sábado, 29 de agosto de 2009

Candores de Cintio

La obra múltiple de Cintio Vitier (Cayo Hueso, 1921) mereció el Premio Nacional de Literatura 1988. Miembro del Grupo Orígenes, poeta, ensayista, narrador...., esta criatura confeccionada de sucesivos candores, en palabras de Lezama Lima, fue también merecedor, en 2002, del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.
La obra poética de Vitier, integrada por las compilaciones Vísperas (1953), Testimonios (1968), La fecha al pie (1981) y Nupcias (1993), incluye además Cuaderno así (2000) y Epifanías (2004).
En el acta que hacía público el otorgamiento del Rulfo se habló en estos términos: “El jurado reconoce en ese autor un ejemplo de fidelidad a la poesía y una trayectoria intelectual y vital consagrada enteramente al acto creador y al estudio de los vínculos secretos entre literatura e identidad cultural. Uno de los escritores más importantes de su generación, reunida en torno al grupo y la revista Orígenes, Vitier ha realizado una notable obra poética, narrativa y crítica”.
Estos tres poemas pertenecen a Epifanías.
En fin tú sabes

En fin tú sabes
Lo que no sabes, tú
Sabes al sabor ido
Desde el cantero de violetas
Al caballo

El caballo vibraba como el cielo
venenoso de relámpagos Viriles
los encuentros yagrumas
y risitas del corral
Asuntos

Desligadamente trota el rubio
con el negro por el oro de lo verde
añilísimo al retorno de los ojos
Hacia Arriba

Tinaja fría palabritas
Que todavía chocan con sus élitros
en la Manta de la Abuela
Dos siempre dos en el portal
El tercero regresa por el trillo
El tercero ya está sentado en su taburete

Yuri se esconde alegre
De No Saber Nada / Su pelusa
me acompaña

(Marzo noche 99)

-
La asombrada sala


En el balcón hojuelas
destellan sílabas incandescentes
Estamos asediados

Para que no se decoloren
hay que virar las fotos Estamos
sitiados

El cañonazo de la luz
silenciosamente llena hasta los bordes
la asombrada sala

Es el visitante omnipotente
humildísimo perro fiel tendido
a los pies de un sillón

Estamos salvados Estamos perdidos
No tenemos salida Tenemos que esperar
que termine el juicio callado de la luz

Cada día este examen esta marea cuántica
esta inspección enceguecedora este cariño
atroz

Y después el ocaso la sentencia velada
Y después las estrellas

(Marzo eterno 99)

-
Las palabras

Háganme un poema de amor por favor y ellas empiezan

Lo que usted necesita es un conjunto
De palabras fascinadas

Olvídese de sus intentos y de sus carencias
Olvídese de sus aciertos y de sus desaciertos
Olvídese de nuestras combinaciones
Olvídese de su olvido y ponga atención
Pero no demasiada.

Los patinadores venían a gran velocidad por la pendiente

El tren se detenía resoplando infiernos
Que eran paraísos en tus ojos

Por la mañana estabas sentado en una rama gruesa
De la mata de mango

Después llegó una muchacha bajo un arco
Tú le diste la mano y el tiempo empezó a detenerse

Transcurriendo
Las mayúsculas vestidas de minúsculas subían a la loma
Donde la palabra leña echaba humo

No creas que hay mucho más. Lo demás es todo.

(Marzo sencillo 99)

-

domingo, 9 de agosto de 2009

Ocultas claves para la memoria


El poeta, narrador y periodista Waldo Leyva (Remedios, Villa Clara, 1943) ha publicado una docena de libros de poesía. entre ellos, De la ciudad y sus héroes (1974), Con mucha piel de gente (1983), Diálogo de uno (1990), El rasguño en la piedra (1995), Memoria del porvenir (1999), El dardo y la manzana (México, 2000), La distancia y el tiempo (2002), Otro día del mundo (2004), Ocultas claves para la memoria (México, 2005)...

Letras Cubanas puso en venta este último título en 2006. En ambas ediciones el autor introduce los textos con estas palabras:
“He querido reunir en este libro una selección de la poesía que, con el tema del amor, fui escribiendo a lo largo de muchos años. Creo haber sido riguroso a la hora de escoger, pero no tanto como para dejar fuera algunos poemas de la temprana juventud que siguen conservando la impureza y el ímpetu de los primeros sobresaltos. Hubo un tiempo en que los poetas ocultaban sus versos de amor; yo confieso que jamás renuncié a la posibilidad de atrapar en ellos ese sentimiento sin el cual me parece imposible vivir...”

Estos cuatro breves poemas son de Ocultas claves para la memoria. Espero que ilustren no sólo el tratamiento que del tema en cuestión hace el autor, sino además el abanico de recursos de que dispone. Y lo que es mejor, el uso preciso que hace de los mismos.
-

Antes del prólogo

Aquí podría decir:
yo amo un poco más tus ojos
que tus manos.

O tal vez:
no supe que existías
hasta que tu cuerpo
se hizo pequeño contra el mío.

Es veintiséis de diciembre
y es de noche,
tú tejes callada en el sillón
y los muchachos juegan
sin pensar que mañana
tal vez
no sea otro día.

Aquí podría decirse:
yo amo a esta mujer
contra todas las trampas de la vida.

-

Inaugurando el agua
Este es el árbol que sembramos juntos,
este es el patio de los dos,
todavía están las piedras del arroyo
y tú sigues desnuda
inaugurando el agua
mientras yo me escondo de mí mismo
y el sol sigue partiendo en dos los algarrobos
para llenarte el cuerpo
de heridas diminutas.
Cómo ha crecido el flamboyán de entonces,
qué incendio el de sus ramas contra el cielo,
qué hondas las raíces que una semilla fueron tus manos.
Y ese es el árbol que sembramos juntos
y este es el patio de los dos,
y aquí la casa de donde salgo siempre
y a la que no es posible regresar.

-

No existe el amanecer
si los pájaros no cantan
no hay viento si no levantan
su vuelo al atardecer.
La lluvia no puede ser
lluvia sin que su plumaje
se empape como el ramaje
del árbol que sólo existe,
mujer, porque tu pusiste
los ojos en el paisaje.

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Como un roce inocente entre los dedos

Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma que no viene del aire, un amarillo tenue y un dorado que tus uñas deshacen mientras parten el fruto. Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce inocente entre los dedos. Un roce que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.
3/12/93
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domingo, 5 de julio de 2009

Huellas de Ángel

El Premio Nacional de Literatura 1991, Ángel Augier Proenza (Santa Lucía, Holguín, 1910), publicó su primer libro de poesía, Uno, en 1932. En 1965 recibía Mención en el Premio Casa de las Américas por su poemario Isla en el tacto. Otros libros de este miembro fundador de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) son: Canciones para tu historia (1941), De la sangre en la letra (1977), Copa de sol (1978), Todo el mar en la ola (1989), Fabulario inconcluso (1999) y Decimario mío (1999).

Ediciones Holguín presentó en 2000, el cuaderno Las penúltimas huellas. Su editor, Michael H. Miranda, señala en la contraportada del mismo:

“La eternidad es de los otros, de las cosas comunes. Somos uno en el origen y en la esperanza. Profunda sensación es la vida, profundo también es el ejercicio de la poesía. son los signos vitales que nos legan estos versos, las esenciales marcas que a su paso va dejando la voz inextinguible del poeta en su cotidiano recorrido. Amigos ya ausentes, inmortales seres que compartieron sus días, árboles de raíces nuevas y objetos aparentemente obviables que habitan los bordes de la gran literatura, conforman para la posteridad lo que el propio autor ha llamado sus penúltimas huellas en la memoria de su tiempo.”

Estos textos pertenecen a ese libro.

Abandonada sombra

Abandonada sombra
donde crecen cortinas sin asedio
y una corza pendiente de su rumbo
recorre la distancia presintiéndolo,
mientras la soledad resuena en el silencio
como un caballo incierto
que lanza al aire sus cascos y sus crines
y ciego busca su consuelo, su noche.
Sufre el metal la herida
y desata la chispa
que el sol incluye en su promesa.
¡Ya no tiene espiral la enredadera
ni el mar sabor ni la gaviota nido!
Sólo queda el silencio
y el recuerdo que cierra su inútil cremallera
de espaldas al olvido.

-

Aturdido oleaje

Más allá de la niebla
meditan arrecifes que insisten en su origen
y cavernas en donde
la noche ha destilado sus más espesas sombras.
Quisiera detenerme un solo instante
en la luz que circula en una nube
que en viaje sin regreso navega hacia el olvido.
Camino por senderos que el silencio humedece
si la tarde es lluviosa
y confiesan su enojo los relámpagos
y en el aire se quiebran
los últimos latidos de una estrella.
Escucho cómo crujen
piedras sueltas que no encuentran espacio,
ni siquiera en la arena que inventaron las olas
en su aturdido empeño interminable
de esculpir en las rocas
la imagen de los límites.

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Misterio de la tarde

Siento que un misterio flota
en cada tarde que vivo,
y que me tiene cautivo
sin saber de dónde brota.
La luz lentamente agota
y disuelve su textura
en una angustia que dura
la brevedad de un suspiro,
y cuando de pronto miro
ya todo es presencia oscura.

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El rostro en el espejo

Me encuentro con mi rostro en el espejo,
ese otro yo que nunca soy yo mismo,
imagen que parece, en su mutismo,
no resignarse a ser fugaz reflejo.

De pronto siento que un inmenso abismo
existe entre mi yo y el rostro añejo
que extrañado me observa. Si me alejo
es de la falsa copia de mí mismo.

Lejos del falso yo, quedo confuso.
¿No será que esta brusca despedida
es de mí mismo, no de un rostro intruso,

y que es de miedo la cobarde huída
para ignorar la imagen, pobre iluso,
del yo mismo a esta altura de mi vida?
-

viernes, 19 de junio de 2009

Perfume (y secuencia) de mujer

Víctor Casaus (La Habana, 1944). Poeta, narrador, director cinematográfico y periodista. Ha publicado, entre otros, los poemarios Todos los días del mundo (1967), Entre nosotros (1978), Los ojos sobre el pañuelo (Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío, 1982), De un tiempo a esta parte (1985), Maravilla del mundo (1989), Amar sin papeles (1999) y El libro de María (2001).

Perfume (y secuencia) de mujer (Letras Cubanas, 2007) es una especie de antología personal.

Gustavo Pereira señala en el prólogo:

“Víctor Casaus reconcilia y recobra en este libro las múltiples punzadas con las que el amor ha tocado desde siempre las puertas de la poesía (acto de amor ella misma), de su poesía y de su vida. Como en conversación apacible interrumpida por imprevistas iluminaciones, la esencia de los poemas que lo integran obedece a dictados de un espíritu hechizado por el vivir, pero alerta ante sus trampas. La mentira, la hipocresía, el desarraigo, la desolación, la desesperanza, la postración o el menosprecio son aquí exorcizados por la magia de sus contrarios: ejercicio dialéctico que conjura también cuanto la necedad, el desamor, la retórica o los poderes omnímodos pretenden imponer sobre el mundo.”

He seleccionado estos interesantes textos de Perfume (y secuencia) de mujer.

Después de todo

¿Lo he perdido todo?
¿O debo decir
que lo he tenido?

R. F. Retamar


Después de todo
lo peor de todo puede ser
abandonar los libros las dedicatorias
amables o estúpidas (según quien las confronte)
los amigos los cómplices cansados
de fingir abandonar la cama donde alguna vez
fuimos hermosos y el baño y los muebles
de todos los hoteles donde nos conocen
como si fuéramos de la familia abandonar el amor
las consecuencias
Después de mucho
lo peor de todo debe ser
perderlo todo

-

Si mañana

A Denia


Si mañana no pudimos rescatar nuestros zapatos
de la lluvia nuestro codo del fuego
y nuestra voz de aquel silencio
impertinente
la culpa es de nosotros de los dueños
del codo y de la voz
los que tenemos los cordones de la mano
la mano en el bolsillo
el bolsillo semilleno de algún fuego
y ese fuego consumiendo nuestra lengua

Así que si no pudimos
la culpa —o lo que sea— es de nosotros
De los demás es la noticia
(o el poema)

-

Y si la historia no te parece larga

Precisamente en el momento en que la vida
no iba a dar mejores turnos mayores anuncios
de las cosas sucedió que se encontraron
más o menos de repente entre el murmullo
de las oficinas y los lápices o en el calor de la ciudad
entre sus ruidos fueron conocidos o novios
o amantes o esposos estrictamente legales el caso
es que se amaron creyeron que se amaron
aun al borde mismo de las discusiones los relámpagos
de amor se sucedieron pero ya después
se hicieron esporádicos
lentos los brazos que abrazaban
mucho sueño en las noches cuántas fotos
e hijos cuántos recuerdos de hijos que no fueron
de ruidos que ya no son
más que escándalos de la ciudad es que no hay
calor ni oficinas ahora
están solos profesionales fructíferos
precisamente en el momento en que la vida

-

Caminos

Una sabana que termina
abrupta / deliciosamente
en monte
Montecito del caminante
entretenido de mis dedos
Dedos mínimos paseando a su vez
por este pecho
Pechos que son la maravilla y la quiebra
de los esquemas del mundo
Mundo en la punta inquietante de tu lengua
Lengua que me habla
y que yo entiendo

-

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sábado, 6 de junio de 2009

Ensenada de Mora

El poeta y editor Alex Pausides nació en Pilón de Manzanillo, en 1950. El público ha tenido amplio acceso a su obra: se han hecho traducciones a diversos idiomas y han visto la luz títulos como Malo de magia (1990), Palabras a la innombrable (1992), Cuaderno del artista adolescente (1993), Habitante del viento (1995), Pequeña gloria (2000) y Canción de Orfeo (2004), todos editados en Cuba, y Me llaman desde algún sitio feliz (Madrid, España, 1998) y La casa del hombre (Toluca, México, 1995).
Ensenada de Mora (Letras Cubanas, 2005), recoge textos originalmente publicados en los primeros cuadernos del autor (1973-1975).

Él mismo los presenta con estas palabras:

“Este libro quiere ser testimonio de mi cariño por el pequeño pueblo fundado a principios del siglo pasado en las márgenes de la ensenada donde nací, y de mi admiración por la vida sencilla de sus gentes, su lengua graciosa y original, y por todo lo hermoso y bueno que a mi alrededor hicieron nacer y que en la memoria agradecida permanece.”

Cintio Vitier, en el prólogo, señala:

“Este poeta quiere volver a la naturaleza de la niñez, y desde ella hablan sus voces, juegan, homenajean a la propia niñez, al amor, a los héroes. Sus palabras anhelan salir a borbotones de la fuente escondida. Sílabas de agua fría del amanecer, chispas en la irradiación nubosa del anochecer, sílabas que no quieren componer un nombre sino serlo en flor. Los tiempos verbales como ráfagas de lluvia. El amor verbal y manual sin distancia. Lenguaje y natura: una familia.”

He seleccionado, con el mismo asombro de hace ya más de treinta años, estos cinco pequeños poemas de Ensenada de Mora:

2

Al destajo olvido el verso
me abro puertas
ventanas
crujo
voy al limpio
voz
menudo vendaval
gajito fresco
Ah mundo amor mío
y qué ofrecerte en tan pequeña bandeja
en tan cortísimo racimo de palabras
qué
si sólo tengo contra ti
y afilados como un labio
mi odio
mi rabia
mi amoroso durísimo candor
Si sólo hablo y hablo
con una décima
en cada peldaño de mi corazón
pájaro suave
finísima brisa untada en tormentas
que sube y baja
al compás del canto
del hombre
y de la tierra

(de Ah mundo amor mío, 1973)

-

Himilce

Te abundo Himilce
Y a cicloncitos de ternura te adivino un rostro
Ah. Y cómo te me escapas cuando canto
Campanillas. Aguinaldos. Serón silvestre en que resbalo niño
Que te me vuelas Himilce en el cariño a chorros
Que te me abres en charquitos de amor aquí en el pecho
Que te abordo y me ahuyentas tojosa música
Ramita bronca de berro
Échale. Zúmbale el cielo azul de Chivirico en los ojos
Y sosténmelo. Y en los labios espuma. Briznas. Salitre
Dienteperro. Montunas de cilantro. Romerillo entre tus
huellas
Ah. Pero dónde. Dónde está aconteciendo
Que te construyo chiguete de sol chubasco mío
Y te me agachas Himilce entre recuerdos

(de Cantazón, 1973)

-

Ay infancia infancia
Tía de mi abrupto alumbramiento
Ramplazo en que un duro viento por la aurora se esparcía
Dice mi madre que al día le nació un pájaro claro
Mi padre dice que un faro encallaba en sus pupilas
Qué mañanas más tranquilas
Chinchilas en mí
Mi amparo.

-

Yo no vine aquí a tristar como todo un trovador
No soy ese ruiseñor que sabe sólo llorar
Ni el que trae a recostar su piel entre el espartillo
Yo soy el rayo amarillo en que estalla el girasol
Basta ya
No sigo al sol
Le paso el canto a cuchillo

-

Ha descendido el polvo en mi memoria
Todo entra en mí tranquilo y limpio
El corazón arde como un poco de paja

(de Arte rupestre, 1974)

-

VII

Me arrimo
A tu sombrita
Madre y qué
Pero qué calma
Vulnera el tendón
De mi aspaviento
Que retoñarme en la boca
La burbuja del cariño
Como aquel que en ojos niños
Vuelve ahora
Uy qué olor pero
Qué oler a Callía
Sube al pecho

Ya caigo
Abierta remembranza
Botija azul que se destapa


IX

Ahí dentro se me anda
Muriendo la tristeza
Yo la llamo le digo
No te asustes pero no
No me escucha le
Restañan los dientes
Pobrecita se le han roto
De cuajo los temblores
A migajas se le pudren
Los huesitos
Que se muere de oscura
Sin batallas
Que la risa
Le alza un estandarte
Que no puede lidiar
Ni convencerla

(de La fronda escrita, 1975)

sábado, 16 de mayo de 2009

He aquí Damaris Calderón


Damaris Calderón nació en La Habana, en 1967. Entre sus libros de poesía se encuentran Con el terror del equilibrista (1987), Duras aguas del trópico (1992), Guijarros (1994) y Duro de roer (1999).

Sílabas. Ecce homo obtuvo el Premio de la Revista de Libros del diario chileno El Mercurio en 1999.

Gonzalo Rojas, que presidió el jurado, señaló en las Palabras de presentación:

“Mi juicio se atuvo a la calidad de una obra distinta y singular, en la que visión y lenguaje se ofrecen en una urdimbre de auténtica poesía. En efecto, el dominio del oficio discurre sostenido y estricto a lo largo de las diversas piezas construidas con eficacia, sin concesiones de ninguna especie, ni a la estridencia ni al fárrago [...] Algo que llama la atención es el desvelo por la palabra en toda su vivacidad, pese a la aparente dispersión de la trama enigmática. Así la máquina verbal funciona y la puntada es limpia y certera: cada poema nace bien, crece bien y cierra preciso, urdiendo el tejido estricto del texto. En la operación no se ve la mano y todo parece recién creado ahí como de repente, recién mostrado en su frescor sin imágenes excesivas ni nada superfluo, merced al tratamiento sigiloso de la categoría de la sorpresa, tan cara a Apollinaire.”

Elogio de la locura (III)

a Vincent

El estupor de los girasoles
y el pan de un trigo
que no puede
llevarse a la boca
hacen que
el buen samaritano
(yo)
me domestique a mí mismo
como a un caballo proletario.
He reinventado el ocre,
el siena,
el amarillo
de estas colinas
y sus hombres.
Con una sola oreja
(como un indio)
inclinado en tierra
he escuchado.

No alcanzarán a atraparme
por el boquete de luz.

-

Césped inglés

Los segadores
tienen una rara vocación por la simetría
y recortan las palabras sicomoro,
serbal, abeto, roble.
Guardan las proporciones
como guardan sus partes pudendas.
Y ejercen sin condescendencia
el orden universal
porque el hombre
—como el pasto—
también debe ser cortado.

-

Astillas

(a mi madre)

Mueres de día.
Sobrevives de noche.
Paisaje de guerra
de postguerra
paisaje después de la batalla.
Piedra sobre piedra
donde sólo se escuchan, en la noche, a los tatos,
a las parejas de amantes que no tienen dónde meterse,
chillando.
Basuras, hierbas ralas, trapos, condones,
aristas de latas con sangre.

Cuando salgo a la calle
como otro artista anónimo del hambre
más de algún cuerpo ha roto
la fingida simetría con un salto mortal.

Yo me sentaba en tus rodillas
no me daba vergüenza, Sulamita,
tu cabello de oro de ceniza.
Extranjeros ridículos colgando
sobre árboles inexistentes.

Hace frío.
Las cortezas sangrantes del otoño
aprietan como una mortaja.

Si me siento a la mesa
el vacío es demasiado inmenso
para poder rasparlo con una uña.

-

Sílabas. Ecce homo


Hablar del pájaro parlante
parlanchín posado en una rama
cantando (como diría Juan Luis Martínez)
en pajarístico.
Y el hombre es una lápida
un cuarto oscuro, una silla vacía
y una lámpara.
El que se aproxima a la lámpara
puede encontrar una salida
(o la ilusión de una salida).
¿Hay salida posible hacia afuera
o toda salida es hacia dentro,
hacia el reino de la raíz?
Hundirse como Virginia Wolf
con los bolsillos llenos de piedras en el río.
Ha ahí la verdadera ganancia.
Lo que no alcanzan los nadadores de superficie.

El optimismo es una bandera a media asta
pero ostentada con júbilo.
Un consuelo o un autoconsuelo:
«Yo me levanté de mi cadáver y fui en busca de quien soy.»

Como un cirujano corta,
las sílabas se parten.
Carne de la escisión,
escisión de la carne.

Un pájaro vino con la cabeza vendada
una esquirla de la tercera guerra mundial
Apollinaire cantando en una jaula
los tetradragmas de oro de Ezra Pound.

Como la liebre en el soto,
la palabra en el lenguaje.
La angustia salta el perímetro
y echa a correr por las azoteas.

-

viernes, 1 de mayo de 2009

Aislada noche

Textos del poeta José Ramón Sánchez (Guantánamo, 1972) fueron incluidos en varias antologías publicadas en la isla. En 1998 obtuvo el Premio Regino E. Boti.
Aislada noche
(Letras Cubanas, 2005) ha sido presentado al lector con estas palabras:
“La muerte, el dolor, la angustia, el descubrimiento de lo desconocido y la confrontación con la noche constituyen los temas fundamentales de este poemario. Universo imaginativo pero con una fuerte carga vivencial, que transcurre desde la negación más profunda de la realidad y todo lo que le rodea hasta su definitiva e inexorable aceptación. Escritura auténtica y de profunda sensibilidad humana, Aislada noche recrea la incesante búsqueda interior del hombre para poder reconocer finalmente y con mayor lucidez el mundo exterior.”


XVII

Alta la noche del alcohol en cada lengua.
Borrachos manchados de impotencia
acompañados caen
giran
cantan
(un veneno de sus pechos quieren extraer)
buscando una locura no mentida.

Y son como perros vomitando en el alba.
Y son como ratas debajo de algún banco.
Y son también ellos cagados de palomas.
Y son también cualquier cosa.

Mas todo esto mañana.
Hoy es alta noche. Vivir es ser sediento.
Hoy es la noche primera. Pero sólo el éxtasis
de un borracho prohibido atrapa lo que muere.

L

Se derrama la noche invernal y enciende su oscuridad
como una mancha en lo alto: hondo estanque
sin orillas donde los perros se fornican la Luna
subidos en sus perras. La copa de un árbol danza
con la brisa. Los caminos del Sol desvanecidos
se igualan. Y el tiempo surreal asume y abandona
prontamente. Su palabra es fiebre de palabras:
grávido lenguaje del deseo. Mi madre duerme.
Gira la Tierra entre dos crepúsculos. Yo velo
su sueño. Con una copa de sombra a cuestas.
Y aproximo el noviembre inicial que autoriza
este juego donde la madre se vuelve criatura
pequeña para el hijo. La presencia del sueño
en la noche todavía no es cierta. Solo es presente
y cierto un manto de negrura aéreo y líquido
donde los rostros adquieren rasgos más benignos
y la mirada late transparente y lúcida.

LII

Cuando el lenguaje que designa lo futuro
nada signifique, y se haya liberado cualquier
íntimo gesto, y al universo en mis pupilas
sienta renacer (sabiendo el poder del tiempo
que nos integra y gasta), y abarque la insalvable
realidad que nos condena, y el espacio
que habitamos densamente sea posible,
yo a ti, lector futuro, te negaré porque agotas
la salvaje plenitud que se me escapa.

LIII Isla

Estoy subido en una isla y no lo sé.
Escribo desde una isla en pleno viaje
que mi mano articula. Estoy silbando en una isla
nacida del mar o de otra isla que se cree planeta
y navega cargada como un arca. ¿Desplazando adónde
sus formas poderosas de polvo reunido al azar?
¿Rumbo a las peñas de cuál desastre común?
Las estrellas no saben. Nadan en el cuello
fecundo de la noche. Que parece abrirse a todo
y todo acepta porque todo es isla. Como el amor
y el odio: islas escogidas del deseo. Y como todo aquello
que se une para estallar y volverse a unir.
También los amantes. Que permanecen aislados
uno del otro. Jugando con la carne ajena.
Solo para sí: isla y mar. Tierra y agua.
Gruta marina y volumen de oro penetrando a ella.
Todo es isla por un instante.
Y cada instante que se aleja forma un siglo.
Y cada isla que navega ya lo es.
Y cada instante busca su isla
para ser poseído o negado
en esta derivación sin pausas del existir.
No sé si el viento bate a mi favor.
Yo braceo.
-

sábado, 25 de abril de 2009

Imitación de la vida


La poesía de Luis Rogelio Nogueras (La Habana 1945-1985) ha llegado al público en numerosas publicaciones periódicas, antologías y en títulos como Cabeza de zanahoria (Premio David de Poesía, 1967); Las quince mil vidas del caminante (1981); Imitación de la vida (Premio Casa de las Américas,1981); El último caso del inspector (1984); Nada del otro mundo (antología, 1988); La forma de las cosas que vendrán (1989) y Las palabras vuelven (poesía no recogida anteriormente en libro, 1994).

El jurado del Premio Casa habló de Imitación de la vida en estos términos:
“Libro admirable en su variedad y en su unidad, que representa la madurez de la joven poesía cubana, la ruptura de las últimas fronteras entre lo social y lo personal, lo íntimo y lo colectivo. Escrito con destreza, inteligencia y dominio del oficio, el libro de Luis Rogelio Nogueras es una contribución de primer orden a la lírica en nuestro idioma.”

Estos textos, ya clásicos del autor, pertenecen a ese libro. He colocado entre paréntesis la sección del mismo a que pertenecen.

Materia de poesía

Qué importan los versos que escribiré después
ahora
cierra los ojos y bésame
carne de madrigal
deja que palpe el relámpago de tus piernas
para cuando tenga que evocarlas en el papel
cruza entera por mi garganta
entrégame tus gritos voraces
tus sueños carniceros

Qué importan los versos donde fluirás intacta
cuando partas
ahora dame la húmeda certeza de que estamos vivos
ahora
posa intensamente desnuda
para el madrigal donde sin falta
florecerás mañana

(de Ama al cisne salvaje)

Ama al cisne salvaje

ama tus ojos que pueden ver,
tu mente que puede oír
la música, el trueno de las alas,
ama al cisne salvaje
Robinson Jeffers

No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).
No remuevas el agua de la laguna no respires.
Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía
con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete entre la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.

(de Ama al cisne salvaje)

Verso libre

Tú siempre eres libre, verso,
aunque en la rima estés preso;
tienes metro y no por eso
puedo medir tu universo.
Por eso me eres adverso
cuando te ato con cadenas;
mis mañas te son ajenas,
tu poder es absoluto:
tu mandas y yo ejecuto,
yo te escribo, mas tú ordenas.

(de Hay que buscarlo al poema)

Sueño
Los niños, versos vivos
José Martí

Cuando duermes, hija mía
en el alma de la noche
quizá tu sueño derroche
lo que busco, la poesía.
Y luego al llegar el día
despiertas y se te olvida
el poema que dormida
compusiste sin esfuerzo.
¡Y a otros hacer un verso
les toma toda una vida!
(1975)

(de Hay que buscarlo al poema)

Defensa de la metáfora

El revés de la muerte (no la vida)
el que clama por agua (no el sediento)
el sustento vital (no el alimento)
la huella del puñal (nunca la herida)
Muchacha antidesnuda (no vestida)
el pórtico del beso (no el aliento)
el que llega después (jamás el lento)
la vuelta del adiós (no la partida)
La ausencia del recuerdo (no el olvido)
La sombra del silencio (nunca el ruido)
Donde acaba el más débil (no el más fuerte)
el que sueña que sueña (no el dormido)
el revés de la vida (no la muerte)

(de Hay que buscarlo al poema)

miércoles, 15 de abril de 2009

Escalas de ascenso

El Premio Nacional de Literatura de 1996 recayó en Pablo Armando Fernández (Delicias, Las Tunas, 1930). Poeta, narrador y ensayista, ha publicado, entre otros, los poemarios: Salterio y lamentación (1953), Libro de los héroes (1964), Un sitio permanente (1970), Aprendiendo a morir (1983), Ronda de encantamiento (1990), Libro de la vida (1997), Reinos de la aurora (2001)...
La edición de Escalas de ascenso que nos ocupa (Letras Cubanas, 2002), tiene prólogo de Enrique Saínz, quien anota:
“Este nuevo libro de Pablo Armando Fernández,
Escalas de ascenso, reúne poemas en los que la memoria intenta rescatar vivencias, rostros y destinos. Son ciertamente páginas que el poeta ha vivido con intensidad en sitios diversos y entre personas amadas, en cuyos diálogos de esos instantes y de un ayer más o menos lejano se han ahondado los afectos, se han hecho más perdurables los gestos y más angustiosas las ausencias [...] El poeta se hace preguntas esenciales, en las que está, de hecho, toda su vida. La poesía quiere responderlas. Él sabe que su palabra es lo único que tiene para llegar al centro de sí mismo. Nos entrega entonces Escalas de ascenso, un libro a la alegría de vivir, a las nostalgias de ausencias y a la memoria de los días y el quehacer de los otros. Un libro para todos.”

Viva brasa
para Rainier

Ya he de volver a recuperar
los signos que en tus manos y tus pies
revelan rumbos por ambos compartidos.
Huellas que trazo a trazo siguen arcanos
aún por descifrar en la escritura.
Lo sabemos, en comarcas remotas
a nuestro asiento, el agua en su fluir
esparce cantos encendidos.
Somos migajas en sus llamaradas.
A tu memoria acudes, yo a la mía,
para reconocernos en las voces,
que en nuestro ser animan las rutas recorridas,
que juntos hemos de emprender.
¿Dónde nos separamos?
¿Acaso reencontrarse es un continuo,
inaplazable retroceder?
La respuesta tal vez la dé el camino.

Santiago de los Caballeros, 14 de julio de 1999

-

Cavernas de la piedra
para Antonio Gil

Aquí en estas páginas confluyen
arenas de remotas soledades.
De esos aires, sólo los pies
reconocen la estela anunciadora,
los trazos que en un punto
devuelven a su centro la luz
y el cuerpo recupera
cada paso estelar.
Sólo los pies y el taconeo despiertan
heraldos de la lumbre redentora.
Sólo los pies transforman
la pena y el jaleo en alegría.

El Cairo, 22 de octubre de 1999

-

De ocultos dones
para Marnia

De pronto, no era el mundo
unos ojos opacos, cuyo brillo oculto
se guardan para verte.
No eran sus manos, la promesa
abierta a la caricia
ni los pies que anduvieron
todos los pasos para reencontrarte
ni siquiera su sangre
fluyendo hacia el encuentro,
ni la respiración siempre anhelante
buscándose, buscándote en el orbe
infinito del ser.
De pronto, era esa simple
simplicidad de ser distinto
a ti, de ser distintos,
simplemente distintos.
Signo, símbolo, eso, sólo eso.

-

Memoria y escritura
para José María, Lola y toda la familia

No sé dónde se inicia la corriente.
Sé que los ríos van
a dar a la mar vida continua.
Desde el Hundson a Tharros
las aguas en sus cursos
trazan cauces y márgenes.
Me faltó ver dónde vuelve a la luz
el río prometido a la amada.
¿Mundo? Mundo le llaman con razón.
Si nuestros ojos pudieran abarcar
la extensión que recorre
sabríamos cuánto nos falta aún
para volver al seno
donde el agua es memoria y escritura
de cuanto obra en la luz.

Bogarra, 9 de agosto de 1999

domingo, 5 de abril de 2009

Mercados verdaderos

El poeta, narrador y ensayista Ismael González Castañer nació en La Habana, en 1961. Textos suyos han aparecido en importantes publicaciones periódicas no sólo de Cuba sino de otros países. En 1997 un jurado integrado por Luis Marré, Sigfredo Ariel y Eugenio Rodríguez le otorgó el Premio David de poesía a su libro Mercados Verdaderos (Ediciones UNIÓN, 1998), merecedor también del Premio de la Crítica. Su segundo poemario, La misión, apareció en 2005 (Letras Cubanas).

Teresa Fornaris, en Cuba Literaria, se refería al poeta en estos términos:

“Ismael observa sus / mis / tus palabras. Ellas dan vueltas y él las caza con el cuidado de un coleccionista, las limpia, cuida de ellas un rato largo y las coloca a modo que pensemos / sintamos que son de absoluto estreno pero que igual nos pertenecen. Ese cuidado/acoplamiento nos asombra.
A partir del contacto con la vida cotidiana descubre el valor lírico de la marginalidad, la poesía en lo común de la existencia, en lo aparentemente trivial o intrascendente, en aquello que no parecía «poetizable».”

Los siguientes textos pertenecen a Mercados verdaderos.

Casa mayor que la imagen

Mi casa es más grande que la imagen;
no sólo la que tengo entre los roquedales,
la de las venas y las vísceras
rojas y maleables,
sino también
la del desdén / casa del fil
y algunos dulces.

Nada va a cambiar porque me vaya
un poco antes o después:
cada día
los hombres nacen con una cigarra.
O con mal.

Perseguir alguna libertad es darse cuenta
de que siempre habrá una franja:
escogí la calma / lento plátano,
diva cargada que obedece
—me obedece a mí— y que me quiere.

Mi casa es y tú no eres. Nadie sabrá. Es mía.
Y tiene algún camión, muy fuerte, para subir
hacia todas las funciones.

-

Edificios

No sé si con la construcción de los distintos edificios
mi amor será más grande,
ni el pecado. Los edificios crecen,
y yo, que estoy con sus proyectos hasta el fin,
miro al cielo y al río,
y me pierdo hacia el cielo / no me pierdo hacia el río.

Si estos edificios se burlaran,
si todos —fascículos / durrens— se burlaran
yo sería un aguador sencillo
que pescara en las nubes
la centuria esencial de los peces del hombre
y el candor
y la velocidad del tiro.
Edificios no me tienen que intuir /
Yo no tengo que influir al mundo.
Créeme, cacé toda la noche
y no hubo santos / cascos, ni dedal.

-

Familiaridad

Vi a mi hermano y a su padre
acostados
en la cama principal,
y a su madre —que es la mía /
fue la mía— laborando.

Vi en la calle a sus vecinos jóvenes,
y a su amigo de un motor
que saludaba rápido;
y la mano delicada de una cónyuge
con familiaridad.
Vi a un pájaro picando
en el suelo una naranja
—Viste al pueblo —dijo Juan;
y, asintiendo, dije: —Vi.

-

Mirar y mirar por la ventana

uno come su pan e ignora al Atacante

No tengo idea de nada
sino del amor que perdí
y no se encuentra
También de la música, sé que es la música;
pero esto no hace
que abandone mirar y mirar por la ventana.

He escrito la frase “mirar y mirar por la ventana”;
pero antes —recuerdo— la ventana era yo,
y el azul del cielo.
Y viajaba en las noches...
y volvía y decía a mi madre:
“He traído un país / El país tiene actores
de esos
que te harían ollantar /
Lo que se proponen sé / Sé que se proponen, madre:
pregúntame ya.”
Escribí la palabra ollantar
sin saber lo que es,
porque sí creo saber lo que pudiera ser;
de hecho, lo que cualquier cosa
en un tiempo adelante
tuviera conversión
es de los Dominios...
No haría falta ser
la ventana para ello,
y a mi mamá en modo alguno
se le hubiera ocurrido preguntar
por lo Por-venir /
ella es la nube ella es el cielo.

-

sábado, 21 de febrero de 2009

Poeta en La Habana

Osmany Oduardo Guerra (Las Tunas, 1975), poeta, narrador y traductor, ha publicado, entre otros libros, los poemarios Cantigas de escarnio (Sanlope, 2000), Poema consciente (Sanlope, 2001), con el que obtuvo el Premio Nacional Décima Joven de Cuba ese año, y Poeta en La Habana (Letras Cubanas, 2005). Este libro le valió una Mención en el Premio Casa de las Américas 2004.

Se lee en la contraportada:

“La Habana suele ser escenario de apasionantes historias y tema recurrente para escritores y artistas. Sin embargo, Poeta en La Habana no es precisamente un canto de amor a la ciudad, sino todo lo contrario. Es un libro de desamor en el que, con desgarradores versos y una mezcla de crudeza, hastío y desencanto, el autor logra desmitificar a La Habana, la convierte en una simple aldea y, al mismo tiempo, la coloca en el centro de sus desasosiegos.”

Dejo aquí una pequeña muestra de tres de las cinco secciones del libro.

(plaza de armas)

Bienaventuradas las palomas
porque a ellas sí les pertenece el reino de los cielos
y con pasos cortos cubren la mirada
de quien se sienta en un banco a desangrarse.

Bienaventuradas las palomas
porque en ellas Dios puso el gorjeo
y no palabras absurdas.

Bienaventuradas las palomas
porque en ellas la inocencia es un pistilo de luz
que nos absuelve.

(de Visitaciones)
-

Oye, rimbaud,
no me digas que la habana es de insurgentes,
no lo grites desde tu ebriedad harapienta
que resume la edad del desamparo.

Una ciudad no es un puente para pedir deseos
a cambio de monedas y lágrimas,
de estrabismos de amor
en el confuso mar de los presagios.

La ciudad es la parte oscura de la lluvia,
una nostalgia que precede cánticos y peces
cuando miradas absorben mediodías
y cuerpos apestan sobre el lodo.

Ciudad es esta puerta inalcanzable
que encuentra su lugar en mis pecados.

Oye, rimbaud,
no niegues que la habana es hembra que seduce
en esta irrealidad de tálamos feroces;
no niegues que te excitan sus bacanales;
no evites mascaradas.
Estoy harto de tu ardid para escapar de la tristeza,
de tu muerte que no se acaba nunca.
Oye, rimbaud, recoge tu resaca madura
en los árboles del prado,
]tu velero que flota en mi abstinencia
y lárgate de una vez
a otra ciudad que te devuelva la melancolía.

(de Intro)
-

La voz de mi madre se escuchaba tan débil
que prefería susurrar mi lejanía.
Le iba a contar mis torpes aventuras
pero no tengo más hazañas que bajar por obispo
cuando la luz se traga a los borrachos varados en la acera,
a los polizones y a otras tantas suciedades.

Le habría dicho, por ejemplo,
que cierta vez confundí a un anormal
con un pez diminuto,
pero no quise que sus canas
se hartaran de mi aburrimiento.

Mientras mi madre en cualquier otra parte
se rascaba su reuma,
su venerable historia y su incompleta sonrisa,
descubrí que me falta mucho para merecer sus senos,
porque todo este tiempo no hice otra cosa
que orinar desde vetustos campanarios,
espantar las palomas de la plaza vieja
y lanzarle monedas
a innumerables ancianos con muletas y perros.

Me dio mucha tristeza porque al otro lado del teléfono
mi madre se quitaba sus cansados ojos
y los limpiaba con el borde del mantel.
Tan cerca y no poder tocarle sus dobleces,
tan cerca y sin un héroe en su existencia,
con más cargas que todas las condenas;
más frágil y más yo
desde este lado del mundo que no es mío.

Me dijo de la lluvia
justo cuando mis palabras
alcanzaban sus manos resecas por el polvo.
Me dijo que llovía
y después no supe si era afuera
o dentro de ella.

(de A las nueve de La Habana)

sábado, 14 de febrero de 2009

La que se fue

Félix Luis Viera (Santa Clara, 1945) es autor, entre otros libros, de los poemarios Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (1977), Prefiero los que cantan (1988), Cada día muero 24 horas (1989), Y me han dolido los cuchillos (1991), Poemas de amor y de olvido (1994), y La que se fue (2008).
De este último título, (Red de los Poetas Salvajes, México) brevísima antología de la poesía amatoria publicada por el autor, dijo Víctor Ibarra en el prólogo:
“La poesía de Félix Luis Viera se convierte en el baño frío caliente que nos seduce en la penumbra, hasta alumbrar, con el rosicler del aliento, la soltura de una flor en el abismo. Una lluvia sensible floreciendo en un bosque que huele a manzanas, a hierbas y tierra mojada, mientras el horizonte es el contorno, a lo menos la sombra, de una mujer; la feminidad poseída, comprendida desde siempre.”
Manuel de Jesús Jiménez se hacía eco de la edición, en Fusión Cultural, en estos términos:
“Los versos de Félix Luis Viera suenan sinceros, en su lectura se nota el esfuerzo vivencial de las palabras. Las imágenes no suelen ser caprichosas ni puestas al arbitrio de la extravagancia, parecen ser playas líricas que muestran un paisaje con un mar más cercano y lejano a la vez.”
Por su parte, Ricardo Riverón Rojas, poeta y coterráneo de Viera, en un artículo a propósito del poemario, señalaba:
“La lectura de los veinticinco textos que integran La que se fue me sirvió para captar, en un breve brochazo panorámico, importantes coordenadas de una trayectoria que, si bien conocía fragmentada, no suponía portadora de la coherencia que el opúsculo confirma. Una vez adentrado en el análisis de los poemas que lo configuran, volví a sentir el desconcierto, y hasta la vergüenza ajena, al recordar con qué tranquilidad algunas valoraciones sobre la poesía cubana —divulgadas tanto dentro como fuera de Cuba— por lo general eluden, con olvido grosero o elegante, a autores y libros que debían ser referencias naturales.”
Los poemas que dejo por acá son, sin lugar a dudas, una excelente muestra.
Dama de la noche
Habita afuera la dama de la noche,
lleva cortinas portátiles prontas
a incendiarse
Tiene rajaduras de estrellas,
va con andar de danzarina, miel
en cada poro,
violines y guitarras en su voz.
Habita afuera la dama de la noche.
Hay que buscarla.
No hay viento ni paredes ni árbol ni adoquines
que no perfume con su aire.
Para los que ahora piensan en ella,
solos y cerrados en la noche,
aviso que está ahí
que habita afuera la dama de la noche,
todos pueden verla fácilmente
pero no vayan a tocarla
porque entonces se rompe
y hay que empezar de nuevo.
(Noviembre de 1979)
-
Casa
Esta es la casa donde no habitamos
Esta es la casa con su jardín elemental,
aquí el librero, la lámpara
a la medida de inmensas jornadas de lectura,
aquí los muebles; en el centro –o ya
no sé si en una esquina, no recuerdo–
un haz de flores (naturales, claro)
Esta es la casa donde no habitamos,
discreta y honda hacia la sangre como un verso,
la casa
donde dos –o tres, ya no recuerdo– niños
ensayan sus colores
Esta es la casa donde no hay un gesto
que no haya partido del amor
Aquí su dormitorio, sus sábanas azules –o
blancas, no recuerdo–
donde no nos acostamos
Esta es la casa que dibujamos de memoria,
la que hoy apenas podríamos (tú o yo) describir,
la que ha quedado
como una semilla rota al borde del camino.
Suerte
que la vida
se hace también de las cosas que no fueron.
(Mayo de 1977 )
-
Distancia
Esta mujer que no sabe nada de Poesía,
que tomaría símil por un nombre clínico,
que daría serventesio por una anguila prehistórica.
Esta mujer que duerme mientras yo me fumo
el último cigarro
convencido de que no he encontrado la palabra
virgen,
mientras yo me pierdo en connotaciones, en
matices,
en la telilla de sangre que cubre cada una de las
infinitas posibilidades de un vocablo,
mientras yo bebo lentamente un litro de sangre
con azúcar y
sigo desafiando a la madrugada, llenándola
de amenazas, estropeándole el sueño a la
madrugada
con el fuego en mis papeles,
esta mujer que encima de eso no se preocupa
por leer los
poemas de mis amigos, ni los míos, y
y desconoce por tanto la llamada o mal llamada
moribundez endecasílaba, la perruna
vida de perro de un verso libre cojo, la
amenazante casicrisis coloquial; pues
no vayan a creer, por eso, que no va con ella
la Poesía, no:
pregúntenle a sus ojos cuando le regalo una
mariposa,
pregúntenle a sus entumecimientos cuando se
asoma un arco iris,
pregúntenle a mi porción de la cama cuando
falto, a sus manos
cuando le envío un papelito desde lejos;
aunque ella piense que eso –eso que siente–
no tiene nada que ver
con un poema, con una imagen que demore tres
años en acostarse con nosotros; más bien
lo que ocurre, amigos, es que así de distante
están a veces el poema y la Poesía.
(Noviembre de 1980)
Ricardo Riverón Rojas - Lo que no se fue - Otros textos

domingo, 8 de febrero de 2009

Sucesiones

La poeta y ensayista Caridad Atencio (La Habana, 1963) es autora de los poemarios Los viles aislamientos (1996), Los poemas desnudos (1997), Umbrías (1999), Los cursos imantados (2000), Salinas para el potro (2001), La sucesión (2004) y Notas a unas notas para L. A. (2005).

De La sucesión, libro que mereció el Premio Dador en 2002, ha dicho la autora:

“La buena literatura es sangre que baja. Todo hombre tiene una novela dentro.
¿Para qué has vivido la vida —tu curiosa vida— si no es para contarla? Lo decía el poeta, la misión: dar testimonio. Ante la imposibilidad de un cuerpo fluido de ideas como los que pueblan los textos narrativos, pongo en claro mi vida por medio de una prosa cortante que entreteje, más que momentos, sitios extraños de la memoria y la intuición. Vienen los seres. No persigo otro fin. Los sucesos, las criaturas que pudre el pensamiento son eternos y los designo. Pretendo con la mente repoblar impresiones, azares, atavismos. Cada vez que lo pienso, vuelve a existir. Quizás aquí se cumpla aquello del padre que obliga a su hijo: «Como se inclina una rama, así se inclina el árbol.» Así como ves el mundo, eres por dentro.”

Los siguientes textos pertenecen a ese poemario. El número entre paréntesis indica la página en que aparecen.

(81)
Cada uno de nosotros proyectaba la imagen del país en límites pendientes. Un extremo nos marca. La ignorancia también nos hunde la imaginación. A dónde vamos, sosteniendo ridículamente el rastro de una punta. La magnitud raída ascenderá. Cómo adentrar el diente en la otra carne cuando aprietas tus labios con horror.

(91)
Un modelo para no responder. Un nombre para que los demás oculten su ignominia. Da rabia y paz que sirvas de alimento. Me hincho del muerto no para pregonarlo inútilmente. ¿Puede darme impotencia asir la música? ¿A qué degradación, por lo que reproduce, podrá llegar el pensamiento? Nada que penda sobre ti. Quedar sobre las voces como un reflejo vano. Sordo crujir del espinazo de los elegidos, ¿llegaremos alguna vez?

(97)
Por el cordón más íntimo voy entrando, y lo contemplo todo como espejos que hasta ayer me engañaban. Corre a la sed que no se espía. Como dejar los ojos ante el ritmo eterno de unas llamas. Así sin que sepan de mí diré mi nombre. Sin saberlo, todo el tiempo viajaba hacia la tempestad. Se entierran mientras vagan. Buscan algo que nunca arrancarán y que no existe. En la memoria una mano que oprimía un reloj, un animal hecho un arabesco en mi mano.

(99)
El insecto lleva una terrible corona y una mano que penetra en tu cuello. Sus alas ocupan todo el fondo. Sus patas son fémures quemados. Un aura presa en los horcones del espíritu. Aquí tienes mi cuerpo servido, contra la concha de mi voluntad.

domingo, 1 de febrero de 2009

Odette abre la puerta

La copiosa obra de la poeta y narradora Odette Alonso Yodú (Santiago de Cuba, 1964) incluye, entre otros, tres poemarios publicados en Cuba: Enigma de la sed (Caserón, 1989), Historias para el desayuno (Holguín, 1989) y Palabra del que vuelve (Abril, 1996), y varios títulos publicados por diversas editoriales de España, los Estados Unidos y México, país donde reside desde 1992.
Entre esos libros quiero mencionar especialmente Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2003), El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006) y el que le valiera el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999, Insomnios en la noche del espejo (México, Instituto para la Cultura y las Artes de Quintana Roo, 2000).
De estos últimos poemarios son los textos que incluyo a continuación. Una muestra mínima, es cierto, pero a mi juicio altamente representativa de la poética de esta apasionada mujer. Una literatura de transparencia envidiable. No hay medias tintas ni tabúes aquí; se llaman las cosas por sus nombres. La puerta que abre ese desenfado, esa total libertad para desnudarse (y desnudar) puede conducir a sitios insospechados o prohibidos en cuerpos y almas y en toda la nostalgia que pueda interponerse. Habrá quien se arranque los ojos para no mirarse en semejante espejo. Y quien se incruste feliz entre estas líneas. Unos y otros, de acuerdo: ¡es muy poeta esta mujer! Nadie, ni en broma, pensará después cómo callarla.
La leyenda del pez
En la boca del pez está el elíxir
la prístina mentira de las aguas
la espuma mimética bandera.
Hay un pez que persigue mi silencio
mínimo pez que esconde sus burbujas
el oxígeno impuro de sus branquias.
Hay un pez fuego dipsómana criatura
que arrastra al mar mis últimos instintos.
En la boca del pez está el veneno
inevitable elíxir
que me hará regresar a los anzuelos.
(De Cuando la lluvia cesa)

-

Tatuajes
La punta de la lengua dibuja el redondel
una esfera de fuego
un tatuaje liminar sobre tu vientre.
La punta marca el triángulo
el círculo primario
la ranura de luz donde luego se hunde
el cántaro de lava
la eclosión.
(De El levísimo ruido de sus pasos)

-

Caja de música
A Veleta. A Piri
Alza la tapa.
Escucha.
La música será como un alivio
como un bálsamo azul
como un portazo y luego este silencio.
Los amigos se fueron
perdieron el camino y los recuerdos.
Sólo queda esa música.
Alza la tapa y oye.
Piensa que ellos han vuelto y empujarán la puerta
que traen los rones viejos y la inconformidad
que bailarán de nuevo aquella melodía

aunque no sea igual
aunque no lleguen nunca
aunque alces la tapa y no suene la música.
(De Insomnios en la noche del espejo)




sábado, 17 de enero de 2009

Como casi nadie sabe

El poeta Carlos Barrunto (Holguín, 1952), alternó durante años la labor docente con el trabajo en la radio. Su obra, que ha merecido diversos reconocimientos, ha sido publicada también en revistas literarias no sólo de Cuba sino de España y de otros países de América Latina. Vive en los Estados Unidos desde 1992. Desde allá me ha hecho llegar su poemario Como casi nadie sabe (Editorial Silueta, 2007). Acerca del mismo, ha escrito el poeta Manuel García Verdecia:
“En lenguaje desnudo pero certero, con construcciones breves, directas, sin rebuscamientos ni oropeles, pero con la belleza del que llega a la médula de las cosas, nos da un puñado de versos que, de cierta manera reedifican aquellos que le conocía. No es casual que en su “Poética” rechace la pose, la pedante literaturización de la vida y prefiera esta en su desnudez y verdad, en su movimiento y criaturas más palpitantes. Poesía no es adornar ni bonitizar. Es ver con ojos limpios la médula más exacta y perdurable de la existencia. Aquí están muchos de los molinos de viento y obsesiones que nos hechizaron de jóvenes. [...] En sus textos es el eros galante el que predomina. El poeta una y otra vez enaltece al objeto de su devoción y goce. Poesía del fervor amoroso más que del acto en su cumplimiento sensual. Es el cuerpo de la amada el aleph donde se realiza todo sacramento y toda poesía, la más exacta certeza. [...]En fin, no hay poema que no someta al lector a un temblor, a una tensión, a una revelación de un destino golpeado pero sentido.”
De Como casi nadie sabe son estos hermosos, impecables poemas:

Bajo una luna altísima

Por las calles de mi país
anda mi camisa ardiendo.
Aún no encontré el modo de apagarla.
No sé como decirle
basta
cuando se pierde en los zaguanes de la noche,
bajo una luna altísima.
Talla M, ni más ni menos;
amable, romántica, liberal,
mi camisa
enemiga del safari y la guayabera moderna,
mi camisa
como una flor ciega atravesando el yerbazal.
Tú la has visto:
el cuello suelto y la espalda rota.
La misma camisa
sobre la cual bailaste Here, There, and Everywhere,
mientras soñabas que seríamos eternos.

Conmigo partió de casa una mañana,
muy sola,
y nunca pudo volver.

Parque San José

Los amantes pulsan sus dagas
y se hieren para siempre
sobre un banco que el destino devora.
Dos copas, puras
como los ojos de Dios,
se vierten en la antigua madera.
Una gota de sangre empaña la luz,
y el arpa que escuchas es tan sólo
un niño perdido entre sus brazos.

Amantes, desperdicios
que la ciudad lanza al viento eterno
como si nunca hubieran sido
carne, ruego y pasión.

Acaso ellos mismos aún no sepan
que hasta aquí volverán cierto día,
procurando un pañuelo de oro,
alguna esmeralda oculta en los laureles.


Foto de José Luis Tassende (26-07-53)

Yo he visto fotografías deslumbrantes.
Fotos de pájaros y de selvas soñadas,
de hombres que partieron como pájaros
y de fabulosas batallas;
pero nunca una fotografía como ésta.
Ella me sobrevive
y se burla de mí en cada una de las edades que padezco.
Por ejemplo, antes, cuando apenas
me levantaba una braza del suelo,
él era mi padre o tal vez el tío predilecto.
Ahora, cuando mis manos crecieron
y tengo ya unos cuantos saltos mortales,
prefiero que sea mi hermano,
el quimérico, audaz, incorregible hermano
que no tuve.
Mañana supongo que entonces podrá ser mi hijo.
Como quiera,
no hay dudas de que se trata de una foto importante.
Cuando la miro a veces
un viento muy suave desordena mis papeles
y entonces yo amanezco boca arriba,
feliz,
tendido sobre la tierra tibia.

Tienda de ilusiones

He levantado una tienda
para vender ilusiones.
Tengo mariposas, corales,
aromas de Bizancio,
increíbles insectos devorados por la dicha.

Del otro lado del mundo
tú miras los relojes,
abres un libro en la luz
y me recuerdas.

Yo vendo fantasías
y de algún modo soy feliz con mi suerte.
Ya nada me sujeta bajo los toldos lejanos.
Ya nada me juzga entre las hojas perdidas.

La obra reproducida en la portada es del pintor cubano Heriberto Mora.
Manuel García Verdecia – Como casi nadie sabe

miércoles, 24 de diciembre de 2008

De sueños y gritos


Maribel Feliú (Holguín, 1963) ha recibido varios reconocimientos nacionales tanto por su obra poética como por la narrativa. Y ha sido incluida en diversas antologías no sólo en Cuba sino también en el extranjero.

Suyos son estos dos poemas que un amigo común, Luis Yussef, me hizo llegar hace ya un buen tiempo y que he guardado como reliquia invalorable para actualizar Arco y Espuela por estos días.

Evocadora voz la de esta mujer; voz desde un silencio redibujado a gritos; gritos que ya nadie podrá retener: por la necesaria libertad que claman, porque crecen como aguas incontrolables palabra a palabra.

Y el destino del agua, se sabe, es desbordarse. Arrasar.

UNA TAZA DE SUEÑOS

Katherine Mansfield ofrece una taza de té,
la muchacha debe escoger entre las flores
del jardín Wellington
o la incertidumbre de cada día.
Será una muchacha escurridiza
con la misión de ahuyentar el polvo de otros veranos
cuando el terror invade su casa
y una mancha negrísima colme el rostro de su madre
El aire vigoroso teje las noches
de una ciudad que desata abanicos
y acaricia las entrañas
valientes de dos almas semejantes a la realidad.
La amante no optará por la partida
La belleza aterradora purificará la piel y oprimirá las aguas.

La muchacha escurridiza es llevada a Curzon Street…
Aquí Philip no podrá retener
esas manos que un siglo después
inundan el tiempo de otra muchacha.
Una mínima reverencia
y se amarán dos cuerpos inocentes
que en comunión perfecta han de beber
una taza de sueños.

VOCES DESDE EL SILENCIO

La navidad está hecha
para venderse
Reina María Rodríguez
Fin de año,
cabezas ruedan hasta mis pies
melancólicas infantiles
intentando alejar el mal de fondo.
En las calles el aceite de girasol vertido
y un tren descarrilándose en una misma dirección,
la carne teñida del color (individual)
y apremia el combate (colectivo)
después será el regreso a una persecución
ilimitada, imagen en dos tiempos.
En el rincón los santos castrados.
No basta arrodillarse largas horas y pedir. Gritar. Gritar. Gritar.
Fin de año, un aullido mudo comprime
a las voces que desde el silencio claman en su ilusión
de pobres diablos. Fin de año, un día cualquiera
que prefiero borrar de un zarpazo
poniéndole sabor a la olla colectiva,
la olla de restaurar las amarguras,
un mundo hecho de sangre congelada.
Fin de año, a través de cartas polvorientas
observo el viejo truco, enciendo un cigarrillo y abrazo
mi libertad pequeñita.


domingo, 14 de diciembre de 2008

La otra mejilla

Entre los libros publicados por Belkis Cuza-Malé (Guantánamo, 1942), se encuentran El viento en la pared (1962), Los alucinados, Cartas a Ana Frank, Juego de damas, El patio de mi casa y más recientemente La otra mejilla (Ediciones ZV Lunáticas, París, 2007).
El también poeta Armando Álvarez Bravo, en una reseña de La otra mejilla publicada en Linden Lane Magazine, escribió: “La andadura de Belkis por estos mundos no ha sido fácil y ello, desde el núcleo y los prismas de la poesía, puede generar una obra en que la gravitación de la tragedia y el dolor, del sentido de la pérdida y el desarraigo, y toda una serie de sentimientos propios de tiempos difíciles, hagan que se escriba una poesía que, descontados sus valores estéticos y formales, esté dominada por el tono de la oscuridad, de la tristeza y la negatividad de la mirada. Una poesía que es pura desgarradura.”
La otra mejilla
, “un libro escrito mayormente en los años sesenta y pico y setenta en Cuba”, según palabras de la autora en entrevista publicada en Efory Atocha, “... tiene, sin renunciar a la veracidad ni a la memoria, —a juicio de Álvarez Bravo— un tono que puede designarse como jubilar. Y aquí debo precisar que jubilar no implica una entrega sin peros, sino una apertura con toda la carga que define el espíritu del poeta, y que se vuelca con suprema naturalidad, con el lenguaje más directo. De igual suerte, es un discurso que abordando el registro que va del extremo de lo positivo al de lo negativo lo hace comunicando una notable satisfacción de estar. Esa satisfacción es expresión de profunda, asimilada alegría que se comparte. Ese es el espíritu de este poemario de Belkis.”
Con ese mismo espíritu dejo aquí estos cinco textos de La otra mejilla. Convencido de que en algún punto del paisaje que bosquejan, entre sombras y árboles, entre luces y trenes y otros espectros, habrá espacio aun para que el más escéptico de los lectores por fin se reconozca. Y agradecido se sonría. O se borre.

La patria de mi madre
Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día esta pared, otro día el techo,
y a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria —decía—
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas
el sitio de la muerte.
Jagüey Grande
Una vez atravesamos ese pueblo,
pero allí no había altas figuras pálidas
y en la estación de trenes
giraba el aire en torno a un jagüey.
El polvo nos devoraba;
convertidos en nube de moscas
atravesamos sus calles limpias
y junto a la farmacia
fuimos embestidos por seres de aluminio
o de algún metal desconocido.
Dulces reproches de difuntos.
Olía a cal este pueblo,
a naranjos, pero no vi su flor por ningún lado.
Se componía el paisaje de grandes tazas de café
y un potrero por medio.
Eso era todo.
Paisaje del olvido
¿De qué estarán hechos
esos árboles y esa gota negra de cielo?
Débil gorjeo del pájaro-esqueleto
apresando objetos
en los que el énfasis es el movimiento de la mano,
el cabeceo de unos ojos
por donde asoma
mi mirada intrigada,
caprichosa, boquiabierta.
El mar de la noche no tiene regreso,
pero me aferro a esa rama,
al gritico del tren nocturno,
y cuando es inútil la espera,
alguien metió la mano en el paisaje,
subió los tonos azules,
enredó el dorado de la hierba.
¿Acaso no me faltan también
los ojos y el prendedor del pelo?
Tema para Goethe
Otra vez
el cielo es verde
más verde que nunca
y la noche se ha puesto carmelita
y la luz que se cuela por debajo de la puerta
es mi luz
no la de Goethe
mi luz con flores de vicaria
una luz que me mira
que me envuelve
en su capa de capitán valiente
oh luz de los cielos
oh luz de los que ríen
oh luz apagada de pronto por la mano del viento
oh luz sin luz
oh
Quieren que cante
y canto
a esta luz que me quema los ojos
a esta luz mi luz tu luz
sin esperanza
De la naturaleza de la vida
Siempre hay un hombre pintando
la puerta de la casa,
una mujer recortando el césped,
un viejo subiéndose al techo del garaje,
un oso de hierba metiéndose en el patio,
una cabeza decapitada por la luz
estallando en llanto,
un automóvil pisoteando los instintos,
un ametrallado en la noche
y estoy yo y están mis hijos
y cuando despierto
la luz es de otro mundo
y la tamiza la leve inquietud
de entrever a ratos
un paisaje verdadero.

sábado, 22 de noviembre de 2008

El único hombre


Rafael Vilches Proenza (Vado del Yeso, Granma, 1965), poeta, narrador y promotor cultural, es autor de Ángeles desamparados (novela, 2001), Dura silueta, la luna (poesía, 2002), ambos publicados por Ediciones Bayamo, y del cuaderno El único hombre (Ediciones Orto, 2005), por el cual recibió el Premio Nacional de Poesía “Manuel Navarro Luna” de 2004.

El jurado que le otorgó la distinción, integrado por Pablo Guerra, Alejandro Ponce y Omar Parada, para justificar su elección, habló de oficio, madurez poética, fuerza confesional, alto valor estético en cada verso.

Dicho con sus propias palabras, El único hombre es libro “de un dolor personal”. Libro acuchillado, degollado por soledades, por silencios, por muertes... Por eso mismo, acaso, vital como pocos: del primer texto donde el poeta se desgarra hasta la deslealtad, a una última página donde le augura (al padre) cómo será el día que sepa que fue el único hombre a quien amó.

Estos textos pertenecen a ese libro.
Sin las manos de mi madre
No me mires
Me ciega la luz que te rodea cuando amas
Teresa Melo
No aprendí a tejer con las manos de mi madre
ni a beber con tus labios
aquellas noches de Santiago
donde abrimos el fuego a nuestros cuerpos
la noche se instaló con una luz distinta en tus ojos
no eras Estefanía ni Teresa forastera de mis sueños
escribiendo las calles de Santiago
con la voz en mi piel
rallando los faroles en mis manos
un grito por mi cuerpo
que adoraste hasta la madrugada
el vino fermentado en la sangre
sentados a la puerta de tu casa
con la adolescencia en pretérito
un brillo infausto brincando en el fuego
sin haber visto Puerto Montt ni París
Yo que estoy maldito
puse el veneno de mis días en tu danza
y comencé a tejer
la muerte sin las manos de mi madre.
Háblame
Prende a la noche cascabeles
que anuncien
la entrada triunfal
háblame de la encina y el olivo
el mar golpea mi costilla
en esta ciudad que se abstiene
y se desnuda de mí a su antojo
yo que soy un tipo triste
canto cuando una mujer se va
y lloro al regreso de la llovizna en los cristales
donde escribo tu rostro
ese olor a guayabas en la canasta
en que acostumbramos depositar nuestras lágrimas
háblame de la hora los pinos
los parques el tedio y la locura
de mis padres
la soledad la muerte que me acosa
siempre estoy huyendo de todos
de ella que fue el calor en mi costado
la casa la ciudad
mírala con un solo golpe de ojo
poémala
luz
háblame
estoy malversando este silencio
Después que él habla
Con las palabras que ama mi padre
puedo cavar un silencio
la soledad al margen de un discurso
con la cabeza rebotando en las paredes
a la par del corazón
Él fue calma muro
yo receptor de sombras no vi la luz
sí la espada haciendo círculos
Con las palabras de mi padre
puedo escribir silencio
no ver el parque no decir luna
ver los perros morder mi soledad despacio
Habla a contraluz
llora su mudez en un cuadrante
ahí mueren sus antepasados
ahora se degüellan en mi lengua
donde canta el silencio de mi padre.

sábado, 1 de noviembre de 2008

El rostro, la máscara, etc.

El poeta y pintor José Pérez Olivares nació en Santiago de Cuba en 1949. Desde 1982, cuando apareció Papeles personales, hasta la fecha, ha publicado una docena de libros de poesía. Su obra, además del “Premio David” (Cuba), por ese primer libro, y el “Premio 13 de Marzo” (Cuba, 1985), por A imagen y semejanza, ha recibido los premios internacionales “Jaime Gil de Biedna” (España, 1991), por el poemario Examen del guerrero, el “Rafael Alberti” (España, 1993), por Cristo entrando en Bruselas, y el “Renacimiento” (España, 1998), por Háblame de las ciudades perdidas.

De Examen del Guerrero decía el editor:

“...nos ofrece un dominio del verso poco común y una utilización de la palabra como arma poética tan magistral como lo es en sus maestros Lezama Lima o Eliseo Diego.

Esta poesía culturista, llena de efectos visuales y pictóricos, recorre el libro y hace que el lector quede retenido en la magia singular de la escritura de José Pérez Olivares.”

José Luis García Martín, en su reseña de Háblame de las ciudades perdidas, publicada el El Cultural, señalaba:

“Culturalista, meditativo, a ratos aparentemente coloquial, siempre muy literario, Pérez Olivares es posible que suene a consabido al lector apresurado, como al espectador apresurado le pueden parecer iguales tantos cuadros clásicos con el mismo asunto religioso. La personalidad y la verdad están en los matices, en las sutilezas de la dicción y la visión del mundo.”

El rostro y la máscara (Ediciones UNIÓN, La Habana, Cuba, 2000), por su parte, se presenta al lector con estas palabras:

“El valor de los signos, la plenitud del diálogo / el sabor / entre falso y misterioso de la palabra hacen que este universo fabulado descubra el verdadero rostro del Hombre, al dejar caer esa máscara que muchas veces le impone su andar cotidiano, y no le permite mostrar toda su identidad.
La mirada contemplativa del poeta, su reflexión sobre la contemporaneidad —el propio devenir histórico—, establecen un diálogo con el tiempo, clamando por aquellos valores amenazadas en los umbrales del nuevo milenio —amistad, unidad, amor...—, precisos para
que nunca se cierren [...] las puertas que abrió el viento.”

Carlos Alzugaray, en ocasión del Premio de la Crítica, se preguntaba: “¿Qué es lo característico de El rostro y la mascara? La angustia expresada con eficientes recursos artísticos -de quien se sabe depositario del secreto de la belleza, como Prometeo se sentía guardián del fuego; la misma belleza que debe avivar en las marmitas, buscar denodadamente y, a toda prisa, como corresponde a una sustancia explosiva, pasarla a los congéneres. En medio del intenso y riesgoso ejercicio que constituye mudar la piel a la vista de todos, el artista nos recuerda que “la sagrada perfección” sólo se consigue desde una entrañable eticidad, impermeable a los vaivenes pendulares de lo oportuno.”

Estos dos textos pertenecen a El rostro y la máscara.

TRES ELOGIOS (fragmento)

1. Del ojo ciego

No está tan ciego el ojo que no ve
como el ojo que ve y no mira.
No está tan solo en su ceguera
quien ve nacer dentro de sí
una débil y misteriosa llamarada.
Llamemos ciego
al ojo que pasa de largo frente a las cosas.
Apiadémonos de su incapacidad de ver.
Musitemos junto a su oído:
“esto es un árbol”, “esto es una rosa”.
La ausencia de visión
no es ausencia de la capacidad de ver.
Ven los videntes, los demás miran,
los demás creen ver.
Y confunden una rosa con la rosa,
confunden un árbol con el árbol.
Apiadémonos de los que no tienen ojos
para leer las hojas de un árbol,
de aquellos que confunden la rosa
con el perfume que emana de ella.
Apiadémonos del que tantea un objeto
y lo confunde con su forma exterior,
y cree que todos están hechos
con la misma irremediable materia.
Apiadémonos del que olvidó la infinita forma
de la forma,
apiadémonos de la oscuridad que reina
en sus pupilas.
El secreto no está en la imagen, sino en ver.
La verdad no consiste en percibir,
sino en el acto de posesión.
El ojo ciego se ríe del ojo que no ve
porque en la oscuridad ve mejor las cosas.
La oscuridad es la meta de todo verdadero vidente.
La noche, la eterna noche
es sustancia de la luz.

-

Cualquier puerta
indica la existencia de dos verdades:
una tuya, otra mía.
Allí, en el umbral, se tejen leyendas,
los caminos se entrecruzan,
se explican y naufragan
los secretos.
Una puerta va hacia el sur,
otra hacia el norte.
Una se abre
hacia el camino del este,
otra hacia el oeste.
Si llegas a caballo, desciende y pernocta
en esta posada.
Los que va a cualquier parte,
o regresan cansados,
se sientan a escuchar
cómo el viento hace batir las puertas.
Tal vez tratan de escuchar algo más,
una voz que diga: “el verdadero camino está al norte”.
O bien: “el que debes escoger
queda al sur”.
A lo mejor tienes más suerte que yo
y descubres, a tiempo,
que no existen caminos, sólo puertas:
puertas falsas y verdaderas,
abiertas día y noche,
golpeadas por la lluvia,
podridas por el invierno,
resecas por el verano.
Quizás no existan puertas
sino pequeñas y absurdas verdades,
laberintos
donde irán a extraviarse tus pasos.
Si llegas a caballo, desciende
y pernocta aquí.
Es bueno meditar antes hacer un largo viaje,
mirar hacia la encrucijada de caminos,
lanzar una moneda al aire.



 
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