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domingo, 3 de enero de 2010

Consumación de la poesía


La copiosa producción del poeta Ronel González Sánchez (San Pedro de Cacocum, 1971) ha sido ampliamente divulgada y premiada. Entre los libros publicados vale resaltar Desterrado de asombros (Letras Cubanas, 1997), Zona franca (Ediciones La Luz, 1998), La furiosa eternidad (2000), El Arca de no sé (Editorial Oriente, 2001), Consumación de la utopía (Ediciones Unión, 2005), Atormentado de sentido (Ediciones Sanlope, 2007)...

Consumación de la utopía, al que pertenecen los sonetos con que ilustro esa obra, comienza con esta elocuente y acaso inmejorable definición de su poética:

A Cintio y Fina

Yo quisiera escribir un soneto tranquilo
que no se pareciera a un texto de Petrarca.
Un soneto sin título donde no esté la marca
sensible de Casal o trágica de Esquilo.

Yo quisiera dejar un monumento al filo
de la posteridad que mi silencio abarca
y reparte mi nombre por la trivial comarca
de lo que no trasciende los moldes y el estilo.

Pero en mi soledad se interpone algún lunes
retórico y me afectan los lugares comunes,
la armonía, la métrica, la primera persona

del singular; en fin, me ahoga la teoría.
Escribir un soneto distinto me desvía
de la sinceridad, y el verso no perdona.

(Poética)

-

Estos otros poemas son una pequeña muestra de ese amplio mundo temático del que sabiamente se alimenta, se pertrecha el poeta, a todas luces listo para “vencer el desamparo” con el que el soneto, la décima, o cualquier forma poética —o no tanto— pueda presentarse.

El texto entre paréntesis indica la sección del libro al que pertenecen.

En mi ciudad

En mi ciudad hay un portón que cruje
con místico pudor y un niño ciego
queriendo abrir los ojos con un ruego
a cierto dios hostil que a veces ruge
para no responder. Detrás, al fondo,
muere en la soledad de claustrofobia
una visible música que agobia
hasta desesperar. En lo más hondo
un laberinto de acendrados muros
predice que vendrán males futuros
con túnicas y espadas de Teseo.
Y más al centro del daguerrotipo
Alguien quiso poner el arquetipo
de la bondad, pero yo no lo veo.

(Apuntes del viaje sin retorno)

-

Al pequeño

Pequeño: la aventura se termina
en el comienzo. No me toques. Vete.
El sueño que has perdido te somete
a la tribulación. Ya es tarde. Fina
como la nieve estoy en la colina
dejándome llevar por el grumete
que no eres tú ni la pobreza. Vete,
por favor. No soporto la neblina
de esta tarde ridícula que azota
mi mejilla sin luz como una gota
oscura. El hombre es una sombra huraña,
un aprendiz, un clown, un intruso
que se arriesga a mentir. Adiós, iluso
bufón, quédate solo en tu cabaña.

(En mi oscura cabaña)

-

Cuestión de enfoque

Los más débiles triunfan si la historia
es David quien la narra —pienso a veces
cuando escucho el relato de los peces
más grandes—, porque sólo de la “gloria”
de los vencidos, nace en la memoria
la vocación nefasta de los jueces
con sus fábulas llenas de dobleces
según gire la rueda de la noria.
Los más débiles son cuentos de Esopo
donde siempre el conflicto es como un tropo
de las nobles y humildes cualidades.
La realidad es otra, más depende
de quién la juzga y cómo se pretende
mostrar o no sus lógicas verdades.

(La agonía de Sísifo)

miércoles, 21 de octubre de 2009

Duendes que nos habitan


Carlos Jesús García (Holguín, 1950) es poeta y hombre de teatro. Su obra, en ambos géneros, ha sido reconocida más de una vez en varias instancias. Actualmente desempeña funciones relevantes en la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y la Fundación “Nicolás Guillén” en su provincia. Es, además, profesor.
Ha publicado media docena de libros, entre los que vale destacar Toto de los espíritus (Teatro, Premio David 1977), Ediciones Unión, Ciudad de la Habana, 1978; Los duendes que me habitan (Poesía, Premio de la Ciudad 1988), Ediciones Holguín, 1988; Jugando a sí mismo (Teatro, Premio de la Ciudad 1989) Ediciones Holguín, 1989; Sonata del Ángel (Poesía y Teatro) Ediciones Holguín, 2005.
Estos poemas pertenecen a Los duendes que me habitan.

POETA

Para Paco García Benítez

Cuando se desvanecía la tarde
Detrás de la montaña
Una nube le recordó el papalote
Blanco
Sereno


Después se hizo la oscuridad
Y el poeta
Tanteando entre luciérnagas
Pasado el ansia de luz
Sintió por primera vez
El tiempo a sus espaldas

Dice que esta calle gastada
A paso de caminante nocturno
Conoce los secretos del viajero
Sabe el lenguaje
Y la nostalgia del que se aleja

Dice que la desandaba
Sin apuro por la lluvia
con la esperanza de alcanzar el horizonte

Dice
Que nos temblaba la lengua
Que a pesar de las huellas
De la marcha larga
Todavía nuestra espalda
Era una combadura hacia la tierra

Pero él sabía
Que una mañana
Nos levantaríamos
Con el brillo
De los nuevos caminos

Cuenta que en su tiempo
Alguien dijo
Basta de peticiones
Que cada cual haga con su dedo
El más grande círculo
En torno a las estrellas

Mas no bastó el dedo
Ni la mano
Ni las dos
Y comenzó un gran círculo entre todos

Quizás una noche
Cuando el poeta se detuvo ante su puerta
No tuvo fuerzas para llamar
Quizás su puerta
Ya no era su puerta
Ni él estaba parado frente a ella
-
VERÓNICA


Para Nuria

Hubo un largo camino
Que te vio desaparecer
Pero ahora en el mismo lugar
Hay una inmensa avenida

Quizás en estos momentos
No estés mirando desde muy lejos
O es posible que viajes
En un largo tren

Quién sabe si vas en un barco
Rompiendo el horizonte
O acaso estás muy cerca
Esperando la oportunidad
Para taparnos los ojos
De repente

Verónica
La muerte
Es una lenta lira
Que toca a cada puerta
No obstante
Nos encontraremos
Bajo cualquier lejana luz de la ciudad

Qué pasaría si Verónica llegara ahora

Verónica viene
Con los labios cuarteados
Y las manos sucias

Verónica
Hoy perdí mi libro
Ya no sé nada de las cosas tristes
-

DESPEDIDA (fragmento)

Para la muchacha que zarpó hacia Odesa
2


Las aguas te cogerán
Entre rémoras
En su laberinto de estrellas y corales
Lejos habrán quedado los rompientes
La furia de las olas en la costa

Descenderás con la bajamar
y después la pleamar ascenderá tu cuerpo
Y recordarás el último beso
Cuando descubras el pañuelo
Que escapó de tu mano
Y un caballo de coral como de fuego
Guardianes del amor a través del océano

Sucederá entonces la claridad ante mis ojos
En el preciso instante
En que estarás envuelta en la penumbra
Seremos moradores de hemisferios lejanos
Y cuando tú amanezcas
Yo estaré anocheciendo
Luego se hará la vida en esta latitud
Y el barco en que navegas
Será fantasma solitario
En la inmensa negrura
-

ENTRE EL POLO Y LOS ASTROS
Entre el polvo y los astros
El soldado
Es el silencio
Atrás el monte
A un lado las palmas
Acá el mar
Que repite el profundo sonido de sus aguas
Y contra el litoral se deshace en espuma
Lejano rumor de antiguas latitudes

El soldado
Tensos los músculos
Registra el crujido de las hojas
El graznido de un ave
Que echa a volar súbitamente
Y deja un temblor de plumas en la noche
-

domingo, 5 de julio de 2009

Huellas de Ángel

El Premio Nacional de Literatura 1991, Ángel Augier Proenza (Santa Lucía, Holguín, 1910), publicó su primer libro de poesía, Uno, en 1932. En 1965 recibía Mención en el Premio Casa de las Américas por su poemario Isla en el tacto. Otros libros de este miembro fundador de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) son: Canciones para tu historia (1941), De la sangre en la letra (1977), Copa de sol (1978), Todo el mar en la ola (1989), Fabulario inconcluso (1999) y Decimario mío (1999).

Ediciones Holguín presentó en 2000, el cuaderno Las penúltimas huellas. Su editor, Michael H. Miranda, señala en la contraportada del mismo:

“La eternidad es de los otros, de las cosas comunes. Somos uno en el origen y en la esperanza. Profunda sensación es la vida, profundo también es el ejercicio de la poesía. son los signos vitales que nos legan estos versos, las esenciales marcas que a su paso va dejando la voz inextinguible del poeta en su cotidiano recorrido. Amigos ya ausentes, inmortales seres que compartieron sus días, árboles de raíces nuevas y objetos aparentemente obviables que habitan los bordes de la gran literatura, conforman para la posteridad lo que el propio autor ha llamado sus penúltimas huellas en la memoria de su tiempo.”

Estos textos pertenecen a ese libro.

Abandonada sombra

Abandonada sombra
donde crecen cortinas sin asedio
y una corza pendiente de su rumbo
recorre la distancia presintiéndolo,
mientras la soledad resuena en el silencio
como un caballo incierto
que lanza al aire sus cascos y sus crines
y ciego busca su consuelo, su noche.
Sufre el metal la herida
y desata la chispa
que el sol incluye en su promesa.
¡Ya no tiene espiral la enredadera
ni el mar sabor ni la gaviota nido!
Sólo queda el silencio
y el recuerdo que cierra su inútil cremallera
de espaldas al olvido.

-

Aturdido oleaje

Más allá de la niebla
meditan arrecifes que insisten en su origen
y cavernas en donde
la noche ha destilado sus más espesas sombras.
Quisiera detenerme un solo instante
en la luz que circula en una nube
que en viaje sin regreso navega hacia el olvido.
Camino por senderos que el silencio humedece
si la tarde es lluviosa
y confiesan su enojo los relámpagos
y en el aire se quiebran
los últimos latidos de una estrella.
Escucho cómo crujen
piedras sueltas que no encuentran espacio,
ni siquiera en la arena que inventaron las olas
en su aturdido empeño interminable
de esculpir en las rocas
la imagen de los límites.

-

Misterio de la tarde

Siento que un misterio flota
en cada tarde que vivo,
y que me tiene cautivo
sin saber de dónde brota.
La luz lentamente agota
y disuelve su textura
en una angustia que dura
la brevedad de un suspiro,
y cuando de pronto miro
ya todo es presencia oscura.

-

El rostro en el espejo

Me encuentro con mi rostro en el espejo,
ese otro yo que nunca soy yo mismo,
imagen que parece, en su mutismo,
no resignarse a ser fugaz reflejo.

De pronto siento que un inmenso abismo
existe entre mi yo y el rostro añejo
que extrañado me observa. Si me alejo
es de la falsa copia de mí mismo.

Lejos del falso yo, quedo confuso.
¿No será que esta brusca despedida
es de mí mismo, no de un rostro intruso,

y que es de miedo la cobarde huída
para ignorar la imagen, pobre iluso,
del yo mismo a esta altura de mi vida?
-

sábado, 17 de enero de 2009

Como casi nadie sabe

El poeta Carlos Barrunto (Holguín, 1952), alternó durante años la labor docente con el trabajo en la radio. Su obra, que ha merecido diversos reconocimientos, ha sido publicada también en revistas literarias no sólo de Cuba sino de España y de otros países de América Latina. Vive en los Estados Unidos desde 1992. Desde allá me ha hecho llegar su poemario Como casi nadie sabe (Editorial Silueta, 2007). Acerca del mismo, ha escrito el poeta Manuel García Verdecia:
“En lenguaje desnudo pero certero, con construcciones breves, directas, sin rebuscamientos ni oropeles, pero con la belleza del que llega a la médula de las cosas, nos da un puñado de versos que, de cierta manera reedifican aquellos que le conocía. No es casual que en su “Poética” rechace la pose, la pedante literaturización de la vida y prefiera esta en su desnudez y verdad, en su movimiento y criaturas más palpitantes. Poesía no es adornar ni bonitizar. Es ver con ojos limpios la médula más exacta y perdurable de la existencia. Aquí están muchos de los molinos de viento y obsesiones que nos hechizaron de jóvenes. [...] En sus textos es el eros galante el que predomina. El poeta una y otra vez enaltece al objeto de su devoción y goce. Poesía del fervor amoroso más que del acto en su cumplimiento sensual. Es el cuerpo de la amada el aleph donde se realiza todo sacramento y toda poesía, la más exacta certeza. [...]En fin, no hay poema que no someta al lector a un temblor, a una tensión, a una revelación de un destino golpeado pero sentido.”
De Como casi nadie sabe son estos hermosos, impecables poemas:

Bajo una luna altísima

Por las calles de mi país
anda mi camisa ardiendo.
Aún no encontré el modo de apagarla.
No sé como decirle
basta
cuando se pierde en los zaguanes de la noche,
bajo una luna altísima.
Talla M, ni más ni menos;
amable, romántica, liberal,
mi camisa
enemiga del safari y la guayabera moderna,
mi camisa
como una flor ciega atravesando el yerbazal.
Tú la has visto:
el cuello suelto y la espalda rota.
La misma camisa
sobre la cual bailaste Here, There, and Everywhere,
mientras soñabas que seríamos eternos.

Conmigo partió de casa una mañana,
muy sola,
y nunca pudo volver.

Parque San José

Los amantes pulsan sus dagas
y se hieren para siempre
sobre un banco que el destino devora.
Dos copas, puras
como los ojos de Dios,
se vierten en la antigua madera.
Una gota de sangre empaña la luz,
y el arpa que escuchas es tan sólo
un niño perdido entre sus brazos.

Amantes, desperdicios
que la ciudad lanza al viento eterno
como si nunca hubieran sido
carne, ruego y pasión.

Acaso ellos mismos aún no sepan
que hasta aquí volverán cierto día,
procurando un pañuelo de oro,
alguna esmeralda oculta en los laureles.


Foto de José Luis Tassende (26-07-53)

Yo he visto fotografías deslumbrantes.
Fotos de pájaros y de selvas soñadas,
de hombres que partieron como pájaros
y de fabulosas batallas;
pero nunca una fotografía como ésta.
Ella me sobrevive
y se burla de mí en cada una de las edades que padezco.
Por ejemplo, antes, cuando apenas
me levantaba una braza del suelo,
él era mi padre o tal vez el tío predilecto.
Ahora, cuando mis manos crecieron
y tengo ya unos cuantos saltos mortales,
prefiero que sea mi hermano,
el quimérico, audaz, incorregible hermano
que no tuve.
Mañana supongo que entonces podrá ser mi hijo.
Como quiera,
no hay dudas de que se trata de una foto importante.
Cuando la miro a veces
un viento muy suave desordena mis papeles
y entonces yo amanezco boca arriba,
feliz,
tendido sobre la tierra tibia.

Tienda de ilusiones

He levantado una tienda
para vender ilusiones.
Tengo mariposas, corales,
aromas de Bizancio,
increíbles insectos devorados por la dicha.

Del otro lado del mundo
tú miras los relojes,
abres un libro en la luz
y me recuerdas.

Yo vendo fantasías
y de algún modo soy feliz con mi suerte.
Ya nada me sujeta bajo los toldos lejanos.
Ya nada me juzga entre las hojas perdidas.

La obra reproducida en la portada es del pintor cubano Heriberto Mora.
Manuel García Verdecia – Como casi nadie sabe

miércoles, 24 de diciembre de 2008

De sueños y gritos


Maribel Feliú (Holguín, 1963) ha recibido varios reconocimientos nacionales tanto por su obra poética como por la narrativa. Y ha sido incluida en diversas antologías no sólo en Cuba sino también en el extranjero.

Suyos son estos dos poemas que un amigo común, Luis Yussef, me hizo llegar hace ya un buen tiempo y que he guardado como reliquia invalorable para actualizar Arco y Espuela por estos días.

Evocadora voz la de esta mujer; voz desde un silencio redibujado a gritos; gritos que ya nadie podrá retener: por la necesaria libertad que claman, porque crecen como aguas incontrolables palabra a palabra.

Y el destino del agua, se sabe, es desbordarse. Arrasar.

UNA TAZA DE SUEÑOS

Katherine Mansfield ofrece una taza de té,
la muchacha debe escoger entre las flores
del jardín Wellington
o la incertidumbre de cada día.
Será una muchacha escurridiza
con la misión de ahuyentar el polvo de otros veranos
cuando el terror invade su casa
y una mancha negrísima colme el rostro de su madre
El aire vigoroso teje las noches
de una ciudad que desata abanicos
y acaricia las entrañas
valientes de dos almas semejantes a la realidad.
La amante no optará por la partida
La belleza aterradora purificará la piel y oprimirá las aguas.

La muchacha escurridiza es llevada a Curzon Street…
Aquí Philip no podrá retener
esas manos que un siglo después
inundan el tiempo de otra muchacha.
Una mínima reverencia
y se amarán dos cuerpos inocentes
que en comunión perfecta han de beber
una taza de sueños.

VOCES DESDE EL SILENCIO

La navidad está hecha
para venderse
Reina María Rodríguez
Fin de año,
cabezas ruedan hasta mis pies
melancólicas infantiles
intentando alejar el mal de fondo.
En las calles el aceite de girasol vertido
y un tren descarrilándose en una misma dirección,
la carne teñida del color (individual)
y apremia el combate (colectivo)
después será el regreso a una persecución
ilimitada, imagen en dos tiempos.
En el rincón los santos castrados.
No basta arrodillarse largas horas y pedir. Gritar. Gritar. Gritar.
Fin de año, un aullido mudo comprime
a las voces que desde el silencio claman en su ilusión
de pobres diablos. Fin de año, un día cualquiera
que prefiero borrar de un zarpazo
poniéndole sabor a la olla colectiva,
la olla de restaurar las amarguras,
un mundo hecho de sangre congelada.
Fin de año, a través de cartas polvorientas
observo el viejo truco, enciendo un cigarrillo y abrazo
mi libertad pequeñita.


sábado, 22 de noviembre de 2008

El único hombre


Rafael Vilches Proenza (Vado del Yeso, Granma, 1965), poeta, narrador y promotor cultural, es autor de Ángeles desamparados (novela, 2001), Dura silueta, la luna (poesía, 2002), ambos publicados por Ediciones Bayamo, y del cuaderno El único hombre (Ediciones Orto, 2005), por el cual recibió el Premio Nacional de Poesía “Manuel Navarro Luna” de 2004.

El jurado que le otorgó la distinción, integrado por Pablo Guerra, Alejandro Ponce y Omar Parada, para justificar su elección, habló de oficio, madurez poética, fuerza confesional, alto valor estético en cada verso.

Dicho con sus propias palabras, El único hombre es libro “de un dolor personal”. Libro acuchillado, degollado por soledades, por silencios, por muertes... Por eso mismo, acaso, vital como pocos: del primer texto donde el poeta se desgarra hasta la deslealtad, a una última página donde le augura (al padre) cómo será el día que sepa que fue el único hombre a quien amó.

Estos textos pertenecen a ese libro.
Sin las manos de mi madre
No me mires
Me ciega la luz que te rodea cuando amas
Teresa Melo
No aprendí a tejer con las manos de mi madre
ni a beber con tus labios
aquellas noches de Santiago
donde abrimos el fuego a nuestros cuerpos
la noche se instaló con una luz distinta en tus ojos
no eras Estefanía ni Teresa forastera de mis sueños
escribiendo las calles de Santiago
con la voz en mi piel
rallando los faroles en mis manos
un grito por mi cuerpo
que adoraste hasta la madrugada
el vino fermentado en la sangre
sentados a la puerta de tu casa
con la adolescencia en pretérito
un brillo infausto brincando en el fuego
sin haber visto Puerto Montt ni París
Yo que estoy maldito
puse el veneno de mis días en tu danza
y comencé a tejer
la muerte sin las manos de mi madre.
Háblame
Prende a la noche cascabeles
que anuncien
la entrada triunfal
háblame de la encina y el olivo
el mar golpea mi costilla
en esta ciudad que se abstiene
y se desnuda de mí a su antojo
yo que soy un tipo triste
canto cuando una mujer se va
y lloro al regreso de la llovizna en los cristales
donde escribo tu rostro
ese olor a guayabas en la canasta
en que acostumbramos depositar nuestras lágrimas
háblame de la hora los pinos
los parques el tedio y la locura
de mis padres
la soledad la muerte que me acosa
siempre estoy huyendo de todos
de ella que fue el calor en mi costado
la casa la ciudad
mírala con un solo golpe de ojo
poémala
luz
háblame
estoy malversando este silencio
Después que él habla
Con las palabras que ama mi padre
puedo cavar un silencio
la soledad al margen de un discurso
con la cabeza rebotando en las paredes
a la par del corazón
Él fue calma muro
yo receptor de sombras no vi la luz
sí la espada haciendo círculos
Con las palabras de mi padre
puedo escribir silencio
no ver el parque no decir luna
ver los perros morder mi soledad despacio
Habla a contraluz
llora su mudez en un cuadrante
ahí mueren sus antepasados
ahora se degüellan en mi lengua
donde canta el silencio de mi padre.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Saga de Odiseo


Mi amigo, el poeta y narrador Manuel García Verdecia (Holguín, 1953), ha publicado, entre otros volúmenes, los poemarios Incertidumbre de la lluvia (1993), Hebras (2000), Meditación de Odiseo a su regreso (2001) y Saga de Odiseo (2006), que recoge una selección de los tres libros mencionados.

En la contraportada de este último libro, editado por el también poeta Roberto Manzano, se lee: “Atento a las vueltas e impulsos de las circunstancias que sujetan a los hombres, el poeta denuesta o encomia esos giros hondos, configuradores de lo que es una vida. La nostalgia, el gozo de los pequeños sucesos cotidianos, los zunchos con que nos apresa la parte negativa de esa cotidianeidad, generan estados de ánimo que encuentran expresión viva en el versículo, en la línea melódica, en la cadencia desembarazada.

Una singular estimativa del mundo, una pasión sabia que gobierna la mirada, caracterizan el contenido que aquí se despliega. Todo individuo atento a su discurrir más indiviso, encontrará aquí resonancias de su drama íntimo.
La poesía de Manuel García Verdecia posee una densidad simbólica y una madurez expresiva incuestionables. En la polifonía actual de la poesía cubana, su voz tiene sitio de honor e inconfundible timbre expresivo.”


Estos poemas son de Saga de Odiseo.

anotaciones de viaje

inmerso en el atlántico
soy el almirante de la mar océana
una nao de ilusiones mi santa maría
nada queda ya por descubrir
ni exóticas islas ni lindes del planeta
tampoco el paraíso en la tierra
entre piélagos de esperanza navego
no busco brillos para mi nombre
no ansío alcurnia para mis descendientes
ni la promesa de un cómodo puesto cenital
ni sonrisas ni palmadas de dioses en mi espalda
sólo sentirme un átomo más de la creación
a medio camino entre el océano inacabable
y el firmamento profundo de estrellas
una parte aire otra agua
ave y pez en esta maravillosa trama
no hace falta rodrigo de triana
nadie busca tierra alguna
navegar es la aventura.

(8/08/90
(de incertidumbre de la lluvia, 1993)

-

la piedra

la piedra un día y otro día
horada y gana su espacio
impone el peso de su virtud
sabe que no es aire ni agua sino piedra
y pulveriza la gota que se afana
quiebra las uñas con que embiste el viento
la piedra es un ojo que vela
nada la inquietan el camuflaje del tiempo
ni el remolino de hojas a su lado
voz con que se anuncia el muro
primera sílaba del camino
el trueno la lluvia le resbalan
el pisotón le da lustre
y el golpe del acero la hace luz
la piedra es más piedra en la fijeza.

09/11/97
(de hebras 2000)
-
gnóstico


era un niño boquiabierto
que le quitaba el celofán al mundo
dulce que saboreaba con esmero
yo no era yo sino adán en su jardín
a cada paso se anunciaba un misterio
el río que escapa raudo a saber dónde
el arpa inigualable del sinsonte
el acarreo de las hormigas
fundando góticas ciudades
los gemidos del mar y del viento
ocultos en el arca de un caracol
la ingeniería de las abejas con
las flores donde sueña el ansia de la tierra
el desafío del aura contra el aire
el arco iris y sus colores
que nunca logro remedar con mis lápices
las estrellas centavos de plata
relumbrando en la noche del aljibe
tanta vida bullendo bajo el tronco muerto.
luego en mi casa iniciaba otra aventura
andar y andar senderos blanquinegros
que llevan a lugares donde vuelan
alfombras los molinos se tornan gigantes
y ocurre siempre aquello que uno sueña
buscaba sin saber algo innombrable
que decían los adultos poseer
y yo no más era un niño
el tiempo empecinado no oye ruegos.
muchas veces las llamas del otoño
han desnudado el almendro del patio
siempre una verde bondad lo restaura
ahora la boca sólo abro
para beber comer y decir palabras
milímetro a milímetro medidas
los ojos todavía un gavilán hambriento
y aquello que buscaba aún no lo encuentro.

abril de 1977
de meditación de odiseo a su regreso, 2002)

domingo, 10 de agosto de 2008

Mundo nuestro

La obra del poeta y narrador GHABRIEL PÉREZ (Holguín, 1968) ha sido reconocida en varias ocasiones no sólo en su ciudad natal, sino nacional e internacionalmente. Con el libro Mis amistades peligrosas obtuvo el Premio Nacional de poesía Adelaida del Mármol, 2007, y una Mención en el Primer Concurso de Poesía de la revista digital La Zorra y el Cuervo.
De ese libro es el poema que transcribo a seguir.
Poesía próxima, vital. Donde la humanidad apabullante de la experiencia que relata no deja espacio para dudas: poesía auténtica. Y como tal, provocadora. Reflejo fiel de un tiempo arduo. Circunstancial, dirán. Y lo es. Gracias a Dios este hombre tiene mundo: él es su mundo.
Leerlo puede cambiar notablemente esas fronteras.

REMEMBRANZA DE OTRA BELLE EPOQUE



Cuando León tenía el pelo largo
y yo escribía versos amorosos y místicos
o era el contrabandista…
cabeza rapada, preocupación de los soldados
que iban desde Alameda al Tibolí

Santiago era una isla
y nosotros volvíamos
sin habernos marchado
viajábamos en trenes lujuriosos
por pueblos musicales
como Alto Cedro,
Cueto y Marcané

Amanecer. Dormir. Pactar sólo con duendes,
búsqueda sospechosa de Libertad De Arriba. Intrigantes
maneras de preguntar por la muchacha-Estefanía
que iluminaba nuestras conversaciones,
y nunca apareció en esa ciudad
por más que procuráramos en tertulias y peñas. Para hallarla —copa en mano—
100 años después, catando el vino del error a la holguinera

Mirna decía "El canto de la cigarra" y Reinaldo
poemas para la novia y el país
en patios donde Heredia tuvo sus primeros gritos

Ibarra y Desquirón
llegaban —hora inglesa—
hasta La Isabelica

Chago, en otras alturas
leía versos borgianos
a razón de otra muchacha
loca como los pájaros
Cuando allí ya no estaban
otros colegas locos de remate
adoradores de ese tiempo-ciudad
bohemia-convertida-en-otra-isla
salvándonos del éxodo más largo…
Porque un Muro cayó
lejos del mundo nuestro
(no a partes iguales se repartió la suerte
y nos vimos añorando los días
que no llegaron nunca)
y fuimos los pedazos herejes de la tierra
y los trenes cambiaron sus horarios
y perdimos las manzanas del Este
y no volví a decir las letanías
de un balcón franciscano
a quien cambió sus verjas coloniales
por rejas de prisión
y desde entonces faltan en la mesa
el jengibre, las tizanas de albahaca o san romans
y el abrazo que salva
de un temblor fulminante
en la escala de Richter
Cuando ya casi todos hemos muerto,
algunos de pena, otros de tiempo, otros de rabia,
la ciudad sigue siendo Altar inamissibilis
en la Basílica Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Piedra
elevada a la altura de los vientos,
ternura de unas cuerdas
rasgueadas al amparo del folclor

Santiago sigue siendo
indefectiblemente
una isla una roca
colocada por Dios en el centro del pecho.

sábado, 5 de abril de 2008

Por la emoción



Alfredo Zaldívar (Holguín, 1956) tiene una muy amplia y no menos reconocida obra como poeta y como editor. Su nombre está indisolublemente vinculado a Ediciones Vigía, editorial artesanal fundada por él mismo a inicios de los 80 en Matanzas, ciudad en la que vive desde muy joven.

Ha publicado, entre otros, los volúmenes de poesía La tristeza, el hombre y la esperanza (Ediciones de la ciudad, 1985), Concilio de las aguas, (Ediciones Matanzas, 1989), Con el cuidado del que pisa en falso (Ediciones Vigía, 1993) y Contra la emoción (Ediciones Holguín), libro con el que recibió el Premio Adelaida del Mármol en 2004.

Según da cuenta Norge Céspedez en su blog Literatura en Matanzas, el editor de este último volumen, el poeta holguinero Michael H. Miranda, ha destacado en el mismo "sus juegos verbales, sus variantes de estilo, sus voces en registros tan plurales como coros polifónicos, la nitidez de su palabra repensada, la definitivamente diáfana estructura de estos poemas".

Esto, y mucho más, estoy seguro, encontrarán los lectores en los tres poemas de Contra la emoción que reproduzco aquí.

CONTRA LA EMOCIÓN


He pecado, Señor.
Esta mañana recité una alabanza en los oídos de mi joven amante.
Llegué a rimar diez octosílabos
más de diez veces creo.
Lo hice con vehemencia.
El sonsonete de un antiguo italiano me llevó hasta un soneto.
Intenté disuadirlo
mas salían en versos blancos
tan líricos
que decidí parar.

Y heme aquí, Señor mío,
atormentado.
No fui capaz de contenerme
y escribí un encendido elogio del paisaje
me arrobé ante los últimos reductos de la tarde
y lo peor
lo hice ante una ventana.

Este acto, Señor,
se ha repetido varias veces.

En las noches percibo el olor de un jazmín
y he corrido hacia él
lo he descrito con fruición.
Yo, bajo las estrellas del jazmín
espero que amanezca,
canto feliz de haber nacido
y al goce de los albos atributos del día
he compuesto mis salmos.
Salmos, Señor, he dicho.

A veces me he hecho acompañar de amigos
en estas deleitosas correrías.
Les he señalado los encantos del río que fluye hacia la mar
y he visto en sus miradas aguas enternecidas.
Los he inducido a la consternación.
Yo, Señor, lo confieso.

He usado en mis poemas las palabras
sublime, ensoñación, nostalgia, isla,
añoranza, criatura, pez, blanquísima…
Señor, el verbo amar
ha aparecido en todas sus conjugaciones,
en todos sus sinónimos.
A la vuelta, en el bosque, encontré un cervatillo moribundo.
Y he llorado por él y por mí
y por todo.

He llorado, Señor,
Hoy he dispuesto mi arrepentimiento.
Debo autoflagelarme.

OTRA PARÁBOLA

No sabe si el instante en que sus manos
entraron en sus manos
sobre su pecho
fue verdad.
No sabe si el instante en que su boca
fue su boca
sucedió.
Sabe que perderá los ojos
cuando vuelva a entreabrirlos.
Sabe que cuando abra sus manos
no estarán en sus manos.
Pero no sabe si cambiará la historia
ni si tendrá palabras.

Las tormentas a veces
llegan sin anunciarse.
Las tormentas se anuncian
y quizás nunca lleguen.

Todo camino es una ingenuidad.
Todo pronóstico es sólo otra parábola.

UTOPÍAS

Idealicé la carpa que me dieron
la mano que acarició con vehemencia mi piel
la palabra cedida
y el roce prometido.

No tuve en cuenta la fragilidad
del ciervo moribundo
que duerme entre dos bestias
las escasas palomas que vuelan
cuando encienden sus luces.

No vi los laberintos que rodean la carpa
el miedo a consentir la pasión por el miedo.

Huía con tanta exactitud
que sólo mi obsesión por la deshora
pudo ignorar las fugas.

Las escasas palomas escapaban
del pecho de las bestias
el ciervo moribundo también logró escurrirse.
Mi carpa era tan ancha
que acogería el vuelo de esas pocas palomas
lo multiplicaría.

Mi pecho escudaría al ciervo moribundo
y curaría su herida.

Pero la carpa estaba consagrada al fuego
y mi pecho era nimio.

Soy el asilo de toda esa ceniza.

jueves, 31 de enero de 2008

Bien acompañado

Yannier Orestes Hechavarría Palao (Báguano, Holguín, 1981), a juzgar por Sombras del solo, es poeta de nacimiento. De este, su primer libro, publicado hace apenas dos años, escribió su editor, el también poeta Michael H. Miranda: "He aquí un joven poeta rasgando sus vestiduras, asiéndose a una frágil rama para escapar del vértigo. Distante de los colores urbanos que inundan rabiosamente la poesía cubana contemporánea, quizá se sepa dueño ya de un sitio en la senda ascensional hacia aquellos lezamianos cotos de mayor realeza. Celebremos su irrupción."
Yo lo he celebrado a mi manera. La prueba es la publicación de este texto, que más que último no debe ser sino el comienzo de un aplauso mayor.
EPÍLOGO
Los hombres de piel tostada cargan baldes de agua. Líquido traficado, obtenido por las impurezas de los mismos hombres. Ellos se alejan con sus cubos brillantes. El sol se proyecta sobre las láminas de aluminio. A lo lejos, aquellas luces parecían Dios.

Dios pudiera ser cualquier detalle trivial. Sombras vivientes derraman agua, manchas que se proyectan en el asfalto, manchas dignas de ser expuestas. Lágrimas secas, explanada infértil, gotas que se absorben con una facilidad alucinante.

Hombres que ríen, hombres fuertes, débiles, sudorosos. Llevan años esperando la lluvia. Cuando pequeño me comentaban los privilegios de la lluvia. Todavía espero esa bendición. Mientras tanto las manadas se alejan.

En sus hombros cargan el peso del agua. Unen sus manos y dan de tomar a sus niños. Qué acto tan humano ese dar de tomar en el hueco de la mano. Hacen un descanso. Refrescan del sol implacable, mojan sus camisetas, sus rostros, se echan agua en la cabeza, piensan que de esa manera florecerán los sueños.

Los negros se visten de blanco. Añoran aclararlo todo. Los jóvenes se alejan llevando pantalones y pullóveres negros. Bailan músicas fuertes. Se ponen collares, argollas, se tatúan. Conocen el camino, los vericuetos del sexo. Conocen los deleites de lo ilegal. Otros grupos miran a través de la pared de vidrio. Línea divisoria, reino de abundancia y olores agradables.

Qué triste es soñar, qué triste obtener algunos artículos. Veintiocho pesos golpeándote. Hombres que se alejan. Dejan sus manchas efímeras, gotas de agua penetrando, pies descalzos, risas, niños que lloran. Aguas encerradas en un cilindro metálico. Aguas profundas, aguas tristes, aguas, aguas, aguas... Siempre agua.

Las ilustraciones son del propio poeta.

martes, 15 de enero de 2008

Postales desde Holguín


Estos son datos fríos: Michael H. Miranda (Cueto, Holguín, 1974), poeta, periodista y editor, es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Oriente. Coordina en Cuba la revista literaria Bifronte. Tiene publicados los poemarios Viejas mentiras de otra clase (Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2001), Las invenciones del dolor (Colección Premio de Ediciones Holguín, Holguín, 2002) y en óleos de james ensor (Colección Calendario, Casa Editora Abril, La Habana, 2003).

Incluyo aquí tres poemas de un libro aún inédito, Posguerras. Pequeña pero convincente muestra de una obra de asombrosa vitalidad, más allá de convenciones formales, o con las suyas propias. Textos donde una sucesión avasalladora de imágenes narra, describe, define, punza y acaso sea capaz de matar desde las cuerdas cada vez más tensas de la emoción.
Exactamente eso, emoción. ¡Vaya palabra! Olvidada, necesaria, y gracias a este buen hombre, nada fría palabra.


america under attack
y esto que cae cuando uno mis manos es la ceniza de los expulsados la bilis de dios toda la ceniza humana en milenios de dulzura y terror

esto es el pánico y sus bestias que regresan

o la inmundicia hotelera descrita por leon uris aquel que vio a su madre atada por los pies a una cama de hospital

esto es la ceniza desbordada creciendo como ríos desflorados ladera abajo en las montañas de acero cristal anegando el ayer de media humanidad que celebra y canta sus victorias de oropel

esto es el avión copulando el gato macho que aprendió a volar el señor de negro llorando la carga de su propia estupidez el maniqueo feliz que sonríe las banderitas verdeazules en los hipódromos de la muerte


america under attack
decía mi pantalla que a su vez contenía las otras pantallas del devenir

bebíamos antes de oír un rasgueo familiar los riffs del hambre allá a la sombra como putas en desfile

esto es un día no más que un día para llorar los muertos

lloremos nuestros muertos que ahora mismo están cayendo están en el aire
están cayendo
están en el aire.

-

no hay nada en el mundo llamado hombre o mujer. hemos buscado hasta la desesperación algo más allá de nosotros mismos. nos queda el silencio. nos queda la soledad como una espada de cobre que se multiplica.

no hay nada a qué llamar invierno. está sonando el teléfono. estamos soñando los buenos augurios.

nada hay después del cuerpo y sus miserias. no es esto una mano. mano sin líneas de futuro es mano muerta. es cuerpo a trozos. incompleto.

¿cómo suena la voz de los muertos?

¿cómo suena mi voz?

arrasaron la ciudad. quemaron los bosques. vendieron sus playas. dormíamos. echamos a correr. semidesnudos. esperanzados.

no hay nada más allá del silencio. vastedad del día después. podemos oír el suave picotear del pájaro bajo la enredadera.

nadie nos devuelve la mirada desde las fotografías. nadie vendrá a cobrar su parte. a compartir nuestra suerte de serenos habitantes de las ruinas.

es que somos las ruinas. tenemos sitio en el triste espectáculo del horror.

-

desde dublín amaia rubio envía postales libros botellas de bourbon figuras en papel que desdibujan sangran pero aduanas no cede no entiende de cercos

llegan postales con mi nombre a rayas

todo cuanto escribo hunde
todo lo que niego estalla como conchas
como latas de azufre que voy reponiendo de otras ferias

cómo hago para no sentarme a escribir materias sino posar para estas fotos
confusión y estío
confusión y hastío
pero siempre confusión

las postales de dublín se llamará la novela de su vida pero mejor es vagar por surcos por jirones de piel por huellas de ociosos y semejantes a náufragos abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de relojerías

aquellos graffittis sobre el agua decían no y levedades
nada para trascender / nada para que trasciendas

cuán sabio el mar de irlanda la montaña rusa esos montes bajo funiculares pero la sed subiendo el traje a rayas cables como respiraderos tubos la canción de jobim caligrafía panero yo no lo esperaba

yo no esperaba el trago amargo de un reverso de postal

herida de españa yo me invento río de sombra marginados
pura música
aire impuro.

sábado, 20 de octubre de 2007

Balada del pájaro que llora

El poeta y narrador Luis Yuseff (Holguín, 1975) ha publicado El traidor a las palomas (2002), Vals de los cuerpos cortados (Premio de la Ciudad, 2003), ambos por Ediciones Holguín, Yo me llamaba Antonio Broccardo (Premio Alcorta; Ediciones Almargen, 2004), Esquema de la impura rosa (Premio América Bobia; Ediciones Vigía, 2004), Golpear las ventanas (Premio Pinos Nuevos; Editorial Letras Cubanas, 2004), Salón de última espera (Premio Calendario, 2005; Casa Editora Abril, 2007) y Oración para pedir la rosa de nadie (Editorial Cuadernos Papiro, 2007). Su obra, además, aparece en varias publicaciones periódicas y antologías cubanas y extranjeras.

La poeta Gleyvis Coro Montanet escribía recientemente: "Salón de última espera permite que el lector se reconozca a medida que el texto reconoce al lector dentro de sí mismo y le ofrece la tentadora oportunidad de perderse bajo la fabulosa constelación de un puñado de símbolos —la rosa, el Devorador, el miedo al miedo—, con poemas como estacas que no perdonan a nadie, y no le temen a la exactitud, ni a la inexactitud, ni al desparpajo, ni a la elegancia; poemas con la terrible belleza de El violín o con la mentida serenidad de Las voces que murmuran: “Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre las rocas…” Belleza pura y dura es el resumen de estas páginas. Y no hay que hablar más cuando no se engaña, cuando lo que resta es el silencio compañero de la lectura asombrada, y la gratitud hacia el poeta."

La también poeta Damaris Calderón se expresó en estos términos después de leer Salón de última espera: "Tu libro [...] No sólo es muy bueno, es bellísimo. Sobrecoge cómo escribiendo desde lo terrible, sobre cosas tan terribles, está escrito a un tiempo con una delicadeza suma; es como el tallo de esa rosa de todos (de nadie), arrasada y que siempre renace, desde cualquier lugar, hasta de los fríos salones de espera de un aeropuerto. Hay muchos poemas que me gustan, que me parecen espléndidos, pero lo que más me llama la atención es ese registro: desgarro y delicadeza a un tiempo. Las voces y Navidad feliz navidad, son piedras de toque, a mi juicio."

V (Fragmento de Las voces)

Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre la roca y en su esfuerzo por regresar a las aguas, cada salto es un nuevo muro que lo separa de la salvación.
También yo escucho voces que me dictan con paciencia un camino irrestañable.
Cada voz a mis espaldas es el espacio en blanco que voy dejando sobre el papel donde escribo.
Cada voz es una canción de invierno y de verano y de otoño, entonada a mis oídos con la esperanza de transformarme en una bestia que acepta la palabra sin rostro, mientras se aleja, inevitablemente, de los días sin nombre de la libertad.


Balada del pájaro que llora

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues

Alejandra Pizarnik

por esta vez el pájaro se ha vuelto jaula, se ha volado las sienes palpitantes y se ha ido donde el aire castiga su ser.
este pájaro llora, no sabe cómo hacer música con las alas convertidas en hierro de prisiones, no sabe, llora, sobre la tierra deja caer el miedo incandescente, envaina tormentas que baten contra el oleaje de su pecho, redobla minúsculas campanas mientras echa cerrojos a las puertas a la sangre a las ventanas múltiples y estáticas.
cada jaula es un pájaro que llora, soledad con alas, resonancia de metales y tristezas de jueves santos, diana de los fuegos de la sed y el fulgor.
señor, escucha, esta mujer es una jaula y la jaula es un pájaro y ese pájaro no sabe qué hacer con el miedo cuando una sombra pasea sus perros, y los perros comienzan a ladrarle al cielo a la tierra y el pájaro que llora se va se queda como quien se va alguna vez, afila los huesos con la lengua, trasmuta en hierro los gemidos, duro hierro de prisiones, máquina silenciosa de los puertos, hierro sobre el canto, en las alas del pájaro llorador, vestido con el resto de los fuegos del alba cuando se lleva la pólvora contra las sienes palpitantes con las manos trémulas, yéndose como si no se fuera alguna vez quedándose de espaldas a los cielos, caído sobre la tierra tibia con los peces de la sangre saltando en las costas violáceas, sin escucharme cuando grito alejandra alejandra.

sábado, 16 de junio de 2007

¿Finalmente nadie?

Foto: Guillermo Aldaya
Kiuder Yero Torres (Santiago de Cuba, 1977), es ingeniero mecánico. Su obra, en plena formación, ya ha sido reconocida y publicada (incluso internacionalmente) en más de una oportunidad. Holguinero de corazón (léase de dudas, de angustias, de reafirmaciones,...), no es exactamente Nadie. Según él, y esto tendremos que admitirlo, está ‘a salvo de la palabra no dicha’; las que dijo, no obstante, forman ‘una isla llena de horizontes’, un laberinto que ojalá sientan ustedes, como yo, deseos de recorrer. Algo que, en mi opinión, y por respeto a dioses desesperanzados y ángeles de carnaval, y otras piedras con que se tropieza irremediablemente en el trayecto, tiene que hacerse, como mínimo, descalzo.

FINALMENTE

Estoy a salvo
mirando como se hunden los recuerdos
el mástil exánime de la inocencia
en el silencio absurdamente silencio
hasta la mudez el pánico hasta la locura
excomulgando las cavilaciones
sin poder encender un cigarrillo
y sufrir estas hojas desiertas de asombros
donde la noche espera
para suicidarse en este borde del mundo.

Lleno de dudas y reafirmaciones
estoy a salvo de la palabra no dicha
donde la conciencia espera
donde todos y todo espera
a que finalmente abra mis alas
y salga de esta hoja de laberinto y muerte
en dirección al sol como un hilo de sangre
inalterable.

NADIE

sobrevive después de tantas horas
en la cubierta de la noche.

Nadie es perseguido por las culpas
por los viejos fantasmas
que vuelven con las estaciones. Quizás
debamos construir un puente
hasta la incoherencia
y olvidar las agonías del pasado
y olvidar las luces del pasado.
Ya nada importa en esta hosquedad
con más de una vida asomándose al encierro
a los acantilados de una isla llena de horizontes
a las penumbras de la tarde
a los símbolos de un dios sin esperanzas
a la conformidad trazando ciudades posibles
y las angustias mismas de un tango
de un ángel vestido de transeúnte
cuando Nadie cruza por estas calles
de hoy.


sábado, 28 de abril de 2007

Poeta en el restaurant

Francisco (Paco, Paquito) Mir (Banes, 1953 - Nueva Gerona, 1998), era uno de esos seres para quienes entre poesía y experiencia vital no hay límites palpables. El buen humor y el entusiasmo proverbial que lo caracterizaban quedaron bien plasmados en la poesía que pudo hacer y publicó: Proyecto de olvido y esperanza, 50 págs., 1981; Las hojas clínicas, 47 págs., 1985; Espacio habitable, 12 págs., 1990; Pianista en el restaurant, 120 págs., 1990.

De este último volumen, ha dicho su editor, Luis Marré:

Pianista en el restaurant, sin soslayar la delicadeza intimista de Las hojas clínicas, nos muestra una apertura hacia temas más impersonales pero tocados siempre de un peculiar —personalísimo— lirismo.”

Estos breves poemas pertenecen a dicho poemario.

OXÍGENO

Tengo el conflicto del pez
que grita una burbuja en su garganta.
No iré a tu boca
mi sitio es la nube que te esconde.

DIALÉCTICA

Me he acostumbrado al blanco
a las sábanas sin ti.
Conozco la miel que resbala
en los límites de la esperanza.
He visto a las hormigas regresar desesperadas
sin sus cargas preciosas
y a los gatos padecer la soledad de los techos.
Viví en el polvo
de allí vengo estropeado por tanto silencio
respiro a pesar de todo
y pronto estrenaré zapatos nuevos.

AVES

Imagínese todo el viento atestado de aves.
Imagínese que usted no cabe parado
ni dentro, ni fuera de la casa
y que un multitudinario aleteo lo aplasta y
aprisiona.
Imagínese que dando vueltas alrededor de la
tierra
no existe órbita, ni atmósfera sino aves
que no existen sonidos sino el chasquido de
picos contra picos.
Imagínese que se abra un hueco, intransitable
por el que sólo pasarán entre todos los hombres
aquellos que sean músculos capaces de la luz.
Imagínese que usted no quepa por ese hueco.

NUEVO TESTAMENTO

Ni un minuto a mi final
viviré porque voy en los árboles y el agua
las flores blancas.
Encontraré a Rimbaud en la profundidad de
una piedra pequeña
cerca del mar, en mi país.
Seguiré tomándole tragos a la botella donde se
hundieron tantas
ideas
y habrá quien me vea cruzar las tres de la
tarde.
Ni un minuto a mi final
que no me aplaudan
quedaré sobre los lirios nombrándolos a todos.

miércoles, 9 de agosto de 2006

Testigo de nuestros días



Alejandro Fonseca (Holguín, 1954), mi viejo amigo Y GRAN POETA ha recibido un número considerable de reconocimientos por su sólida obra: una poesía ajena a modos y a modas, vertical, siempre ascenso. Libros suyos aparecieron en su ciudad natal y en La Habana, Cuba (Bajo un cielo tan amplio, 1986; Testigo de los días, 1988; Juegos preferidos, 1992; Anotaciones para un archivo, 1999), en Madrid, España (Advertencia a Francisco de Quevedo y otros poemas, 1998), y más recientemente en Miami, Estados Unidos, de donde me ha llegado el título que ilustra esta nota, y del cual extraigo, orgulloso, el siguiente breve pero intenso texto:

LO POCO QUE DEL MAR LLEGA

En la escenografía iconoclasta de mi casa
ignoro cualquier complaciente predicción:
transcribo y atesoro aquellos nombres
que todavía desandan por la gruta lamentable.
En la casa comienzo a estrenar los rincones
respiro lo poco que del mar llega
y contra los paredones de la noche
he ido aprendiendo a ejecutar mi sombra.

Este otro poema pertenece a Testigo de los días, "resultado de una rica experiencia poética donde el rumor oculto y lejano de la palabra ilumina lo que el poeta evoca: infancia, amor, familia, ciudad. Todo lo que fue o transcurre. Aguas que confluyen y se transparentan en el poema."

A TRAVÉS DE LA VENTANA

No es la prisa de los árboles
lo que veo a través de la ventana
Árboles y rostros
que se dibujan incontrastables en el cielo

Mi madre a los cuarenta años reía
los amigos y yo
con infatigable paso
anduvimos tras el intento difícil
de decirlo todo

En los libros tocamos
la superficie soberbia
de ciudades donde la guerra
había puesto sus nombres

Contra la noche
esgrimimos las mejores preguntas
Algunos de sus espejos
no fueron precisamente turbios
ni hicieron sospechosa nuestra imagen
Caminos desconocidos
se ofrecieron ante los ojos
en un tiempo en que no vencimos
largas extensiones
El jardín iba quedando atrás
envuelto por verjas enmohecidas
inmenso como para sentirse
fuera sólo por una noche
El jurado que premió Testigo de los días estuvo integrado por Guillermo Rodríguez Rivera, José Luis Moreno y Francisco Mir.

sábado, 22 de julio de 2006

Poeta, simplemente

Luis Caissés (Holguín, 1951) ganó algún premio más que merecido con Una simple pared al otro lado. Carilda -Oliver Labra, por supuesto- presidenta del jurado que se lo adjudicó, escribió entonces: "La eficacia expresiva está precisamente ahí, en el vigor, la autencidad y la hondura con que nos conmueve su sabia inocencia."
El poema que transcribo puede servir de ilustración:

Precocidad

De niños,
los más inocentes que nosotros,
es decir,
los mayores,
inventaban la hora de los cuentos
para salvar de la tristeza o el olvido
el poco de esperanza que les quedaba todavía,
iniciándose así
en los mil y un misterios de la conformidad,
en el cruelísimo ritual de la mentira.

Algunos,
como era de temer,
sucumbieron al hechizo
y hoy puede vérseles cazando lagartijas
con la esperanza, leve, de que se tornen caballos;
mientras otros quedaron en el acto alevoso
de pedir tres deseos con los ojos cerrados.

Sólo
sobrevivimos
los que dándole de palos a la inocencia
la obligamos a huir miseria abajo,
con el rabo temblón entre las patas.

Sólo
los que pudimos conocer a tiempo
que Caperucita y la abuela
terminaron por comerse al lobo.


Esta es la edición de Una simple pared del otro lado que Eguzki Argitaldaria (Bilbao, España), realizó en 2005, con prólogo, epílogo y notas de Miguel Ángel Zorrilla Larrea.
Miguel Ángel Zorrilla Larrea - Premios de Poesía Infantil Charo González
Cada poema es un alumbramiento - Tres preguntas a Luis Caissés - Otros textos
 
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