoteas.

-

sábado, 14 de febrero de 2009

La que se fue

Félix Luis Viera (Santa Clara, 1945) es autor, entre otros libros, de los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1977), Prefiero los que cantan (1988), Cada día muero 24 horas (1989), Y me han dolido los cuchillos (1991), Poemas de amor y de olvido (1994), y La que se fue (2008).
De este último título, (Red de los Poetas Salvajes, México) brevísima antología de la poesía amatoria publicada por el autor, dijo Víctor Ibarra en el prólogo:
“La poesía de Félix Luis Viera se convierte en el baño frío caliente que nos seduce en la penumbra, hasta alumbrar, con el rosicler del aliento, la soltura de una flor en el abismo. Una lluvia sensible floreciendo en un bosque que huele a manzanas, a hierbas y tierra mojada, mientras el horizonte es el contorno, a lo menos la sombra, de una mujer; la feminidad poseída, comprendida desde siempre.”
Manuel de Jesús Jiménez se hacía eco de la edición, en Fusión Cultural, en estos términos:
“Los versos de Félix Luis Viera suenan sinceros, en su lectura se nota el esfuerzo vivencial de las palabras. Las imágenes no suelen ser caprichosas ni puestas al arbitrio de la extravagancia, parecen ser playas líricas que muestran un paisaje con un mar más cercano y lejano a la vez.”
Por su parte, Ricardo Riverón Rojas, poeta y coterráneo de Viera, en un artículo a propósito del poemario, señalaba:
“La lectura de los veinticinco textos que integran La que se fue me sirvió para captar, en un breve brochazo panorámico, importantes coordenadas de una trayectoria que, si bien conocía fragmentada, no suponía portadora de la coherencia que el opúsculo confirma. Una vez adentrado en el análisis de los poemas que lo configuran, volví a sentir el desconcierto, y hasta la vergüenza ajena, al recordar con qué tranquilidad algunas valoraciones sobre la poesía cubana —divulgadas tanto dentro como fuera de Cuba— por lo general eluden, con olvido grosero o elegante, a autores y libros que debían ser referencias naturales.”
Los poemas que dejo por acá son, sin lugar a dudas, una excelente muestra.
Dama de la noche
Habita afuera la dama de la noche,
lleva cortinas portátiles prontas
a incendiarse
Tiene rajaduras de estrellas,
va con andar de danzarina, miel
en cada poro,
violines y guitarras en su voz.
Habita afuera la dama de la noche.
Hay que buscarla.
No hay viento ni paredes ni árbol ni adoquines
que no perfume con su aire.
Para los que ahora piensan en ella,
solos y cerrados en la noche,
aviso que está ahí
que habita afuera la dama de la noche,
todos pueden verla fácilmente
pero no vayan a tocarla
porque entonces se rompe
y hay que empezar de nuevo.
(Noviembre de 1979)
-
Casa
Esta es la casa donde no habitamos
Esta es la casa con su jardín elemental,
aquí el librero, la lámpara
a la medida de inmensas jornadas de lectura,
aquí los muebles; en el centro –o ya
no sé si en una esquina, no recuerdo–
un haz de flores (naturales, claro)
Esta es la casa donde no habitamos,
discreta y honda hacia la sangre como un verso,
la casa
donde dos –o tres, ya no recuerdo– niños
ensayan sus colores
Esta es la casa donde no hay un gesto
que no haya partido del amor
Aquí su dormitorio, sus sábanas azules –o
blancas, no recuerdo–
donde no nos acostamos
Esta es la casa que dibujamos de memoria,
la que hoy apenas podríamos (tú o yo) describir,
la que ha quedado
como una semilla rota al borde del camino.
Suerte
que la vida
se hace también de las cosas que no fueron.
(Mayo de 1977 )
-
Distancia
Esta mujer que no sabe nada de Poesía,
que tomaría símil por un nombre clínico,
que daría serventesio por una anguila prehistórica.
Esta mujer que duerme mientras yo me fumo
el último cigarro
convencido de que no he encontrado la palabra
virgen,
mientras yo me pierdo en connotaciones, en
matices,
en la telilla de sangre que cubre cada una de las
infinitas posibilidades de un vocablo,
mientras yo bebo lentamente un litro de sangre
con azúcar y
sigo desafiando a la madrugada, llenándola
de amenazas, estropeándole el sueño a la
madrugada
con el fuego en mis papeles,
esta mujer que encima de eso no se preocupa
por leer los
poemas de mis amigos, ni los míos, y
y desconoce por tanto la llamada o mal llamada
moribundez endecasílaba, la perruna
vida de perro de un verso libre cojo, la
amenazante casicrisis coloquial; pues
no vayan a creer, por eso, que no va con ella
la Poesía, no:
pregúntenle a sus ojos cuando le regalo una
mariposa,
pregúntenle a sus entumecimientos cuando se
asoma un arco iris,
pregúntenle a mi porción de la cama cuando
falto, a sus manos
cuando le envío un papelito desde lejos;
aunque ella piense que eso –eso que siente–
no tiene nada que ver
con un poema, con una imagen que demore tres
años en acostarse con nosotros; más bien
lo que ocurre, amigos, es que así de distante
están a veces el poema y la Poesía.
(Noviembre de 1980)
Ricardo Riverón Rojas - Lo que no se fue - Otros textos

domingo, 1 de febrero de 2009

Odette abre la puerta

La copiosa obra de la poeta y narradora Odette Alonso Yodú (Santiago de Cuba, 1964) incluye, entre otros, tres poemarios publicados en Cuba: Enigma de la sed (Caserón, 1989), Historias para el desayuno (Holguín, 1989) y Palabra del que vuelve (Abril, 1996), y varios títulos publicados por diversas editoriales de España, los Estados Unidos y México, país donde reside desde 1992.
Entre esos libros quiero mencionar especialmente Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2003), El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006) y el que le valiera el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999, Insomnios en la noche del espejo (México, Instituto para la Cultura y las Artes de Quintana Roo, 2000).
De estos últimos poemarios son los textos que incluyo a continuación. Una muestra mínima, es cierto, pero a mi juicio altamente representativa de la poética de esta apasionada mujer. Una literatura de transparencia envidiable. No hay medias tintas ni tabúes aquí; se llaman las cosas por sus nombres. La puerta que abre ese desenfado, esa total libertad para desnudarse (y desnudar) puede conducir a sitios insospechados o prohibidos en cuerpos y almas y en toda la nostalgia que pueda interponerse. Habrá quien se arranque los ojos para no mirarse en semejante espejo. Y quien se incruste feliz entre estas líneas. Unos y otros, de acuerdo: ¡es muy poeta esta mujer! Nadie, ni en broma, pensará después cómo callarla.
La leyenda del pez
En la boca del pez está el elíxir
la prístina mentira de las aguas
la espuma mimética bandera.
Hay un pez que persigue mi silencio
mínimo pez que esconde sus burbujas
el oxígeno impuro de sus branquias.
Hay un pez fuego dipsómana criatura
que arrastra al mar mis últimos instintos.
En la boca del pez está el veneno
inevitable elíxir
que me hará regresar a los anzuelos.
(De Cuando la lluvia cesa)

-

Tatuajes
La punta de la lengua dibuja el redondel
una esfera de fuego
un tatuaje liminar sobre tu vientre.
La punta marca el triángulo
el círculo primario
la ranura de luz donde luego se hunde
el cántaro de lava
la eclosión.
(De El levísimo ruido de sus pasos)

-

Caja de música
A Veleta. A Piri
Alza la tapa.
Escucha.
La música será como un alivio
como un bálsamo azul
como un portazo y luego este silencio.
Los amigos se fueron
perdieron el camino y los recuerdos.
Sólo queda esa música.
Alza la tapa y oye.
Piensa que ellos han vuelto y empujarán la puerta
que traen los rones viejos y la inconformidad
que bailarán de nuevo aquella melodía

aunque no sea igual
aunque no lleguen nunca
aunque alces la tapa y no suene la música.
(De Insomnios en la noche del espejo)




sábado, 17 de enero de 2009

Como casi nadie sabe

El poeta Carlos Barrunto (Holguín, 1952), alternó durante años la labor docente con el trabajo en la radio. Su obra, que ha merecido diversos reconocimientos, ha sido publicada también en revistas literarias no sólo de Cuba sino de España y de otros países de América Latina. Vive en los Estados Unidos desde 1992. Desde allá me ha hecho llegar su poemario Como casi nadie sabe (Editorial Silueta, 2007). Acerca del mismo, ha escrito el poeta Manuel García Verdecia:
“En lenguaje desnudo pero certero, con construcciones breves, directas, sin rebuscamientos ni oropeles, pero con la belleza del que llega a la médula de las cosas, nos da un puñado de versos que, de cierta manera reedifican aquellos que le conocía. No es casual que en su “Poética” rechace la pose, la pedante literaturización de la vida y prefiera esta en su desnudez y verdad, en su movimiento y criaturas más palpitantes. Poesía no es adornar ni bonitizar. Es ver con ojos limpios la médula más exacta y perdurable de la existencia. Aquí están muchos de los molinos de viento y obsesiones que nos hechizaron de jóvenes. [...] En sus textos es el eros galante el que predomina. El poeta una y otra vez enaltece al objeto de su devoción y goce. Poesía del fervor amoroso más que del acto en su cumplimiento sensual. Es el cuerpo de la amada el aleph donde se realiza todo sacramento y toda poesía, la más exacta certeza. [...]En fin, no hay poema que no someta al lector a un temblor, a una tensión, a una revelación de un destino golpeado pero sentido.”
De Como casi nadie sabe son estos hermosos, impecables poemas:

Bajo una luna altísima

Por las calles de mi país
anda mi camisa ardiendo.
Aún no encontré el modo de apagarla.
No sé como decirle
basta
cuando se pierde en los zaguanes de la noche,
bajo una luna altísima.
Talla M, ni más ni menos;
amable, romántica, liberal,
mi camisa
enemiga del safari y la guayabera moderna,
mi camisa
como una flor ciega atravesando el yerbazal.
Tú la has visto:
el cuello suelto y la espalda rota.
La misma camisa
sobre la cual bailaste Here, There, and Everywhere,
mientras soñabas que seríamos eternos.

Conmigo partió de casa una mañana,
muy sola,
y nunca pudo volver.

Parque San José

Los amantes pulsan sus dagas
y se hieren para siempre
sobre un banco que el destino devora.
Dos copas, puras
como los ojos de Dios,
se vierten en la antigua madera.
Una gota de sangre empaña la luz,
y el arpa que escuchas es tan sólo
un niño perdido entre sus brazos.

Amantes, desperdicios
que la ciudad lanza al viento eterno
como si nunca hubieran sido
carne, ruego y pasión.

Acaso ellos mismos aún no sepan
que hasta aquí volverán cierto día,
procurando un pañuelo de oro,
alguna esmeralda oculta en los laureles.


Foto de José Luis Tassende (26-07-53)

Yo he visto fotografías deslumbrantes.
Fotos de pájaros y de selvas soñadas,
de hombres que partieron como pájaros
y de fabulosas batallas;
pero nunca una fotografía como ésta.
Ella me sobrevive
y se burla de mí en cada una de las edades que padezco.
Por ejemplo, antes, cuando apenas
me levantaba una braza del suelo,
él era mi padre o tal vez el tío predilecto.
Ahora, cuando mis manos crecieron
y tengo ya unos cuantos saltos mortales,
prefiero que sea mi hermano,
el quimérico, audaz, incorregible hermano
que no tuve.
Mañana supongo que entonces podrá ser mi hijo.
Como quiera,
no hay dudas de que se trata de una foto importante.
Cuando la miro a veces
un viento muy suave desordena mis papeles
y entonces yo amanezco boca arriba,
feliz,
tendido sobre la tierra tibia.

Tienda de ilusiones

He levantado una tienda
para vender ilusiones.
Tengo mariposas, corales,
aromas de Bizancio,
increíbles insectos devorados por la dicha.

Del otro lado del mundo
tú miras los relojes,
abres un libro en la luz
y me recuerdas.

Yo vendo fantasías
y de algún modo soy feliz con mi suerte.
Ya nada me sujeta bajo los toldos lejanos.
Ya nada me juzga entre las hojas perdidas.

La obra reproducida en la portada es del pintor cubano Heriberto Mora.
Manuel García Verdecia – Como casi nadie sabe

domingo, 14 de diciembre de 2008

La otra mejilla

Entre los libros publicados por Belkis Cuza-Malé (Guantánamo, 1942), se encuentran El viento en la pared (1962), Los alucinados, Cartas a Ana Frank, Juego de damas, El patio de mi casa y más recientemente La otra mejilla (Ediciones ZV Lunáticas, París, 2007).
El también poeta Armando Álvarez Bravo, en una reseña de La otra mejilla publicada en Linden Lane Magazine, escribió: “La andadura de Belkis por estos mundos no ha sido fácil y ello, desde el núcleo y los prismas de la poesía, puede generar una obra en que la gravitación de la tragedia y el dolor, del sentido de la pérdida y el desarraigo, y toda una serie de sentimientos propios de tiempos difíciles, hagan que se escriba una poesía que, descontados sus valores estéticos y formales, esté dominada por el tono de la oscuridad, de la tristeza y la negatividad de la mirada. Una poesía que es pura desgarradura.”
La otra mejilla
, “un libro escrito mayormente en los años sesenta y pico y setenta en Cuba”, según palabras de la autora en entrevista publicada en Efory Atocha, “... tiene, sin renunciar a la veracidad ni a la memoria, —a juicio de Álvarez Bravo— un tono que puede designarse como jubilar. Y aquí debo precisar que jubilar no implica una entrega sin peros, sino una apertura con toda la carga que define el espíritu del poeta, y que se vuelca con suprema naturalidad, con el lenguaje más directo. De igual suerte, es un discurso que abordando el registro que va del extremo de lo positivo al de lo negativo lo hace comunicando una notable satisfacción de estar. Esa satisfacción es expresión de profunda, asimilada alegría que se comparte. Ese es el espíritu de este poemario de Belkis.”
Con ese mismo espíritu dejo aquí estos cinco textos de La otra mejilla. Convencido de que en algún punto del paisaje que bosquejan, entre sombras y árboles, entre luces y trenes y otros espectros, habrá espacio aun para que el más escéptico de los lectores por fin se reconozca. Y agradecido se sonría. O se borre.

La patria de mi madre
Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día esta pared, otro día el techo,
y a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria —decía—
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas
el sitio de la muerte.
Jagüey Grande
Una vez atravesamos ese pueblo,
pero allí no había altas figuras pálidas
y en la estación de trenes
giraba el aire en torno a un jagüey.
El polvo nos devoraba;
convertidos en nube de moscas
atravesamos sus calles limpias
y junto a la farmacia
fuimos embestidos por seres de aluminio
o de algún metal desconocido.
Dulces reproches de difuntos.
Olía a cal este pueblo,
a naranjos, pero no vi su flor por ningún lado.
Se componía el paisaje de grandes tazas de café
y un potrero por medio.
Eso era todo.
Paisaje del olvido
¿De qué estarán hechos
esos árboles y esa gota negra de cielo?
Débil gorjeo del pájaro-esqueleto
apresando objetos
en los que el énfasis es el movimiento de la mano,
el cabeceo de unos ojos
por donde asoma
mi mirada intrigada,
caprichosa, boquiabierta.
El mar de la noche no tiene regreso,
pero me aferro a esa rama,
al gritico del tren nocturno,
y cuando es inútil la espera,
alguien metió la mano en el paisaje,
subió los tonos azules,
enredó el dorado de la hierba.
¿Acaso no me faltan también
los ojos y el prendedor del pelo?
Tema para Goethe
Otra vez
el cielo es verde
más verde que nunca
y la noche se ha puesto carmelita
y la luz que se cuela por debajo de la puerta
es mi luz
no la de Goethe
mi luz con flores de vicaria
una luz que me mira
que me envuelve
en su capa de capitán valiente
oh luz de los cielos
oh luz de los que ríen
oh luz apagada de pronto por la mano del viento
oh luz sin luz
oh
Quieren que cante
y canto
a esta luz que me quema los ojos
a esta luz mi luz tu luz
sin esperanza
De la naturaleza de la vida
Siempre hay un hombre pintando
la puerta de la casa,
una mujer recortando el césped,
un viejo subiéndose al techo del garaje,
un oso de hierba metiéndose en el patio,
una cabeza decapitada por la luz
estallando en llanto,
un automóvil pisoteando los instintos,
un ametrallado en la noche
y estoy yo y están mis hijos
y cuando despierto
la luz es de otro mundo
y la tamiza la leve inquietud
de entrever a ratos
un paisaje verdadero.

sábado, 1 de noviembre de 2008

El rostro, la máscara, etc.

El poeta y pintor José Pérez Olivares nació en Santiago de Cuba en 1949. Desde 1982, cuando apareció Papeles personales, hasta la fecha, ha publicado una docena de libros de poesía. Su obra, además del “Premio David” (Cuba), por ese primer libro, y el “Premio 13 de Marzo” (Cuba, 1985), por A imagen y semejanza, ha recibido los premios internacionales “Jaime Gil de Biedna” (España, 1991), por el poemario Examen del guerrero, el “Rafael Alberti” (España, 1993), por Cristo entrando en Bruselas, y el “Renacimiento” (España, 1998), por Háblame de las ciudades perdidas.

De Examen del Guerrero decía el editor:

“...nos ofrece un dominio del verso poco común y una utilización de la palabra como arma poética tan magistral como lo es en sus maestros Lezama Lima o Eliseo Diego.

Esta poesía culturista, llena de efectos visuales y pictóricos, recorre el libro y hace que el lector quede retenido en la magia singular de la escritura de José Pérez Olivares.”

José Luis García Martín, en su reseña de Háblame de las ciudades perdidas, publicada el El Cultural, señalaba:

“Culturalista, meditativo, a ratos aparentemente coloquial, siempre muy literario, Pérez Olivares es posible que suene a consabido al lector apresurado, como al espectador apresurado le pueden parecer iguales tantos cuadros clásicos con el mismo asunto religioso. La personalidad y la verdad están en los matices, en las sutilezas de la dicción y la visión del mundo.”

El rostro y la máscara (Ediciones UNIÓN, La Habana, Cuba, 2000), por su parte, se presenta al lector con estas palabras:

“El valor de los signos, la plenitud del diálogo / el sabor / entre falso y misterioso de la palabra hacen que este universo fabulado descubra el verdadero rostro del Hombre, al dejar caer esa máscara que muchas veces le impone su andar cotidiano, y no le permite mostrar toda su identidad.
La mirada contemplativa del poeta, su reflexión sobre la contemporaneidad —el propio devenir histórico—, establecen un diálogo con el tiempo, clamando por aquellos valores amenazadas en los umbrales del nuevo milenio —amistad, unidad, amor...—, precisos para
que nunca se cierren [...] las puertas que abrió el viento.”

Carlos Alzugaray, en ocasión del Premio de la Crítica, se preguntaba: “¿Qué es lo característico de El rostro y la mascara? La angustia expresada con eficientes recursos artísticos -de quien se sabe depositario del secreto de la belleza, como Prometeo se sentía guardián del fuego; la misma belleza que debe avivar en las marmitas, buscar denodadamente y, a toda prisa, como corresponde a una sustancia explosiva, pasarla a los congéneres. En medio del intenso y riesgoso ejercicio que constituye mudar la piel a la vista de todos, el artista nos recuerda que “la sagrada perfección” sólo se consigue desde una entrañable eticidad, impermeable a los vaivenes pendulares de lo oportuno.”

Estos dos textos pertenecen a El rostro y la máscara.

TRES ELOGIOS (fragmento)

1. Del ojo ciego

No está tan ciego el ojo que no ve
como el ojo que ve y no mira.
No está tan solo en su ceguera
quien ve nacer dentro de sí
una débil y misteriosa llamarada.
Llamemos ciego
al ojo que pasa de largo frente a las cosas.
Apiadémonos de su incapacidad de ver.
Musitemos junto a su oído:
“esto es un árbol”, “esto es una rosa”.
La ausencia de visión
no es ausencia de la capacidad de ver.
Ven los videntes, los demás miran,
los demás creen ver.
Y confunden una rosa con la rosa,
confunden un árbol con el árbol.
Apiadémonos de los que no tienen ojos
para leer las hojas de un árbol,
de aquellos que confunden la rosa
con el perfume que emana de ella.
Apiadémonos del que tantea un objeto
y lo confunde con su forma exterior,
y cree que todos están hechos
con la misma irremediable materia.
Apiadémonos del que olvidó la infinita forma
de la forma,
apiadémonos de la oscuridad que reina
en sus pupilas.
El secreto no está en la imagen, sino en ver.
La verdad no consiste en percibir,
sino en el acto de posesión.
El ojo ciego se ríe del ojo que no ve
porque en la oscuridad ve mejor las cosas.
La oscuridad es la meta de todo verdadero vidente.
La noche, la eterna noche
es sustancia de la luz.

-

Cualquier puerta
indica la existencia de dos verdades:
una tuya, otra mía.
Allí, en el umbral, se tejen leyendas,
los caminos se entrecruzan,
se explican y naufragan
los secretos.
Una puerta va hacia el sur,
otra hacia el norte.
Una se abre
hacia el camino del este,
otra hacia el oeste.
Si llegas a caballo, desciende y pernocta
en esta posada.
Los que va a cualquier parte,
o regresan cansados,
se sientan a escuchar
cómo el viento hace batir las puertas.
Tal vez tratan de escuchar algo más,
una voz que diga: “el verdadero camino está al norte”.
O bien: “el que debes escoger
queda al sur”.
A lo mejor tienes más suerte que yo
y descubres, a tiempo,
que no existen caminos, sólo puertas:
puertas falsas y verdaderas,
abiertas día y noche,
golpeadas por la lluvia,
podridas por el invierno,
resecas por el verano.
Quizás no existan puertas
sino pequeñas y absurdas verdades,
laberintos
donde irán a extraviarse tus pasos.
Si llegas a caballo, desciende
y pernocta aquí.
Es bueno meditar antes hacer un largo viaje,
mirar hacia la encrucijada de caminos,
lanzar una moneda al aire.



domingo, 1 de julio de 2007

Memorias de la fiesta

Gastón Álvaro (Bayamo, 1939), ha publicado, entre otros, los poemarios Montaje de universos (Ego Group Inc., Miami, Florida, 2005), El diablo vencido (Distal USA Inc., Aventura, Florida, 2004), El acróbata desnudo (2000) y Texturas (1997), ambos editados por Versal Editorial Group, Inc., (Andover, Massachussets).
Las palabras que introducen Texturas, (finalista del Premio Vellocino de Oro, Boston, 1997), son extraordinariamente fieles al mundo del poeta. Las reproduzco casi íntegramente aquí:
“Vamos a tocar la piel del mundo en estos poemas que navegan, centrífugos, hacia un punto no visible —mas soñado— del horizonte: metáforas de pincelada fuerte y trazo certero, imágenes claroscuras, epítetos surrealistas, alegorías barrocas y una amalgama de coloridas y táctiles sensualidades que van dando a estas Texturas una dimensión pictóricamente poética y mágicamente multiforme [...] Un poemario indócil, de vibrante voz.”
Estos brevísimos, intensos poemas son de ese libro-fiesta-sin-fin-de-la-palabra.
ASOMBRO
Estoy en la casa
de la que tengo llave,
a la que siempre llevan
senderos rumbosos.
De pronto en otra casa;
imagen sin aviso.
Todo dentro, de pronto.

PIE DE PÁGINA

Ese ojo neto
traspasa elipses
y culmina
luz.
Lo que enajena
le otorga imperio,
colorido viaje.
Y miran más, orfebre de pares,
y el de atrás de la yunta
que pule otra manera
dentro del ebanista.

EPÍLOGO
Primero la oquedad.
Al romperse el espejo, veloz
huyó la imagen.
Después la luz,
¡todo se disolvía
en ciega
masa densa!
Mas éstas son memorias
de lo que allí
se borra.

La fotografía de la cubierta es del artista cubano Juan Carlos Alom.

sábado, 31 de marzo de 2007

En nombre de muchos


Leí esta frase en un artículo publicado en Cubista Magazine: "Estamos desperdigados como granos enfermos; granos secos que se han separado fermentados del conjunto."

Leo en la contraportada del libro que nos ocupa:

“Eugenio Rodríguez nos propone, en el nombre de alguien, una poética donde se indaga por la esencia del hombre, donde duele esa persistencia de vivir, sólo por roer, donde el poeta siente que él mismo se engendró en un acto que no tiene ni siquiera el consuelo de ignorar. Leer estos textos marcados por la búsqueda es una forma de constatar, otra vez, que nadie es inocente.”

Eugenio Rodríguez nació en la capital cubana en 1967. Es Licenciado en Lengua y Literatura Francesas por la Universidad de La Habana. En el nombre de alguien mereció el Premio David 1995. El jurado estuvo integrado por Ángel Escobar, Carlos Augusto Alfonso y Reina María Rodríguez, la autora de la frase citada.

En el nombre de alguien comienza con este texto sobrecogedor:

Antes que el cielo han ensombrecido las aguas, los
añicos y la muchedumbre. Sobre el asfalto, las páginas
de un periódico se arremolinan sin que se advierta
cómo se volvió púrpura el presente. Desde aquellos
edificios han visto caer el día igual que yo: quién sabe
dónde. Pero a las cosas nos une algo más que la
mirada, cuando cae la noche y no sabemos si es cara o
cruz. Dejé de ser la imagen, el rehabilitado que abre-y-
cierra la boca bajo palabra por temor a la quemadura, al
salitre que nos hace rogativos junto al árbol.

Muy pronto el momento es uno por la ventana y los
que extienden sus brazos, muchos frente a ella. En
cambio, tú dudarás acerca de mí. Qué palabra mía te
hará sentir las voces con el mismo órgano que las
escuchas, si un lugar en la mesa donde poner los
codos obliga a encontrar de nuevo escarcha en el
fondo de los vasos,
esos que se beben
tan parecidos al declive.

Aquí oyen los gones del tiempo
en una dirección que seca los labios
Qué ha sido de nosotros en estos confines
hechos para lastimar los sesos y la hierba
qué del pasillo hacia lo vulnerable
que dejan las sospechas en el hombre

Por más que uno se quede
la palabra “adiós”
está en la palma de la mano
Desde ángulos distintos
el mismo objetivo no es ya el mismo
y algo que se corresponda
nunca es algo
en lo que podamos confiar

La desnudez no la trajo el agua
sino la tersura del frío
cuando se apoya en las mejillas.
No es el puente
lo que media en adelante
ni la herrumbre
ni el estiércol
sólo esta forma en la oquedad
lo indecible que aleja los trenes
bajo el arco de las cejas

Parece justo que un mortal caiga
y luego
en la maceta de su cráneo bostece un girasol

Para mí
alguien que añade migajas al pozo
es quien supo voltear las hojas
Uno tanto ha seguido a los semejantes
como si ellos buscaran reconocer
aquel indicio que le dura al hombre
después de pasar bajo los puentes

martes, 9 de enero de 2007

TERRIBLEMENTE ILUMINADA

Chely Lima (La Habana, 1957), no es una poeta cualquiera. No es juego la palabra en su lengua. O es en serio. Quema, hiere, desviste su verbo. Todo en dosis muchas veces mortal, siempre definitiva.
Su obra, ampliamente reconocida por la crítica, incluye, además de poesía, cuentos, novelas, guiones para la televisión, etc.
"Terriblemente iluminados", el libro al que pertenece el siguiente poema, un texto clásico de la autora, apareció en La Habana en 1988, tres años después de haber recibido la Primera Mención en el concurso anual de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba).

ALA Y ALA

Imagínate que estamos apretados
y está a punto de ser nuestra gran noche.
Por la ventana empiezan a invadirnos
antiguos clavicordios, dinosaurios,
planetas sin vegetación, güijes tardíos
y toda esa muchedumbre que nos mira
comenzar el ritual
de redondear tu frente, besarte la espalda
y grabarte los dientes en un muslo febril;
toda esa muchedumbre se agita,
brama encendida y cruje en gigantescas
floraciones.

Descendemos a un círculo infernal.

Imagínate que encuentro tu sandalia
en mi inicial expedición de arqueología
y a partir de una huella
reconstruyo tu rostro y tu pene,
o me hago parásito afín de tu garganta.

Descubro la forma de crucificarte
cara al techo
y nos cuesta la resurrección un largo orgasmo
de anís y de centella.

Imagínate esta primera historia
real, si no te hubiera visto, si no te hubiera escrito.
Si no hubiéramos chupado el mango mítico de Adán:

Qué haríamos con la Tierra
de tal forma poblada y despoblada.

La ilustración de la portada es del también poeta Alberto Serret.

sábado, 2 de diciembre de 2006

ESCRITO A LOS VEINTE AÑOS


Andrés Reynaldo (Calabazar de Sagua, 1953), andaba por los veinticinco años cuando escribió cosas como “El amor no se aprende, se padece”, “El recuerdo es la distancia más frágil”, “Los ruidos que hacían el silencio se hacen ruido”, “Agosto queda sobre la isla que amanece”,... Por esos y otros tantos versos fue premiado en La Habana, en 1978, por un jurado que integraban Minerva Salado, Luis Marré y Osvaldo Navarro. “Escrito a los veinte años”, el cuaderno en cuestión, es, como señala el editor, “poesía espontánea que encuentra su lenguaje en las palabras sencillas y las emociones grandes”.



LA LLEGADA

La Habana estuvo grande a mis sueños.
Papá sonreía cual un mago en difíciles prodigios.
Era un tiempo a morir según vivieras.
La tarde dormitaba en los andenes y no sabíamos qué hacer,
a quién preguntar si a las ocho faltarían los tíos con historias de güijes
y el tren no dejara en las mañanas un olor a distancia entre palmares.
Mamá con su mirada de quien pierde el mundo.
Había que iniciar otra memoria y no aprendíamos.
Ya no fue más jugar con María Julia a romper el arcoiris en el río
y galopar la lluvia del portal donde abuelo meciera la soberbia.
Las maletas traían los adioses: las cazuelas de lamentado brillo,
el viejo radio roto, un juguete, las medias que abuela tejió con su silencio.
Si llevo amarguras serán de aquel diciembre.
Fue una llegada con temblor de partida.

ACERCA DE

Alguna vez el tiempo duele y es preciso mentir,
y ya del otro lado, tocar como uno quiera los recuerdos.
De maravillosa importancia son así una carta desde siempre,
una llamada, un gesto, un color cualquiera de la tarde,
un trago entre palabras amigas, una buena película,
en fin, todos los posibles sortilegios
que ayuden a ganar la orilla opuesta.

Andrés Reynaldo obtuvo en 1987 el Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami por su libro La canción de las esferas.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Allí estábamos todos


En un artículo publicado en la Revista Hispano Cubana, el también poeta Pío E. Serrano, al referirse a los rasgos característicos de la poesía de María Elena Cruz Varela (Colón, Matanzas, 1953), escribía:

"Si hasta la década del 70 la poesía se mueve desde la Historia al individuo, reduciendo al poeta a una posición ancilar, cuando no cómplice, ahora se provoca una inversión, la escritura avanza desde el individuo, el sujeto poético, a la Historia, con una mirada más cercana, inmediata y lúcida. La visión personal, al tiempo que afiladamente crítica, redescubre la intimidad y dota al poema de un espacio autónomo, lejano ya de la aquiescente voz coral."

Afuera está lloviendo fue publicado en 1987. A él pertenecen los siguientes textos:

Caleidoscopio
Allí estábamos todos:
el que cayó marcado por la tromba
el que arruinó su estampa por inepto
el que no abrió una brecha
y violó la ciudad en estado de sitio.
El que sufrió el pecado de la clarividencia
el que abonó con heces estrambóticas
el que no pudo dar más clavos al martirio
el que no llegó a tiempo a las demoliciones
el que llegó temprano
el que no vino
y le basta decir que no se le informó.

Allí estábamos todos:
los inocentes por desconocimiento
y los culpables por legal ignorancia
los cómplices más cultos
los que se alimentaban de prejuicios
los más elaborados
los más cíclicos
los cantores de tono rezagado
los ciegos a fuerza de no querer mirar
los sujetos acríticos
los críticos sujetos a sus dogmas
los denominadores con sus tábulas rasas
los fachadas invictas
los espaldas marcadas.

Allí estábamos todos
esperando medallas y sentencias.

Las memorias

Yo no le quedo bien a mi ventana
no le ajusto
porque perdí mi lucidez de acequia.
No quisiera estar triste
y sin embargo
pájaro medieval que adivinó el futuro
bailé violentamente sobre el filo del hacha.

Hasta cuándo será
hasta dónde será mi propia lejanía
mis traspiés, horóscopos viciados
mi angustia
cada vez más digestiva.

Si supieran
hermanos
qué perfil más borroso estoy lavando
como prenda legítima
y cuánto se me pierde en lontananza
cuánto y cuánto me observo desde lejos
y tan poco me gusto
y cuánto diera al fin por restaurarme
y restañar la cuenca de mis ojos con esmalte purísimo.
No es de malas memorias de lo que estamos hechos
es de memorias simples
pero mal compartidas.

Cruz Varela es autora, además, de los poemarios Hija de Eva, (Premio Nacional de Poesía, 1989), El ángel agotado (1992), y La voz de Adán y yo (2001).

miércoles, 9 de agosto de 2006

Testigo de nuestros días



Alejandro Fonseca (Holguín, 1954), mi viejo amigo Y GRAN POETA ha recibido un número considerable de reconocimientos por su sólida obra: una poesía ajena a modos y a modas, vertical, siempre ascenso. Libros suyos aparecieron en su ciudad natal y en La Habana, Cuba (Bajo un cielo tan amplio, 1986; Testigo de los días, 1988; Juegos preferidos, 1992; Anotaciones para un archivo, 1999), en Madrid, España (Advertencia a Francisco de Quevedo y otros poemas, 1998), y más recientemente en Miami, Estados Unidos, de donde me ha llegado el título que ilustra esta nota, y del cual extraigo, orgulloso, el siguiente breve pero intenso texto:

LO POCO QUE DEL MAR LLEGA

En la escenografía iconoclasta de mi casa
ignoro cualquier complaciente predicción:
transcribo y atesoro aquellos nombres
que todavía desandan por la gruta lamentable.
En la casa comienzo a estrenar los rincones
respiro lo poco que del mar llega
y contra los paredones de la noche
he ido aprendiendo a ejecutar mi sombra.

Este otro poema pertenece a Testigo de los días, "resultado de una rica experiencia poética donde el rumor oculto y lejano de la palabra ilumina lo que el poeta evoca: infancia, amor, familia, ciudad. Todo lo que fue o transcurre. Aguas que confluyen y se transparentan en el poema."

A TRAVÉS DE LA VENTANA

No es la prisa de los árboles
lo que veo a través de la ventana
Árboles y rostros
que se dibujan incontrastables en el cielo

Mi madre a los cuarenta años reía
los amigos y yo
con infatigable paso
anduvimos tras el intento difícil
de decirlo todo

En los libros tocamos
la superficie soberbia
de ciudades donde la guerra
había puesto sus nombres

Contra la noche
esgrimimos las mejores preguntas
Algunos de sus espejos
no fueron precisamente turbios
ni hicieron sospechosa nuestra imagen
Caminos desconocidos
se ofrecieron ante los ojos
en un tiempo en que no vencimos
largas extensiones
El jardín iba quedando atrás
envuelto por verjas enmohecidas
inmenso como para sentirse
fuera sólo por una noche
El jurado que premió Testigo de los días estuvo integrado por Guillermo Rodríguez Rivera, José Luis Moreno y Francisco Mir.

sábado, 5 de agosto de 2006

Escrito sobre el filo


“Escribo sobre la cresta de las palabras. Sobre el filo.”, dijo alguna vez Severo Sarduy (Camagüey, 1937 – Paris, 1993).

El último de los modernos, según algunos estudiosos, además de novelas como De donde son los cantantes, Cobra, y Maitreya, que le dieron merecido renombre internacional, es autor de poemas no menos celebrados como los incluídos en Big Bang y en Un testigo fugaz y disfrazado.
“...como otros desterrados, Sarduy siempre vio a Cuba más allá de Cuba, como una isla que se reproduce en las más distintas latitudes, y por eso no dudó alguna vez en ponerle nieve ni plantaciones de té. Voraz, plural e integradora, su experiencia del mundo fue, en este sentido, una prolongada ‘vivencia oblicua’ al lezámico modo y su obra, no sólo un discurso del bricolage estructuralista sino una sabrosa cocina del ‘ajiaco’, como diría don Fernando Ortiz.”, señaló Gustavo Guerrero, coordinador, junto a François Wahl de “Severo Sarduy, Obra Completa”.

RECUENTO

Ya no soy el de ayer, el tiempo pasa.
Mi verso se ha tornado transparente.
Por las tardes me vienen de repente
bruscos deseos de volver a casa.

La pasión que ensimisma y la que abrasa
se alejaron de mí; ahora es la mente
quien disfruta, nocturna indiferente,
con los cuerpos que el día me rechaza.

No deploro el amor, que me fue ajeno;
sino el deseo, que redime, invierte
y modifica todo lo que toca.

Escrituras, pasiones y veneno
faltaron a mi vida y a mi muerte.
Y el roce de unas manos, y una boca.

MORANDI
Una lámpara. Un vaso. Una botella.
sin más utilidad ni pertenencia
que estar ahí, que dar a la consciencia
un soporte casual. Mas no la huella

del hombre que la enciende o que los usa
para beber: todo ha sido blanqueado
o cubierto de cal y nada acusa
abandono, descuido ni cuidado.

Sólo la luz es familiar y escueta,
el relieve eficaz; la sombra neta
se alarga en el mantel. El día quedo
sigue el paso del tiempo con su vaga
irrealidad. La tarde ya se apaga.
Los objetos se abrazan: tienen miedo.

(De Severo Sarduy OBRA COMPLETA, ALLCA XX, Paris, Francia, 1999)

sábado, 29 de julio de 2006

Secreto y misericordia



Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, 1936), es poeta de palabra precisa, certera. Se han señalado ironía y humor en sus versos. Y sí que los hay. Pero si algo predomina en su copiosa obra no son precisamente los juegos de palabra. Su mayor preocupación es el hombre, los malabarismos de ese adorable circo que llamamos vida.

MISERICORDIA

El odio a todos nos castiga.

Misericordia,
pues, para todos los que odian
y para los que son odiados,
para alos padres furibundos
y sus pálidos hijos,
para el bilioso y quien lo sufre.
Misericordia
para el hombre convertido "en tierra,
en humo, en polvo, en sombra, en nada"
y para los que alguna vez hemos contado,
con dedos temblorosos,
siglos y siglos de barbarie.

SECRETO

No quiero ser de carne y hueso y lágrima.
No quiero ser este ruidoso cuerpo
que cruje y me detiene ante el dolor
plantándome en el pecho sus rígidas
pezuñas.

No quiero ser ceniza mojada
ni polvo soplado
ni piedra sin camino.

Quiero ser de algún barro que permita
tenerte, vida, de tal modo,
que nunca quede espacio entre tú y yo
para el hastío y la renuncia.

(De El carro de los mortales, Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1988)

lunes, 24 de julio de 2006

LA LENGUA DE ZOÉ

Zoé Valdés (La Habana, 1959) es requeteconocida por su narrativa, sus novelas básicamente. Obras en las que ha dicho las cosas en "cubano vulgar", que es el idioma de los más de nosotros. Algo que en lugar de alarmarnos debíamos tener como un motivo más de orgullo. Los que conocemos su poesía sabemos hace tiempo de los pocos pelos que esta mujer tiene en la lengua. De su lengua afilada. Del filo cortante de su verso.
El texto que transcribo pertenece a "Vagón para fumadores".

IRRADIACIÓN EN UNA ANTIGUA CASA

Llegaremos antes que ella,
seremos dos silbidos en el arcabuz de su sombra,
y nos perderemos en nuestros cuerpos.
Tu cabeza en mi sexo tu sexo en mi boca,
vibrando tímidamente
como un gorrión en la garganta de una nube.
Llegaremos antes que ella,
cuando yo apriete tu animal con mi carne más dulce,
y los duendes se masacren entre sí,
y los adolescentes fustiguen los espejos con su leche solitaria.
Llegaremos antes que la muerte sea una perfección de gritos,
unos gemidos ensayados detrás del telón.
Y tú serás el poseso el de la sangre gladiadora,
y yo seré la fragante la arena que fluirá en todo el espacio.
Llegaremos antes que la vida,
antes que la fuga y la carrera idílica de ser los primeros.
Otra vez con nuestras piernas flojas,
y las sábanas enredadas en el abismo.


(De Cinco puntos cardinales, CASA, La Habana, Cuba, 1989)

miércoles, 19 de julio de 2006

EL CORREO DE LA NOCHE


Frank Abel Dopico nació en Santa Clara, en 1964. Ha sido profesor de teatro. Dicho de otra manera, ha enseñado a usar máscaras. Él mismo, sin embargo, da la cara. Este poema, que traigo conmigo hace más de quince años, lo podría demostrar. Este limpio poema me "recuerda que donde crecen las alas antes hay precipios."

El correo de la noche

Mis piernas van tras el correo de la noche.
Un enemigo tiende su mano miserable, ayuda mi
carrera, luego me hace polvo con su mano
apagada.
Las casas huyen grises y una estrella abandona su
casa de la noche
y anda con sus bártulos a cuestas. Una estrella
vuelve
a su casa de la noche
y anda por el jardín, mediodormida.
El ciudadano que soy va tras su noticia. Apedreando
al que fui.
Quiero saber cómo está Mayra, qué le hablan sus
ojos al recuerdo.

El correo de la noche atraviesa edificios, irrumpe en
plazas moribundas.
Sus remos son caballos silvestres como los ojos de
Mayra.
Alguien cruza mordisqueando sus dedos. Alguien
(y una carta) entró a la oscuridad.
Pasan los novios, humeantes cuerpos, y el reloj se
clava sus agujas.
A dos cuadras de mí el anciano espera que esté
completo su rebaño.
Un hombre esconde el espejo donde se va a mirar
mañana.

Mis piernas siguen los ecos de la noche.
Soy un bufón, esquivo ese color dulce de la
primavera
porque dentro llevo los charcos de su lluvia y puedo
florecer,
y es indiscreto florecer, uno tan noble,
tan bueno que es uno así de solo,
con mi tierno diablo y mi dios tan solo y pobrecito.
Quiero poner la vida como trampa,
criar conmigo al rey que nunca seré, a los reyes
sonámbulos, los que con cielo y pan hacen el
amor sin manifiestos.
Busco una noticia, busco el puente que hicieron los
héroes para mí,
y siempre está más lejos, está en el mismo sitio de
los héroes,
debo hacer algo más que comerme estas naranjas,
debo inventar un flamboyán o algo amenazante,
el puente me espera, nos espera,
tantas flores mediocres aplastan los caballos
que el correo va lento, los caballos sangran pero yo
los aplaudo.
Los caballos resbalan, rehenes de la luna,
dejan su lamido triste en mi pupila.
El correo de la noche puede ser asaltado
pero va con cicatrices que recuerdan al sol.

En un lugar de mi vida hay un revólver.

(Tomado de El correo de la noche, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 1989)
 
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