domingo, 31 de agosto de 2008

Un ejercicio al aire libre

Nara Mansur Cao (La Habana, 1969) es poeta y dramaturga. Su primer poemario, Mañana es cuando estoy despierta, fue publicado en 2000 por la Editorial Letras Cubanas, la misma que en 2004 editó Un ejercicio al aire libre, donde la autora “...se desdobla ante el lector: por un lado, deviene personaje teatral y, por el otro, espectadora de sus actos (o tareas) cotidianos. No da explicaciones, se pregunta, se deshace, se recompone y dilata las situaciones dramáticas. Así, aun escudándose a ratos en la ironía y en la intertextualidad, no puede ocultar su deseo de pertenencia: a una casa, una ciudad, un país...”
De Un ejercicio al aire libre son estos dos poemas.

Tu leche de luna masculina

Mi boca se llena de óxido de no besar
las rodillas son como bisagras y suenan
por el agua muerta que bebo
por las reverencias de los corderos
que me denuncian al final de la fiesta.
Hay quienes cantan con la pureza de los infiernos.
Quiero estar a la altura de la pureza de los infiernos.
Quiero estar a la altura de la habitación que llevo
dentro de mí:
con vista a un jardín pequeño.
Tengo aliento de cuarto vacío
de cama marcada, hundida por un solo cuerpo
de soledad sonámbula soli loqueando
en un perchero de aluminio ninguneado.
Tengo olor a “confesión en el barrio chino”
a comadreja de oficina
a almuerzo de comedor obrero.
Quiero que vivas en mi casa
quiero una boda boba babeante
quiero ser la mujer sin rodillas, sin bisagras
la que nunca camina hacia atrás como el cangrejo
la que convierte las infidelidades en interruptores de luz
en aires acondicionados nocturnos.
Amo tus ojos porque reconozco el milagro
pero es más terrible el efecto de tus ojos vacíos
tus ojos muertos
tus ojos a través de los párpados cerrados.
Tanto cielo bajo tu párpado cerrado.

Del diario al dossier

Uno quiere tiempo y no sólo extractos de flores.
Uno quiere la soledad del paciente autobiografiado.
Uno quiere a una sola persona.
Uno quiere un camino, un destino
una, dos, tres, cuatro barbaridades juntas
separadas de la piel y de la mente.
Uno quiere decir basta.
Uno quiere concentración y tiene una dosis de veneno.
Uno imagina que todo pasará, que sólo es añoranza
divanes comunes.
Uno se tuerce un pie, se arranca una uña.
Uno deja pasar a los personajes célebres
en busca de una partícula de riesgo auténtico.
Uno quiere ser el mejor y el más completo.
Uno excusa los errores ajenos hasta con una incierta
dosis de placer.
Diariamente
sueña la muerte que más ama.
Uno quiere comprar algodón para la sangre futura
evitar el cansancio filial, las congestiones.
Uno imagina el tiempo, la belleza alejada aún.
Flores azules frente a mi puerta
silenciosamente limpias.
Uno quiere hacer un aparte
decir algo desde el deseo.
Uno quiere acumularse como sensación
solamente.

sábado, 23 de agosto de 2008

La sal de los espejos

René Hechavarría Lara nació en La Habana en 1971. La sal de los espejos, su primer libro, ganó el Premio Calendario y fue publicado en 1999 por Ediciones Abril.
El jurado que le otorgó la distinción, integrado por los poetas Reina María Rodríguez, Alberto Acosta-Pérez y César López, dejó constancia de su decisión en estos términos:
“La sal de los espejos: rostros marchitos por el olvido, heridas de amor, muecas de inconformidad y rebeldía; esa cara de nosotros mismos y el mundo que algunos prefieren callar es expresada por el poeta en versos que por su musicalidad nos recuerdan canciones; titulares de periódicos por el dominio de la síntesis y el tono informativo; o ingeniosos juegos de palabras por el retozo casi constante entre vocablos y conceptos.”
La ilustración de la portada es del también poeta Sigfredo Ariel.
Incluyo el poema que comienza el libro y el que lo cierra, en ese orden.
-
Venus metida en mi cama
sin brazos
alguien con un paraguas pronostica lluvias.
Alicia con su cabecita gacha
regresaba del agujero
bajo el brazo traía un montón de anuncios
país de maravillas.
Alguien con un periódico pronostica bajas
bolsa de valores
decididamente
la nuestra no era wall street
Tokio aquí no representaba nada.
Dibujo una ventana sobre la pared
la luz comienza a penetrar
lentamente
amanece en mi cuarto.
Venus sigue echada
sobre el blanco desorden de la cama
imagino un desayuno
lo terminamos sin palabras
mañana te acompaño a la galería
hablo sobre la marcha
Alicia me arrastra
alguien que come pronostica hambre
vigila de lejos
el agujero
bajo el brazo esconde un montón de anuncios
país de maravillas.
Abril, 1995

-

He ganado
recojo la sal de los espejos
antes temía
temía los empleos
temía las religiones
temía la noche y la inundación
negra
antes huía del atardecer
volcando al suelo
los caballos las reinas
zarpaba
barquitos de papel a la deriva
hacia cualquier amanecer
cualquier pedazo
pedazo de tierra pedazo de espacio
dejando atrás el diccionario
el infinito
cubriéndome de velas
de cabos
atando aquí allá
temiendo
el naufragio El Naufragio.
Hoy siento haber ganado
tirando la flecha
allí
donde nadie apunta
nadie el público
nadie los árbitros los comisarios
recojo la sal los cristales
en los espejos la huella
huella de todo cuanto temía
todo lo que temo
cuanto tenía
la huella la sal
al final he ganado
un miedo
una huella de sal
el espejo.
-

sábado, 16 de agosto de 2008

Aguas del desastre

Norberto Marrero Pírez (La Habana, 1966) terminó sus estudios de artes plásticas en San Alejandro en 1994. Un año después su primer libro de poesía, Los inmaculados pájaros del socorro, ganaba el Premio David. En el 2000 otra editorial habanera publicaba el poemario La dicha enferma.
Aguas del desastre, su tercer libro de poesía, apareció en 2004 (Editorial Letras Cubanas). Del mismo se señala, y con gran acierto, en la contraportada:
“Con una consecuente racionalidad al abordar hechos frecuentes o no, el autor nos comenta acerca de inquietudes existenciales, en ocasiones con un sabor amargo, donde la ironía siempre tendrá un lugar protagónico. El conocimiento, la acción, el desenlace de la palabra forman parte del convite, de los anatemas en los cuales participamos en esta lectura de reflexión y larga mirada. Su pulcritud en el lenguaje y la coherencia hacia la preocupación de determinados valores con rostros dispersos, o aparentemente enmascarados, hacen que su particular decir conforme una ética que trasciende la expresión común.”
De Aguas del desastre son estos dos textos:
VITRALES
He visto una piedra una isla, una casa
donde cada visitante deja orgulloso su cabeza.
Detrás de la ventana los ojos de un gato gravitan
los espejos reproducen la fatiga de un cínico.
Así miro como si desde mí la inercia del cuerpo
levantara una lápida.
Así duermo como si mi sombra otra sinuosidad
me comprendiese.
Puedo raspar el vino.
Puedo seguir acumulando espejos.
Puedo tenderme sobre la arena y absorber todo el sol
como acostumbran los brillosos.
Dos o tres palabras más y surge el vacío
el horizonte la cínica realidad.
PARADA
Pídele al viento una promesa. Todo el sol lo hemos vertido
inútilmente a los alcatraces. Pídele al viento un cofre
una fila de árboles condenados a beber en ti
lo que escondes entre las piernas.
No camino hacia ti porque creas que me hipnotizas con tus dedos
no te escucho más de lo que me permite tu lengua
bajo el bosque hay cientos de ojos millones de pulmones
y no por eso el gusano canta a la tierra
su más terrible verdad.
Abierto está el horizonte cerrado está el espacio
y lo que antes se esparcía sobre la tierra
la ceniza acumulada le impuso un destino
la primera muerte acaeció de noche
cuando todos cantaban a las estrellas
lo que diariamente sucede
y luego llevamos a la mesa.
-
La portada del libro ha sido ilustrada por el propio Marrero Pírez.

domingo, 10 de agosto de 2008

Mundo nuestro

La obra del poeta y narrador GHABRIEL PÉREZ (Holguín, 1968) ha sido reconocida en varias ocasiones no sólo en su ciudad natal, sino nacional e internacionalmente. Con el libro Mis amistades peligrosas obtuvo el Premio Nacional de poesía Adelaida del Mármol, 2007, y una Mención en el Primer Concurso de Poesía de la revista digital La Zorra y el Cuervo.
De ese libro es el poema que transcribo a seguir.
Poesía próxima, vital. Donde la humanidad apabullante de la experiencia que relata no deja espacio para dudas: poesía auténtica. Y como tal, provocadora. Reflejo fiel de un tiempo arduo. Circunstancial, dirán. Y lo es. Gracias a Dios este hombre tiene mundo: él es su mundo.
Leerlo puede cambiar notablemente esas fronteras.

REMEMBRANZA DE OTRA BELLE EPOQUE



Cuando León tenía el pelo largo
y yo escribía versos amorosos y místicos
o era el contrabandista…
cabeza rapada, preocupación de los soldados
que iban desde Alameda al Tibolí

Santiago era una isla
y nosotros volvíamos
sin habernos marchado
viajábamos en trenes lujuriosos
por pueblos musicales
como Alto Cedro,
Cueto y Marcané

Amanecer. Dormir. Pactar sólo con duendes,
búsqueda sospechosa de Libertad De Arriba. Intrigantes
maneras de preguntar por la muchacha-Estefanía
que iluminaba nuestras conversaciones,
y nunca apareció en esa ciudad
por más que procuráramos en tertulias y peñas. Para hallarla —copa en mano—
100 años después, catando el vino del error a la holguinera

Mirna decía "El canto de la cigarra" y Reinaldo
poemas para la novia y el país
en patios donde Heredia tuvo sus primeros gritos

Ibarra y Desquirón
llegaban —hora inglesa—
hasta La Isabelica

Chago, en otras alturas
leía versos borgianos
a razón de otra muchacha
loca como los pájaros
Cuando allí ya no estaban
otros colegas locos de remate
adoradores de ese tiempo-ciudad
bohemia-convertida-en-otra-isla
salvándonos del éxodo más largo…
Porque un Muro cayó
lejos del mundo nuestro
(no a partes iguales se repartió la suerte
y nos vimos añorando los días
que no llegaron nunca)
y fuimos los pedazos herejes de la tierra
y los trenes cambiaron sus horarios
y perdimos las manzanas del Este
y no volví a decir las letanías
de un balcón franciscano
a quien cambió sus verjas coloniales
por rejas de prisión
y desde entonces faltan en la mesa
el jengibre, las tizanas de albahaca o san romans
y el abrazo que salva
de un temblor fulminante
en la escala de Richter
Cuando ya casi todos hemos muerto,
algunos de pena, otros de tiempo, otros de rabia,
la ciudad sigue siendo Altar inamissibilis
en la Basílica Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Piedra
elevada a la altura de los vientos,
ternura de unas cuerdas
rasgueadas al amparo del folclor

Santiago sigue siendo
indefectiblemente
una isla una roca
colocada por Dios en el centro del pecho.

domingo, 29 de junio de 2008

Otras piedras talladas en silencio

Rigoberto Rodríguez Entenza (Sancti Spíritus, 1963), estudió teatro, periodismo, literatura. Su obra poética ha sido premiada en varias ocasiones e incluida en numerosas antologías. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Último día del naufragio y Otras piedras talladas en silencio, merecedor este último de una mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC.

La crítica se ha detenido en este cuaderno. De él, escribió Rogelio Riverón: “Un lector con algunos prejuicios —un crítico también lo es, qué duda cabe— observará la manera en que Rigoberto Rodríguez Entenza se aproxima a ciertas frases frívolas, pero advertirá con arduo alivio lo bien que su poesía sortea la frivolidad. En eso y en la duda que pulsa sus mejores poemas es posible palpar una forma, un estilo y una soltura. Sabemos que no va a rehuir el énfasis, pero a pocos pasos nos ofrece también una contradicción. Como es de esperar, prefiero la contradicción, y, también a intervalos, lo aplaudo.”

Raúl Flores Iriarte lo hizo en estos términos: “La palabra como muro de concreto, como dique de contención. Poemas sólidos como piedras. Piedras que podrían ser a su vez menudas como arenisca de río. Arenisca sólida y permeable. Intercambiable y moldeable. Palabras como castillos de arena, construidos a la orilla de una playa donde un niño juega solitario.”

Estas tres piedras que dejo aquí a consideración del lector sólo pueden haber sido talladas en silencio: tal es el alcance de su perfección, de su hermosura. Espero, no obstante, que hablen sin pudor.

CÍRCULO

A Manuel González de los Ríos

El prisionero, a través de una diminuta ventanilla enrejada
ha mirado la luna. O seamos precisos: el prisionero
a través de una diminuta ventanilla enrejada
ha mirado un diminuto lago y allí la imagen de la luna.
Como de un sueño, bajo una luz fina pero intensa
sus ojos entraron y salieron. Luego deshizo una postal.
Es falsa, le había dicho el otro inquilino de la celda.
Somos vigías del olvido, solo eso es cierto esta vez.
Al amanecer un guardia repite cierta parábola.
La escuché anoche, dice y explica el sueño.
Después salen a tomar sol y un hombre, trazando
una parábola cruza el aire azul. Si entramos en la historia
y creemos en su profundidad seríamos ese hombre.
La aventura consiste en detenerse y no mover ni un dedo
ni decir una pregunta. Estoy en un hueco del mundo
ante mí mismo. Tropiezo conmigo. Soy el caos
de mi boca y el silencio que le brota. Las puertas no se abren
ante mí ni yo me abro ante el ruido antiguo de la gota de agua.

POZOS

El pie dilecto se adscribe a la tierra.
Patina y suda su certeza.
Su ojo mitad pérdida, mitad sueño
insinúa la levitación.
No hay pasos ni palabras
sino juego y jadeo.
La luz reforma el borde rígido
y cada gota augura los pozos predichos.
A lo lejos se ve el color de un clavel en la boca de los lidiantes.
El que está solo avanza contra lo inextricable.
El escamoteo es su corona.
El clavel está mordido.
Su cero le niega la suerte de los posibles caminos.
Bajo el caos todos los reyes son blancos.
Si el hombre va hacia afuera se desdice.
No es la sílaba que roza la veracidad
y su mano.
El clavel es mi herida.
La mañana está abierta.
Desde allí puedo ver sus alas.
¿A quien dicen adiós?

DÍA DE FERIA

Me he sentado en medio del mundo
para escuchar el magnífico gong de los abismos.
Muevo mis horas y mi jardín de muñecos.
Escucho el hálito de una mujer.
Es hermosa como aquellos domingos
cuajados de secretos y sorbos de vino.
He guardado esas palabras en una metáfora imposible.
La hoja del árbol entra en mis manos
desde el instante más íntimo y salvaje.
Cada regreso entra en la luz
y juega con los fantasmas del futuro.
En mi cuerpo suena el aliento
del pan, de las frutas, del olvido
que el vino trae hasta la casa de los hombres.
Nos calma la voz apresurada diciendo
tus ojos son dos piedras de silencio.
Cuídate del pez que no se mueve en el agua.
Cuídate de las palabras inocentes.
El silencio vuelve a sus pozos
a sus abismos, a sus viajes
al día hermoso que podrá ser.
La soledad se abre en la espesa tarde
y el gong toca las orillas.
Puedes ver sus caras lisas
puedes ver los sueños ya sin puertas.
Pero no lo repitas nunca.
Intenta desconocer ese momento
y vuelve a la primera línea.

sábado, 5 de abril de 2008

Por la emoción



Alfredo Zaldívar (Holguín, 1956) tiene una muy amplia y no menos reconocida obra como poeta y como editor. Su nombre está indisolublemente vinculado a Ediciones Vigía, editorial artesanal fundada por él mismo a inicios de los 80 en Matanzas, ciudad en la que vive desde muy joven.

Ha publicado, entre otros, los volúmenes de poesía La tristeza, el hombre y la esperanza (Ediciones de la ciudad, 1985), Concilio de las aguas, (Ediciones Matanzas, 1989), Con el cuidado del que pisa en falso (Ediciones Vigía, 1993) y Contra la emoción (Ediciones Holguín), libro con el que recibió el Premio Adelaida del Mármol en 2004.

Según da cuenta Norge Céspedez en su blog Literatura en Matanzas, el editor de este último volumen, el poeta holguinero Michael H. Miranda, ha destacado en el mismo "sus juegos verbales, sus variantes de estilo, sus voces en registros tan plurales como coros polifónicos, la nitidez de su palabra repensada, la definitivamente diáfana estructura de estos poemas".

Esto, y mucho más, estoy seguro, encontrarán los lectores en los tres poemas de Contra la emoción que reproduzco aquí.

CONTRA LA EMOCIÓN


He pecado, Señor.
Esta mañana recité una alabanza en los oídos de mi joven amante.
Llegué a rimar diez octosílabos
más de diez veces creo.
Lo hice con vehemencia.
El sonsonete de un antiguo italiano me llevó hasta un soneto.
Intenté disuadirlo
mas salían en versos blancos
tan líricos
que decidí parar.

Y heme aquí, Señor mío,
atormentado.
No fui capaz de contenerme
y escribí un encendido elogio del paisaje
me arrobé ante los últimos reductos de la tarde
y lo peor
lo hice ante una ventana.

Este acto, Señor,
se ha repetido varias veces.

En las noches percibo el olor de un jazmín
y he corrido hacia él
lo he descrito con fruición.
Yo, bajo las estrellas del jazmín
espero que amanezca,
canto feliz de haber nacido
y al goce de los albos atributos del día
he compuesto mis salmos.
Salmos, Señor, he dicho.

A veces me he hecho acompañar de amigos
en estas deleitosas correrías.
Les he señalado los encantos del río que fluye hacia la mar
y he visto en sus miradas aguas enternecidas.
Los he inducido a la consternación.
Yo, Señor, lo confieso.

He usado en mis poemas las palabras
sublime, ensoñación, nostalgia, isla,
añoranza, criatura, pez, blanquísima…
Señor, el verbo amar
ha aparecido en todas sus conjugaciones,
en todos sus sinónimos.
A la vuelta, en el bosque, encontré un cervatillo moribundo.
Y he llorado por él y por mí
y por todo.

He llorado, Señor,
Hoy he dispuesto mi arrepentimiento.
Debo autoflagelarme.

OTRA PARÁBOLA

No sabe si el instante en que sus manos
entraron en sus manos
sobre su pecho
fue verdad.
No sabe si el instante en que su boca
fue su boca
sucedió.
Sabe que perderá los ojos
cuando vuelva a entreabrirlos.
Sabe que cuando abra sus manos
no estarán en sus manos.
Pero no sabe si cambiará la historia
ni si tendrá palabras.

Las tormentas a veces
llegan sin anunciarse.
Las tormentas se anuncian
y quizás nunca lleguen.

Todo camino es una ingenuidad.
Todo pronóstico es sólo otra parábola.

UTOPÍAS

Idealicé la carpa que me dieron
la mano que acarició con vehemencia mi piel
la palabra cedida
y el roce prometido.

No tuve en cuenta la fragilidad
del ciervo moribundo
que duerme entre dos bestias
las escasas palomas que vuelan
cuando encienden sus luces.

No vi los laberintos que rodean la carpa
el miedo a consentir la pasión por el miedo.

Huía con tanta exactitud
que sólo mi obsesión por la deshora
pudo ignorar las fugas.

Las escasas palomas escapaban
del pecho de las bestias
el ciervo moribundo también logró escurrirse.
Mi carpa era tan ancha
que acogería el vuelo de esas pocas palomas
lo multiplicaría.

Mi pecho escudaría al ciervo moribundo
y curaría su herida.

Pero la carpa estaba consagrada al fuego
y mi pecho era nimio.

Soy el asilo de toda esa ceniza.

jueves, 31 de enero de 2008

Bien acompañado

Yannier Orestes Hechavarría Palao (Báguano, Holguín, 1981), a juzgar por Sombras del solo, es poeta de nacimiento. De este, su primer libro, publicado hace apenas dos años, escribió su editor, el también poeta Michael H. Miranda: "He aquí un joven poeta rasgando sus vestiduras, asiéndose a una frágil rama para escapar del vértigo. Distante de los colores urbanos que inundan rabiosamente la poesía cubana contemporánea, quizá se sepa dueño ya de un sitio en la senda ascensional hacia aquellos lezamianos cotos de mayor realeza. Celebremos su irrupción."
Yo lo he celebrado a mi manera. La prueba es la publicación de este texto, que más que último no debe ser sino el comienzo de un aplauso mayor.
EPÍLOGO
Los hombres de piel tostada cargan baldes de agua. Líquido traficado, obtenido por las impurezas de los mismos hombres. Ellos se alejan con sus cubos brillantes. El sol se proyecta sobre las láminas de aluminio. A lo lejos, aquellas luces parecían Dios.

Dios pudiera ser cualquier detalle trivial. Sombras vivientes derraman agua, manchas que se proyectan en el asfalto, manchas dignas de ser expuestas. Lágrimas secas, explanada infértil, gotas que se absorben con una facilidad alucinante.

Hombres que ríen, hombres fuertes, débiles, sudorosos. Llevan años esperando la lluvia. Cuando pequeño me comentaban los privilegios de la lluvia. Todavía espero esa bendición. Mientras tanto las manadas se alejan.

En sus hombros cargan el peso del agua. Unen sus manos y dan de tomar a sus niños. Qué acto tan humano ese dar de tomar en el hueco de la mano. Hacen un descanso. Refrescan del sol implacable, mojan sus camisetas, sus rostros, se echan agua en la cabeza, piensan que de esa manera florecerán los sueños.

Los negros se visten de blanco. Añoran aclararlo todo. Los jóvenes se alejan llevando pantalones y pullóveres negros. Bailan músicas fuertes. Se ponen collares, argollas, se tatúan. Conocen el camino, los vericuetos del sexo. Conocen los deleites de lo ilegal. Otros grupos miran a través de la pared de vidrio. Línea divisoria, reino de abundancia y olores agradables.

Qué triste es soñar, qué triste obtener algunos artículos. Veintiocho pesos golpeándote. Hombres que se alejan. Dejan sus manchas efímeras, gotas de agua penetrando, pies descalzos, risas, niños que lloran. Aguas encerradas en un cilindro metálico. Aguas profundas, aguas tristes, aguas, aguas, aguas... Siempre agua.

Las ilustraciones son del propio poeta.

martes, 15 de enero de 2008

Postales desde Holguín


Estos son datos fríos: Michael H. Miranda (Cueto, Holguín, 1974), poeta, periodista y editor, es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Oriente. Coordina en Cuba la revista literaria Bifronte. Tiene publicados los poemarios Viejas mentiras de otra clase (Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2001), Las invenciones del dolor (Colección Premio de Ediciones Holguín, Holguín, 2002) y en óleos de james ensor (Colección Calendario, Casa Editora Abril, La Habana, 2003).

Incluyo aquí tres poemas de un libro aún inédito, Posguerras. Pequeña pero convincente muestra de una obra de asombrosa vitalidad, más allá de convenciones formales, o con las suyas propias. Textos donde una sucesión avasalladora de imágenes narra, describe, define, punza y acaso sea capaz de matar desde las cuerdas cada vez más tensas de la emoción.
Exactamente eso, emoción. ¡Vaya palabra! Olvidada, necesaria, y gracias a este buen hombre, nada fría palabra.


america under attack
y esto que cae cuando uno mis manos es la ceniza de los expulsados la bilis de dios toda la ceniza humana en milenios de dulzura y terror

esto es el pánico y sus bestias que regresan

o la inmundicia hotelera descrita por leon uris aquel que vio a su madre atada por los pies a una cama de hospital

esto es la ceniza desbordada creciendo como ríos desflorados ladera abajo en las montañas de acero cristal anegando el ayer de media humanidad que celebra y canta sus victorias de oropel

esto es el avión copulando el gato macho que aprendió a volar el señor de negro llorando la carga de su propia estupidez el maniqueo feliz que sonríe las banderitas verdeazules en los hipódromos de la muerte


america under attack
decía mi pantalla que a su vez contenía las otras pantallas del devenir

bebíamos antes de oír un rasgueo familiar los riffs del hambre allá a la sombra como putas en desfile

esto es un día no más que un día para llorar los muertos

lloremos nuestros muertos que ahora mismo están cayendo están en el aire
están cayendo
están en el aire.

-

no hay nada en el mundo llamado hombre o mujer. hemos buscado hasta la desesperación algo más allá de nosotros mismos. nos queda el silencio. nos queda la soledad como una espada de cobre que se multiplica.

no hay nada a qué llamar invierno. está sonando el teléfono. estamos soñando los buenos augurios.

nada hay después del cuerpo y sus miserias. no es esto una mano. mano sin líneas de futuro es mano muerta. es cuerpo a trozos. incompleto.

¿cómo suena la voz de los muertos?

¿cómo suena mi voz?

arrasaron la ciudad. quemaron los bosques. vendieron sus playas. dormíamos. echamos a correr. semidesnudos. esperanzados.

no hay nada más allá del silencio. vastedad del día después. podemos oír el suave picotear del pájaro bajo la enredadera.

nadie nos devuelve la mirada desde las fotografías. nadie vendrá a cobrar su parte. a compartir nuestra suerte de serenos habitantes de las ruinas.

es que somos las ruinas. tenemos sitio en el triste espectáculo del horror.

-

desde dublín amaia rubio envía postales libros botellas de bourbon figuras en papel que desdibujan sangran pero aduanas no cede no entiende de cercos

llegan postales con mi nombre a rayas

todo cuanto escribo hunde
todo lo que niego estalla como conchas
como latas de azufre que voy reponiendo de otras ferias

cómo hago para no sentarme a escribir materias sino posar para estas fotos
confusión y estío
confusión y hastío
pero siempre confusión

las postales de dublín se llamará la novela de su vida pero mejor es vagar por surcos por jirones de piel por huellas de ociosos y semejantes a náufragos abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de relojerías

aquellos graffittis sobre el agua decían no y levedades
nada para trascender / nada para que trasciendas

cuán sabio el mar de irlanda la montaña rusa esos montes bajo funiculares pero la sed subiendo el traje a rayas cables como respiraderos tubos la canción de jobim caligrafía panero yo no lo esperaba

yo no esperaba el trago amargo de un reverso de postal

herida de españa yo me invento río de sombra marginados
pura música
aire impuro.

viernes, 11 de enero de 2008

Poesía fiel


Jorge Labañino Legrá (Baracoa, Guantánamo, 1970), cuya obra ha merecido ya reconocimientos nacionales, ha publicado dos poemarios: Oración del que traicionan (2003) y Rumor de Higuera (2005). Desde Baire, donde reside y es miembro activo, junto a Eduard Encina, entre otros, del Grupo Literario "Café Bonaparte", me han llegado estos textos. Poesía pura, altamente gráfica; fiel a ella misma: puesto el hilo del discurso en su lugar, el segundo, la palabra y sus insospechados laberintos irrumpe. Más de una vez herida, es verdad, pero aún así protagonista. Como el hombre fiel que la ha engendrado, esta es poesía capaz de cualquier cosa.
RODEADO IN SITU

Creo en la muerte
su puerta extensísima.
Rodeado como estoy
donde duele eso que bordea
discurro en la amenaza.
Que nadie desconozca el labio con que resisto
a fin de esquivar las palabras
escapar de las apariencias hacia el peso propio.
Se abre la puerta
voces hacen un cuenco bajo mis pies.
Rodeado como estoy
el cuerpo es un arco
y algo he de tirar
que no sea la sustancia en que soy.
CATEQUISMO

Ya sé escapar con las yerbas
sé enmudecer el ajenjo.
Uno dice caer y redunda
en algo definitivo y altruista
se redime en amuletos
en cartas de corsos.
Sé blandir el matorral
la luminosidad de los desertores.
Experimentado en indultos celestes
invoco lo no perceptible
–cordón al cuello relativar-.
Voy tras nuevas cartas
nuevas paredes escritas.
Uno dice y no entiende la propia extensión.
REVERENCIA

Sueno fiel como un busto
condenado a preceder las formas
contornos persuasivos redundan por doquier.
Sueno insular
distante en el miedo y el vacío que no se nombra.
Cada silencio me deshabita hacia la ruptura o el signo
asciende sobre la paz de los términos inmanentes
cae al agua a su maldición.
Puedo pensar los estados
los cursos que se exponen y que se prestan a definir.
Pero me niego suspicaz
uno mi brazo al tumulto
me mantengo así
inmóvil
como un busto condenado a preceder las formas.
historia vs. HISTORIA

Sigilosa mi mujer recoge los paños telas turbias que también ondean y que también.
Bello ese cable estirado que tiembla como una criatura que despojan o se hunde con el peso de los paños ya lavados ya secos
y sin embargo turbios
porque han sobrepasado su tiempo y su función y mi mujer mira a las nubes en su rabia las presiente capaces de cualquier cosa.

sábado, 20 de octubre de 2007

Balada del pájaro que llora

El poeta y narrador Luis Yuseff (Holguín, 1975) ha publicado El traidor a las palomas (2002), Vals de los cuerpos cortados (Premio de la Ciudad, 2003), ambos por Ediciones Holguín, Yo me llamaba Antonio Broccardo (Premio Alcorta; Ediciones Almargen, 2004), Esquema de la impura rosa (Premio América Bobia; Ediciones Vigía, 2004), Golpear las ventanas (Premio Pinos Nuevos; Editorial Letras Cubanas, 2004), Salón de última espera (Premio Calendario, 2005; Casa Editora Abril, 2007) y Oración para pedir la rosa de nadie (Editorial Cuadernos Papiro, 2007). Su obra, además, aparece en varias publicaciones periódicas y antologías cubanas y extranjeras.

La poeta Gleyvis Coro Montanet escribía recientemente: "Salón de última espera permite que el lector se reconozca a medida que el texto reconoce al lector dentro de sí mismo y le ofrece la tentadora oportunidad de perderse bajo la fabulosa constelación de un puñado de símbolos —la rosa, el Devorador, el miedo al miedo—, con poemas como estacas que no perdonan a nadie, y no le temen a la exactitud, ni a la inexactitud, ni al desparpajo, ni a la elegancia; poemas con la terrible belleza de El violín o con la mentida serenidad de Las voces que murmuran: “Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre las rocas…” Belleza pura y dura es el resumen de estas páginas. Y no hay que hablar más cuando no se engaña, cuando lo que resta es el silencio compañero de la lectura asombrada, y la gratitud hacia el poeta."

La también poeta Damaris Calderón se expresó en estos términos después de leer Salón de última espera: "Tu libro [...] No sólo es muy bueno, es bellísimo. Sobrecoge cómo escribiendo desde lo terrible, sobre cosas tan terribles, está escrito a un tiempo con una delicadeza suma; es como el tallo de esa rosa de todos (de nadie), arrasada y que siempre renace, desde cualquier lugar, hasta de los fríos salones de espera de un aeropuerto. Hay muchos poemas que me gustan, que me parecen espléndidos, pero lo que más me llama la atención es ese registro: desgarro y delicadeza a un tiempo. Las voces y Navidad feliz navidad, son piedras de toque, a mi juicio."

V (Fragmento de Las voces)

Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre la roca y en su esfuerzo por regresar a las aguas, cada salto es un nuevo muro que lo separa de la salvación.
También yo escucho voces que me dictan con paciencia un camino irrestañable.
Cada voz a mis espaldas es el espacio en blanco que voy dejando sobre el papel donde escribo.
Cada voz es una canción de invierno y de verano y de otoño, entonada a mis oídos con la esperanza de transformarme en una bestia que acepta la palabra sin rostro, mientras se aleja, inevitablemente, de los días sin nombre de la libertad.


Balada del pájaro que llora

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues

Alejandra Pizarnik

por esta vez el pájaro se ha vuelto jaula, se ha volado las sienes palpitantes y se ha ido donde el aire castiga su ser.
este pájaro llora, no sabe cómo hacer música con las alas convertidas en hierro de prisiones, no sabe, llora, sobre la tierra deja caer el miedo incandescente, envaina tormentas que baten contra el oleaje de su pecho, redobla minúsculas campanas mientras echa cerrojos a las puertas a la sangre a las ventanas múltiples y estáticas.
cada jaula es un pájaro que llora, soledad con alas, resonancia de metales y tristezas de jueves santos, diana de los fuegos de la sed y el fulgor.
señor, escucha, esta mujer es una jaula y la jaula es un pájaro y ese pájaro no sabe qué hacer con el miedo cuando una sombra pasea sus perros, y los perros comienzan a ladrarle al cielo a la tierra y el pájaro que llora se va se queda como quien se va alguna vez, afila los huesos con la lengua, trasmuta en hierro los gemidos, duro hierro de prisiones, máquina silenciosa de los puertos, hierro sobre el canto, en las alas del pájaro llorador, vestido con el resto de los fuegos del alba cuando se lleva la pólvora contra las sienes palpitantes con las manos trémulas, yéndose como si no se fuera alguna vez quedándose de espaldas a los cielos, caído sobre la tierra tibia con los peces de la sangre saltando en las costas violáceas, sin escucharme cuando grito alejandra alejandra.

sábado, 18 de agosto de 2007

¿Complacer o molestar?


Eduard Encina (Baire, 1973), cree que "lo importante no es lo que acontece fuera, sino lo que está dentro del hombre, el peso de las cosas buscando un lugar que las signifique." (1) Y cree, además, "en la inspiración, en la emoción de la escritura [...] en la conciencia de las formas y las estructuras." (2). Esos preceptos, la certeza de que "es difícil escribir desde los márgenes, donde no hay un entorno cultural propicio a grandes motivaciones" (1), y quién sabe cuántas heridas y esperanzas lo han llevado a una obra si no virgen, como él mismo reconoce, sin dudas lejos, muy lejos de la prostitución: una poesía tan "hermosa y terrible" como el tiempo que el poeta dice haber vivido, una poesía libre de "farándulas y contaminaciones".

Cuando leí los primeros textos de Encina, hace ahorita un año, le pregunté al poeta santiaguero Reynaldo García Blanco sobre el autor y me respondió así: "Es un ‘tronco de poeta’ que vive en Baire, donde tiene un grupo de poetas de armas tomar."

De ese grupo de poetas daré noticias en futuras ediciones. Por lo pronto, lean a Encina. Estoy casi seguro de que saldrán complacidos. Si les molesta, no será precisamente una ofensa para él. Pero léanlo. Digo, si están dispuestos a ir de sobresalto en sobresalto.


FREUDIANA

En la cama los demonios se enternecen y cada silueta se torna un gato dulce obsceno.

Mentira. Escribo porque me falto. Así la abulia no morderá mis piernas
lo mismo que mis palabras.

En la cama los demonios parecen bijiritas que aletean su olor en mi carne
pero son demonios pobrecitos seres de morir y matar.



VESPERAL

Suena la cerveza. La gente se amontona en su dolor y ríe. La casa es mentira si los perros pierden el olfato y ladran desahuciados hacia otra profundidad. Es la música que empuja. No entienden pero bailan. Corazón y almácigo para olvidar el silencio que no se desprende cuando uno mismo es el silencio. Suena. Desborda. La cerveza ayuda. Dios aparta su sangre para otra nube. La gente se amontona en su dolor y ríe.


6 PM
(de profundis)

Uno se detiene en el silencio rastrea hacia lo acumulable y el silencio tiene el cuello de cisne/ una palma tendida en la mano. De ahí que las palabras se nublen y el poema comience también a ser silencio o pérdida/ espacio habitable donde he visto la piedras por tirar/ la angustia todavía insospechada que el poema sabe desde su profundidad. Uno se detiene pero el silencio se extiende/ ciega/ contamina.


ESPUMAS

En mi barrio no hay agua ni mujeres de Rubens. Muchachitas de Tahití con vara y dos cubos para el equilibrio. A pesar de su enjambre son hermosas. A veces cantan al paso de los trenes que se llevan el paisaje a trozos. Nadie les dice adiós pero recuestan el rostro en los rieles para sentir que algo se pierde. Ellas no han visto el mar ni la espuma creciente de un hotel. Son las muchachitas de Gauguin a orillas del Contramaestre soñando con Heráclito y ungüentos de sábila. En mi barrio hay un tubo roto y una columna de cerveza para el equilibrio.


LA SÉPTIMA TROMPETA

Pienso en la conga de los hoyos negro contra negro corneta china pitando cuchillos y el hambre al sol para que el mal se seque. Pienso en el arca al cielo abierto por donde viene dios a colocar el fuego frente a la casa de velásquez y los cueros no dejan oír las olas del mar allá abajo en la alameda. Pienso en los veinticuatro ancianos de piedra que hay en la plaza dolores en la ira que vendrá nietzsche si dios se muere en las negras si detienen sus caderas. Pienso en la noche en el ángel de la catedral con un ala falsa en mi perro en mi poema.



Las obras que ilustran esta página son del propio Eduard Encina.

domingo, 15 de julio de 2007

Razones del que aguarda


Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974), ha publicado ya cuatro poemarios. El último, Aguardando al guardabosque (2006), es, según ella misma, “un cuaderno con una calma tremenda y una rebeldía juguetona y astuta, donde lo uno lleva a lo otro, aunque parezca contradictorio. Es un texto en el que dije todo lo que quise sobre lo femenino y lo erótico y si decirlo todo en poesía es difícil —porque te sometes a los códigos de la sonoridad y a la tentación de embarrar de belleza la frase exacta—, contar los problemas universales, históricos e íntimos de la mujer, desde la calma, es un ejercicio de madurez social, espiritual y creativo. Por eso me complace tanto este librito que defiende mi condición de mujer”.
Poesía limpia la de Coro Montanet. Irónica en la medida cierta. Provocadora siempre.

La forma del tiempo
Todas las tardes, a las siete,
hago que hablo con mi marido.
Hago que le comento cualquier cosa o le pregunto.
Imito con los labios temas
de conversación de las parejas.
Pronuncio frases de amor y me convenzo
de que además de relación hago ejercicios
que fortalecen los músculos de la cara y me acercan
a la grata letanía del matrimonio.
De modo que la cosa espiritual también funciona.
Y mi marido sonríe cuando me escucha,
aunque no dice nada. Debe ser por mí
que sonríe mientras lee la prensa.
Ante noticias cada vez peores
habría que ser malvado o irónico para sonreír
y mi marido no da muestras
de ninguna de estas dos condiciones.
Tampoco me dice nada cuando me ve desnuda,
aunque piense lo peor no me lo dice.
Esto me ayuda a suponer que me ama.

Donde explico mi brusca transición de un marido a otro

Mi futuro esposo y mi madre se parecen.
Lo lógico sería que mi futuro esposo fuera como mi padre.
Fue así con mi primer esposo,
pero no tuvimos éxito.
A mi futuro esposo lo elegí porque nunca me pedirá
que yo sea como mi madre.
A mi primer esposo lo rechacé
porque quería que yo fuera mi madre.
A mi padre no le gusta el blando tono de voz
de mi futuro esposo y obliga a mi madre a decir:
a mí tampoco me gusta.
En realidad mi madre no le da importancia
a los tonos de voz de la gente;
si pudiera pedir algo pediría
un abrazo de cualquiera.
A mi padre no le preocupa
la necesidad de abrazos de mi madre.


Amos míos son todos los hombres

Amos míos son todos los hombres,
pero más aquel para quien no existe
verso que junte, ni de forma intermitente,
lo real con su idea.
Lo juro por la válvula
de mi olla de hacer mejunjes:
a mi ver son todos excepcionales,
pero ninguno es tan mi amo
como el que conoce que asociar el vuelo
de la palabra mariposa
con la mariposa verdadera,
aún no es poesía.


Paraísos artificiales o donde digo
la literatura no lo es todo


Me aterran el hachís, la cocaína,
el humo del café con sueño adjunto,
el párrafo, la coma y luego el punto,
Lorca, Borges y Proust, la disciplina,
de esconder levemente el lado flaco
en la máscara burda y necesaria
de una suerte o pandilla literaria
que nombra lo anormal paradisiaco.

Pues temo que estas páginas filosas
me pongan vieja sin haber vivido
la suave infinitud de las esposas
y así, del libro al librium, sin libido,
enajenarme con decir tres cosas,
que a fin de cuentas, borrará el olvido.

domingo, 1 de julio de 2007

Memorias de la fiesta

Gastón Álvaro (Bayamo, 1939), ha publicado, entre otros, los poemarios Montaje de universos (Ego Group Inc., Miami, Florida, 2005), El diablo vencido (Distal USA Inc., Aventura, Florida, 2004), El acróbata desnudo (2000) y Texturas (1997), ambos editados por Versal Editorial Group, Inc., (Andover, Massachussets).
Las palabras que introducen Texturas, (finalista del Premio Vellocino de Oro, Boston, 1997), son extraordinariamente fieles al mundo del poeta. Las reproduzco casi íntegramente aquí:
“Vamos a tocar la piel del mundo en estos poemas que navegan, centrífugos, hacia un punto no visible —mas soñado— del horizonte: metáforas de pincelada fuerte y trazo certero, imágenes claroscuras, epítetos surrealistas, alegorías barrocas y una amalgama de coloridas y táctiles sensualidades que van dando a estas Texturas una dimensión pictóricamente poética y mágicamente multiforme [...] Un poemario indócil, de vibrante voz.”
Estos brevísimos, intensos poemas son de ese libro-fiesta-sin-fin-de-la-palabra.
ASOMBRO
Estoy en la casa
de la que tengo llave,
a la que siempre llevan
senderos rumbosos.
De pronto en otra casa;
imagen sin aviso.
Todo dentro, de pronto.

PIE DE PÁGINA

Ese ojo neto
traspasa elipses
y culmina
luz.
Lo que enajena
le otorga imperio,
colorido viaje.
Y miran más, orfebre de pares,
y el de atrás de la yunta
que pule otra manera
dentro del ebanista.

EPÍLOGO
Primero la oquedad.
Al romperse el espejo, veloz
huyó la imagen.
Después la luz,
¡todo se disolvía
en ciega
masa densa!
Mas éstas son memorias
de lo que allí
se borra.

La fotografía de la cubierta es del artista cubano Juan Carlos Alom.

sábado, 16 de junio de 2007

¿Finalmente nadie?

Foto: Guillermo Aldaya
Kiuder Yero Torres (Santiago de Cuba, 1977), es ingeniero mecánico. Su obra, en plena formación, ya ha sido reconocida y publicada (incluso internacionalmente) en más de una oportunidad. Holguinero de corazón (léase de dudas, de angustias, de reafirmaciones,...), no es exactamente Nadie. Según él, y esto tendremos que admitirlo, está ‘a salvo de la palabra no dicha’; las que dijo, no obstante, forman ‘una isla llena de horizontes’, un laberinto que ojalá sientan ustedes, como yo, deseos de recorrer. Algo que, en mi opinión, y por respeto a dioses desesperanzados y ángeles de carnaval, y otras piedras con que se tropieza irremediablemente en el trayecto, tiene que hacerse, como mínimo, descalzo.

FINALMENTE

Estoy a salvo
mirando como se hunden los recuerdos
el mástil exánime de la inocencia
en el silencio absurdamente silencio
hasta la mudez el pánico hasta la locura
excomulgando las cavilaciones
sin poder encender un cigarrillo
y sufrir estas hojas desiertas de asombros
donde la noche espera
para suicidarse en este borde del mundo.

Lleno de dudas y reafirmaciones
estoy a salvo de la palabra no dicha
donde la conciencia espera
donde todos y todo espera
a que finalmente abra mis alas
y salga de esta hoja de laberinto y muerte
en dirección al sol como un hilo de sangre
inalterable.

NADIE

sobrevive después de tantas horas
en la cubierta de la noche.

Nadie es perseguido por las culpas
por los viejos fantasmas
que vuelven con las estaciones. Quizás
debamos construir un puente
hasta la incoherencia
y olvidar las agonías del pasado
y olvidar las luces del pasado.
Ya nada importa en esta hosquedad
con más de una vida asomándose al encierro
a los acantilados de una isla llena de horizontes
a las penumbras de la tarde
a los símbolos de un dios sin esperanzas
a la conformidad trazando ciudades posibles
y las angustias mismas de un tango
de un ángel vestido de transeúnte
cuando Nadie cruza por estas calles
de hoy.


sábado, 28 de abril de 2007

Poeta en el restaurant

Francisco (Paco, Paquito) Mir (Banes, 1953 - Nueva Gerona, 1998), era uno de esos seres para quienes entre poesía y experiencia vital no hay límites palpables. El buen humor y el entusiasmo proverbial que lo caracterizaban quedaron bien plasmados en la poesía que pudo hacer y publicó: Proyecto de olvido y esperanza, 50 págs., 1981; Las hojas clínicas, 47 págs., 1985; Espacio habitable, 12 págs., 1990; Pianista en el restaurant, 120 págs., 1990.

De este último volumen, ha dicho su editor, Luis Marré:

Pianista en el restaurant, sin soslayar la delicadeza intimista de Las hojas clínicas, nos muestra una apertura hacia temas más impersonales pero tocados siempre de un peculiar —personalísimo— lirismo.”

Estos breves poemas pertenecen a dicho poemario.

OXÍGENO

Tengo el conflicto del pez
que grita una burbuja en su garganta.
No iré a tu boca
mi sitio es la nube que te esconde.

DIALÉCTICA

Me he acostumbrado al blanco
a las sábanas sin ti.
Conozco la miel que resbala
en los límites de la esperanza.
He visto a las hormigas regresar desesperadas
sin sus cargas preciosas
y a los gatos padecer la soledad de los techos.
Viví en el polvo
de allí vengo estropeado por tanto silencio
respiro a pesar de todo
y pronto estrenaré zapatos nuevos.

AVES

Imagínese todo el viento atestado de aves.
Imagínese que usted no cabe parado
ni dentro, ni fuera de la casa
y que un multitudinario aleteo lo aplasta y
aprisiona.
Imagínese que dando vueltas alrededor de la
tierra
no existe órbita, ni atmósfera sino aves
que no existen sonidos sino el chasquido de
picos contra picos.
Imagínese que se abra un hueco, intransitable
por el que sólo pasarán entre todos los hombres
aquellos que sean músculos capaces de la luz.
Imagínese que usted no quepa por ese hueco.

NUEVO TESTAMENTO

Ni un minuto a mi final
viviré porque voy en los árboles y el agua
las flores blancas.
Encontraré a Rimbaud en la profundidad de
una piedra pequeña
cerca del mar, en mi país.
Seguiré tomándole tragos a la botella donde se
hundieron tantas
ideas
y habrá quien me vea cruzar las tres de la
tarde.
Ni un minuto a mi final
que no me aplaudan
quedaré sobre los lirios nombrándolos a todos.

sábado, 31 de marzo de 2007

En nombre de muchos


Leí esta frase en un artículo publicado en Cubista Magazine: "Estamos desperdigados como granos enfermos; granos secos que se han separado fermentados del conjunto."

Leo en la contraportada del libro que nos ocupa:

“Eugenio Rodríguez nos propone, en el nombre de alguien, una poética donde se indaga por la esencia del hombre, donde duele esa persistencia de vivir, sólo por roer, donde el poeta siente que él mismo se engendró en un acto que no tiene ni siquiera el consuelo de ignorar. Leer estos textos marcados por la búsqueda es una forma de constatar, otra vez, que nadie es inocente.”

Eugenio Rodríguez nació en la capital cubana en 1967. Es Licenciado en Lengua y Literatura Francesas por la Universidad de La Habana. En el nombre de alguien mereció el Premio David 1995. El jurado estuvo integrado por Ángel Escobar, Carlos Augusto Alfonso y Reina María Rodríguez, la autora de la frase citada.

En el nombre de alguien comienza con este texto sobrecogedor:

Antes que el cielo han ensombrecido las aguas, los
añicos y la muchedumbre. Sobre el asfalto, las páginas
de un periódico se arremolinan sin que se advierta
cómo se volvió púrpura el presente. Desde aquellos
edificios han visto caer el día igual que yo: quién sabe
dónde. Pero a las cosas nos une algo más que la
mirada, cuando cae la noche y no sabemos si es cara o
cruz. Dejé de ser la imagen, el rehabilitado que abre-y-
cierra la boca bajo palabra por temor a la quemadura, al
salitre que nos hace rogativos junto al árbol.

Muy pronto el momento es uno por la ventana y los
que extienden sus brazos, muchos frente a ella. En
cambio, tú dudarás acerca de mí. Qué palabra mía te
hará sentir las voces con el mismo órgano que las
escuchas, si un lugar en la mesa donde poner los
codos obliga a encontrar de nuevo escarcha en el
fondo de los vasos,
esos que se beben
tan parecidos al declive.

Aquí oyen los gones del tiempo
en una dirección que seca los labios
Qué ha sido de nosotros en estos confines
hechos para lastimar los sesos y la hierba
qué del pasillo hacia lo vulnerable
que dejan las sospechas en el hombre

Por más que uno se quede
la palabra “adiós”
está en la palma de la mano
Desde ángulos distintos
el mismo objetivo no es ya el mismo
y algo que se corresponda
nunca es algo
en lo que podamos confiar

La desnudez no la trajo el agua
sino la tersura del frío
cuando se apoya en las mejillas.
No es el puente
lo que media en adelante
ni la herrumbre
ni el estiércol
sólo esta forma en la oquedad
lo indecible que aleja los trenes
bajo el arco de las cejas

Parece justo que un mortal caiga
y luego
en la maceta de su cráneo bostece un girasol

Para mí
alguien que añade migajas al pozo
es quien supo voltear las hojas
Uno tanto ha seguido a los semejantes
como si ellos buscaran reconocer
aquel indicio que le dura al hombre
después de pasar bajo los puentes

sábado, 10 de marzo de 2007

EL DÍA SIGUIENTE DE NUESTRA INFANCIA


Abel Germán Díaz Castro nació en Morón, en 1951. Poemas suyos aparecieron en numerosas publicaciones cubanas y extranjeras. Es autor de Curiosidades, (Editorial Extramuros, 1986), El cubo de Rucbick, 1991, y el libro que nos ocupa, en el que “a través del interminable hilo de la infancia, llegan y se agolpan los recuerdos de la niñez y, un poco más acá, los de la juventud, que no desdeñan las añoranzas de ese frescor alucinante de la edad menor.”

De El día siguiente de mi infancia (Editorial Letras Cubanas, 1987), son los siguientes “sencillos, suaves”, pero, sin dudas, conmovedores poemas.

ESA ÚNICA FOTO FAMILIAR

reconozco esos naranjos
al padre con la gorra gris
y a la madre
con la mirada triste

pero quién es ese muchacho
que la familia confunde hoy conmigo?

ese muchacho
de rostro redondo
y con ojos
hermosamente
ciegos?


EL EXAMEN

lo más terrible
sentarse
con las cuentas pendientes

poner los caminos en la mesa
una a una las decisiones más graves
y las menos graves

lo alegre
lo triste
lo valiente

hacerse un prolijo examen de conciencia
y quedar desaprobado.

sábado, 17 de febrero de 2007


Rafael Alcides Pérez (Barrancas, 1933), es autor, entre otros, de los poemarios La pata de palo, (1967) y Agradecido como un perro, (1983).
“Fabulación rica en imágenes y leyendas envuelve este sueño de los años y surge una y otra vez como parte constante de la conciencia —señala el editor del libro que nos ocupa—. Es Noche en el recuerdo una dualidad simbólica que perdura más allá de la muerte y de las cosas innombrables, la memoria que renace y se reencuentra para, al final, demostrarnos que seguimos ahí, en ese punto que nos marcó de amor, nostalgia, alegría y tristeza.”
En un artículo publicado en la revista Encuentro, el también poeta Manuel Díaz Martínez se refería al autor en estos términos: “Rafael Alcides atesora aún —vivos están en su conducta y su escritura— las rebeldías y anhelos que una vez fueron las divisas de nuestra ya desmantelada generación. No debe extrañarnos, pues, que este Ulises caribeño siga soñando, en la gruta de Polifemo, con llegar a Ítaca. A través del Atlántico lo descubro, nauta de porfiada dignidad, resistiendo los cantos de las sirenas en un cenagoso mar de traiciones y claudicaciones.”

De Noche en el recuerdo son los siguientes fragmentos:
III
...

Vi rodar cabezas con el pelo perfumado,
vi almas arder en una hoguera más grande que el
mundo,
vi pestes, guerras, naufragios, príncipes envenenados,
vi cadáveres ardiendo en la pira como lechones que
murieron de pintadilla,
y ¡fuego!,
siempre fuego alrededor del hombre vi.
¡Fuego en los Cielos y en la Tierra!
También vi de cerca el oro, y lo estudié.
Vi pasar los imperios y las famas,
y como recuerdo de todo lo que vi
me llevé un puñado del polvo de lo que había sido
una piedra monumental y perdurable en otro
tiempo.

XV
...

Así como guardas mi infancia, guárdame, Noche,
cuando me muera. Protégeme entonces de la
soledad.
Acompaña y vigila, sobre todo, mi recuerdo en la
tierra.
Me quiero eterno sobre tus cascos, infinito y eterno
como entonces,
galopando por los aires, entrando como el aire y la
luz en todas partes,
en un Barrancas y en una infancia sin ocaso.
Las ilustraciones son de Fayad Jamís.

(Tomado de Noche en el recuerdo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1989)

martes, 9 de enero de 2007

TERRIBLEMENTE ILUMINADA

Chely Lima (La Habana, 1957), no es una poeta cualquiera. No es juego la palabra en su lengua. O es en serio. Quema, hiere, desviste su verbo. Todo en dosis muchas veces mortal, siempre definitiva.
Su obra, ampliamente reconocida por la crítica, incluye, además de poesía, cuentos, novelas, guiones para la televisión, etc.
"Terriblemente iluminados", el libro al que pertenece el siguiente poema, un texto clásico de la autora, apareció en La Habana en 1988, tres años después de haber recibido la Primera Mención en el concurso anual de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba).

ALA Y ALA

Imagínate que estamos apretados
y está a punto de ser nuestra gran noche.
Por la ventana empiezan a invadirnos
antiguos clavicordios, dinosaurios,
planetas sin vegetación, güijes tardíos
y toda esa muchedumbre que nos mira
comenzar el ritual
de redondear tu frente, besarte la espalda
y grabarte los dientes en un muslo febril;
toda esa muchedumbre se agita,
brama encendida y cruje en gigantescas
floraciones.

Descendemos a un círculo infernal.

Imagínate que encuentro tu sandalia
en mi inicial expedición de arqueología
y a partir de una huella
reconstruyo tu rostro y tu pene,
o me hago parásito afín de tu garganta.

Descubro la forma de crucificarte
cara al techo
y nos cuesta la resurrección un largo orgasmo
de anís y de centella.

Imagínate esta primera historia
real, si no te hubiera visto, si no te hubiera escrito.
Si no hubiéramos chupado el mango mítico de Adán:

Qué haríamos con la Tierra
de tal forma poblada y despoblada.

La ilustración de la portada es del también poeta Alberto Serret.

sábado, 2 de diciembre de 2006

ESCRITO A LOS VEINTE AÑOS


Andrés Reynaldo (Calabazar de Sagua, 1953), andaba por los veinticinco años cuando escribió cosas como “El amor no se aprende, se padece”, “El recuerdo es la distancia más frágil”, “Los ruidos que hacían el silencio se hacen ruido”, “Agosto queda sobre la isla que amanece”,... Por esos y otros tantos versos fue premiado en La Habana, en 1978, por un jurado que integraban Minerva Salado, Luis Marré y Osvaldo Navarro. “Escrito a los veinte años”, el cuaderno en cuestión, es, como señala el editor, “poesía espontánea que encuentra su lenguaje en las palabras sencillas y las emociones grandes”.



LA LLEGADA

La Habana estuvo grande a mis sueños.
Papá sonreía cual un mago en difíciles prodigios.
Era un tiempo a morir según vivieras.
La tarde dormitaba en los andenes y no sabíamos qué hacer,
a quién preguntar si a las ocho faltarían los tíos con historias de güijes
y el tren no dejara en las mañanas un olor a distancia entre palmares.
Mamá con su mirada de quien pierde el mundo.
Había que iniciar otra memoria y no aprendíamos.
Ya no fue más jugar con María Julia a romper el arcoiris en el río
y galopar la lluvia del portal donde abuelo meciera la soberbia.
Las maletas traían los adioses: las cazuelas de lamentado brillo,
el viejo radio roto, un juguete, las medias que abuela tejió con su silencio.
Si llevo amarguras serán de aquel diciembre.
Fue una llegada con temblor de partida.

ACERCA DE

Alguna vez el tiempo duele y es preciso mentir,
y ya del otro lado, tocar como uno quiera los recuerdos.
De maravillosa importancia son así una carta desde siempre,
una llamada, un gesto, un color cualquiera de la tarde,
un trago entre palabras amigas, una buena película,
en fin, todos los posibles sortilegios
que ayuden a ganar la orilla opuesta.

Andrés Reynaldo obtuvo en 1987 el Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami por su libro La canción de las esferas.
 
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